La motosierra no es un plan económico; es un plan de entrega geopolítica. La reciente ola de despidos de un centenar de profesionales en la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), ejecutada el pasado martes 30 de junio de 2026, no responde a un inocente «reordenamiento del Estado». Apenas unas semanas después del golpe, el Gobierno redobló la apuesta oficializando a través del Decreto 655/2026 un brutal hachazo que reduce el 58% de la estructura del organismo.
Esta demolición controlada del sistema científico y tecnológico no se digita en Buenos Aires. Es la ejecución milimétrica de una histórica orden de Washington: impedir, a cualquier costo, la soberanía nuclear y energética de la Argentina para subordinar el territorio a los intereses de Estados Unidos.
Desmantelar el CAREM: El verdadero botín de guerra
Fundada en 1950, la CNEA colocó a la Argentina en un selecto y prestigioso club global: el de los países capaces de dominar la tecnología nuclear con fines pacíficos, exportar reactores y desarrollar reactores de potencia propios. Eso es precisamente lo que el norte global no puede perdonar.
El vaciamiento presupuestario —que ya arrastra una caída real superior al 45% bajo la gestión libertaria— tiene un blanco estratégico fundamental: el proyecto CAREM (Central Argentina de Elementos Modulares).
El CAREM es el primer reactor de potencia de baja escala diseñado y construido íntegramente en el país. Representa una llave de oro hacia la autonomía energética y un competidor directo en el millonario mercado internacional de los pequeños reactores modulares (SMR), hoy codiciado por corporaciones norteamericanas.
Al paralizar la obra (que presentaba un avance superior al 65%) y expulsar a ingenieros, físicos y técnicos altamente calificados, el gobierno de Javier Milei no está «ahorrando».
Está rompiendo las capacidades instaladas de la Nación. Expulsar a los científicos nacionales provoca un fenómeno de profecía autocumplida: el vaciamiento degrada el funcionamiento técnico para luego justificar su privatización o cierre definitivo, sirviendo en bandeja de plata nuestro conocimiento acumulado a las potencias extranjeras.

La doctrina colonial: Entregar la ciencia, adular al Fondo
El desguace de la CNEA encastra a la perfección con la disolución del Coro Nacional de Niños y el silenciamiento de la cultura. Son dos caras de la misma moneda colonial. Mientras la directora del FMI, Kristalina Georgieva, monitorea que el ajuste fiscal se cumpla a rajatabla sobre las espaldas de los jubilados, los trabajadores y las infancias, el Comando Sur de los Estados Unidos y la embajada norteamericana aplauden la parálisis de los reactores argentinos.
Para el imperio, un país del sur global con capacidad de enriquecer uranio, producir radioisótopos medicinales y diseñar reactores autónomos es una anomalía peligrosa. Estados Unidos necesita una Argentina proveedora de materia prima barata —con la mirada fija exclusivamente en el saqueo de los recursos de Vaca Muerta o el litio del norte— y consumidora dependiente de su propia tecnología.
La orden es clara: desguazar todo lo soberano y entregárselo al capital transatlántico. Detrás del discurso libertario de la «eficiencia» se esconde el mayor acto de sumisión geopolítica de nuestra historia reciente. No están achicando el Estado; están apagando el futuro de la Patria para que las luces de Washington brillen un poco más fuerte.










