Romper el silencio familiar: Del caso Yankelevich al informe de Amnistía Internacional sobre violencia en las infancias

Cuando el horror se hace público a través de las pantallas, la sociedad suele reaccionar con una mezcla de asombro y conmoción. Recientemente, las declaraciones de Valentín Yankelevich, hijo de la recordada actriz Romina Yan, sacudieron la agenda pública al denunciar situaciones de violencia sufridas durante su infancia por parte de su padre, Darío Giordano. La posterior disputa mediática y las desmentidas habituales del entorno adulto expusieron una de las realidades más complejas del maltrato infantil: la extrema vulnerabilidad de quienes dependen, económica y emocionalmente, de sus propios agresores.

Sin embargo, el caso Yankelevich es apenas la punta de un iceberg inmenso. El debate en el prime time coincide con la presentación de un alarmante informe de Amnistía Internacional Argentina que le pone números a una tragedia estructural: 6 de cada 10 infancias en el país atravesaron o atraviesan situaciones de violencia, tales como gritos, humillaciones recurrentes o castigos físicos directos.

El hogar como el espacio más peligroso

El informe de Amnistía Internacional desarma el mito de que los peligros para las niñeces provienen exclusivamente de «extraños» en la vía pública. Al contrario, el relevamiento demuestra que la inmensa mayoría de las situaciones de violencia ocurren dentro del propio hogar o son ejecutadas por personas del círculo íntimo, aquellas en quienes niñas, niños y adolescentes (NNyA) depositan su confianza diaria.

Esta asimetría de poder total explica por qué hablar de lo que pasa puede llevar años. Las infancias carecen de las herramientas económicas y de autonomía para denunciar o huir. El proceso de poner en palabras el abuso físico, psicológico o sexual intrafamiliar suele requerir una maduración que, en muchos casos, solo se alcanza en la adultez, cuando el silencio corporativo familiar ya ha blindado la impunidad del agresor.

La ESI como la primera línea de defensa

Frente a un sistema institucional que suele llegar tarde —o que actúa con ceguera biologicista defendiendo la patria potestad por encima del interés superior del niño—, el informe de la organización de derechos humanos destaca un pilar fundamental de resguardo: la Educación Sexual Integral (ESI).

La ESI no es solo contenido pedagógico; es una herramienta de autocuidado. Cumple un rol crítico al brindarle a las niñeces el vocabulario y los conceptos necesarios para:

  • Identificar el abuso: Comprender que un grito degradante, una humillación o un golpe no son formas válidas de crianza, sino vulneraciones de derechos.
  • Nombrar el dolor: Quitarle el velo de «secreto familiar» a las conductas violentas de los adultos.
  • Saber a quién pedir ayuda: Entender que existen redes extramuros, docentes y canales estatales dispuestos a intervenir.

Construir entornos seguros: Creer es proteger

La visibilización de estos casos a través de figuras conocidas debe servir para comprender que la violencia intrafamiliar no distingue clases sociales ni apellidos. Lejos de ser «casos aislados» o «conflictos domésticos» privados, el maltrato a las infancias es un problema de salud pública y derechos humanos que exige la intervención de toda la comunidad.

Desde Las Brujas que Salem reforzamos el llamado de Amnistía Internacional: es urgente construir entornos seguros donde NNyA puedan hablar y, fundamentalmente, ser escuchados sin el manto de la sospecha adulta. Escuchar, creer y acompañar salva vidas. Si sabés o sospechás de una situación de violencia contra una infancia, recordá que la Línea 102 es un servicio telefónico gratuito, confidencial y especializado de atención, contención y orientación. Las infancias tienen derecho a crecer libres de violencia. El silencio es complicidad.

 

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