Durante años, el relato social e institucional nos entrenó para temerle al «monstruo del callejón oscuro»: ese agresor anónimo que ataca en la absoluta soledad de la noche. Sin embargo, la ciencia acaba de ponerle números a lo que el feminismo y las pibas gritan en cada asamblea: la violencia sexual es comunitaria, es cercana y cuenta con el silencio del entorno como su principal combustible.
Un impactante estudio publicado en el Journal of Interpersonal Violence por investigadores de la Universidad de New Brunswick (Canadá) analizó las respuestas de varones jóvenes bajo encuestas completamente anónimas.
Los resultados destrozan cualquier mito de excepcionalidad: el 95,1% admitió haber ejecutado tácticas para avanzar sexualmente sobre mujeres que expresaron no querer o no haber dado su consentimiento. Pero el dato más descarnado es el espacial: en el 80,4% de los casos, había otras personas cerca.
Las agresiones no ocurren en el vacío. Pasan en las fiestas, en las casas donde se arman las previas, en los grupos de amigos de siempre. Pasan mientras la música suena y el entorno decide mirar para otro lado, reírse o restarle importancia.
La anatomía del pacto de varones
¿Por qué alguien avanza cuando le dijeron que no? El estudio revela que los agresores se mueven con una impunidad garantizada: el 70% de ellos percibió que forzar sexualmente a una mujer no le trajo ninguna consecuencia negativa. Esa tranquilidad la provee el entorno.
El silencio de los amigos que ven a una piba incómoda o visiblemente alcoholizada y no intervienen es, en los hechos, una validación directa al agresor. Es lo que la teoría feminista denomina el «pacto de varones»: una alianza implícita de complicidad donde proteger las espaldas del par masculino importa más que la integridad y la vida de la mujer que está al lado.
Cuando el entorno calla, el consentimiento se erosiona colectivamente. El estudio demuestra que quienes se autoperciben «más exitosos» para conseguir lo que quieren de las mujeres despliegan un promedio de casi 9 tácticas de coerción que van desde el aislamiento y el desgate verbal hasta la presión física directa.
Lo hacen porque saben que nadie va a prender la luz, que nadie va a meterse, que nadie les va a cuestionar el «chiste» o la conducta al día siguiente.
Romper el rol de espectador
Hoy, nuestro desacato tiene que ser transformar la complicidad en intervención. Romper el rol de espectador pasivo es una urgencia política.
Si estás en una fiesta, en un boliche o en un grupo de WhatsApp y ves que una situación no es consentida, que una piba está siendo presionada, o escuchás a un amigo jactarse de haber avanzado sin un «sí» claro, no seas el porcentaje que se queda mirando.
Intervenir, apartar a la compañera, cuestionar al amigo y romper la cofradía del silencio es la única forma de desactivar los baches de impunidad. La prevención de la violencia sexual no es un asunto privado de la víctima; es una responsabilidad colectiva de quienes están alrededor.
Si viviste una situación así o la presenciaste en tu entorno, recordá que podés comunicarte con la Línea 144. Es un recurso público, gratuito, anónimo y disponible las 24 horas para recibir contención y asesoramiento profesional en todo el país. No nos callemos más. El silencio los protege a ellos; la red nos salva a nosotras.










