¿Vamos a seguir dejando que nos acuchillen, descuarticen, quemen y también a nuestros hijos?

Un hombre asesinó a su pareja y a sus cuatro hijos en Chaco. Apenas horas antes, otra masacre familiar similar sacudió a Merlo. La saña contra los cuerpos de las mujeres y las infancias excede cualquier límite, mientras la sociedad asiste estática a un horror que se repite a diario.

La comunidad de Quitilipi, en la provincia del Chaco, se encuentra en estado de conmoción absoluta tras registrarse un quíntuple homicidio que expone, de la forma más cruel, las consecuencias de la violencia patriarcal. Alberto Luis Ávalos asesinó a su pareja y a sus cuatro hijos menores de edad antes de incendiar la vivienda familiar, un hecho que las autoridades locales ya catalogan como un hito de crueldad en la historia penal de la provincia.

El jefe de la Policía del Chaco, Fernando Romero, fue contundente al describir la escena y el impacto del caso, señalando que se trata de “uno de los crímenes más atroces desde que somos provincia, en 1953”.

La brutalidad del ataque no solo destruyó a una familia entera, sino que deja en evidencia los extremos a los que puede llegar la violencia de género cuando se manifiesta como violencia vicaria: aquella que utiliza a los hijos para infligir el mayor daño posible a la mujer.

 

El horror replicado

Este ensañamiento no es un hecho aislado. La masacre de Chaco se produce apenas un día después de que se descubriera otro horror idéntico en la localidad bonaerense de Merlo. Allí, Mahatma Eyvind Soihit Meza, un ciudadano de nacionalidad venezolana, asesinó a balazos a su esposa Evelyn Carolina Rivero Mejías y a sus tres hijos de 10, 12 y 14 años antes de quitarse la vida. Dos quíntuples homicidios en un abrir y cerrar de ojos. Nueve vidas arrancadas por la violencia machista en cuestión de horas.

Asistimos a un escenario de crueldad extrema que desborda cualquier límite imaginable: mujeres desmembradas con sus cuerpos tirados en descampados, acuchilladas, quemadas, e infancias ejecutadas o incineradas por los mismos que debían protegerlas.

Frente a esta barbarie sistemática que se repite a un ritmo feroz de más de un femicidio por día, cabe preguntarse de forma urgente qué nos está pasando colectivamente.

Una sociedad estática

El movimiento Ni Una Menos nació originalmente de la furia y el grito colectivo ante el asesinato de una sola adolescente embarazada.

Hoy, los hechos atroces se suceden de a múltiples víctimas por jornada y la reacción social parece congelada en una parálisis preocupante. No podemos normalizar el horror ni permitir que la apatía reemplace a la indignación.

La masacre de Quitilipi y el horror de Merlo nos obligan a exigir justicia expedita, pero sobre todo, exigen una reacción colectiva inmediata antes de que la indiferencia generalizada nos termine de consumir.

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