Hablan de «libertad» con la boca abierta ante las cámaras, pero adentro de las paredes del poder actúan con el manual de la censura más rancia. El gobierno de Javier Milei ha desatado una persecución sin precedentes contra el periodismo acreditado en la Casa Rosada, imponiendo restricciones insólitas que pisotean la libertad de prensa. La excusa oficial es la «seguridad nacional» ante el uso de tecnología; la realidad es una profunda paranoia gubernamental que trata a las y los trabajadores de prensa como si fueran criminales de alta peligrosidad.
Quienes se llenan la boca con la palabra «libertad» demuestran, día a día, que solo toleran la libertad de los monopolios y los discursos de odio. Para el derecho a informar, lo único que hay es control, persecución y cerrojo.
Fuego amigo: La traición del «aliado» y la furia oficial
La mecha que encendió la furia oficial contiene una ironía que expone el nivel de intolerancia del oficialismo. La filmación oculta en los pasillos públicos del palacio de gobierno no provino de un medio opositor, sino de un cronista de Todo Noticias (TN), canal perteneciente al Grupo Clarín. Durante mucho tiempo, esta señal funcionó como un aliado mediático clave para el armado político de La Libertad Avanza, sosteniendo pantallas repletas de periodistas que se dedicaban exclusivamente a halagar las medidas de Milei, justificar el ajuste y blindar su imagen pública.
Sin embargo, al «pacto de caballeros» le bastó un solo tropiezo para saltar por los aires. El informe televisivo fue grabado utilizando anteojos inteligentes que capturaron la intimidad de los pasillos gubernamentales. La reacción del Presidente ante sus propios aliados no fue la de un líder democrático, sino la de un autócrata desbocado: tildó a los periodistas del canal de «delincuentes» y «basura», mientras la Casa Militar radicaba una denuncia penal por «espionaje ilegal». Si así tratan a los que pasan el día elogiándolos, el mensaje para el resto del arco mediático es demoledor.
Del insulto a las prácticas de la dictadura: Periodistas tratados como terroristas
El hostigamiento no se quedó en las redes sociales. El Gobierno pasó de la violencia verbal a los hechos, aplicando un castigo colectivo que evoca las épocas más oscuras de nuestra historia:
- Expulsión y bloqueo: Suspendieron los accesos biométricos por huella digital de los cronistas acreditados, prohibiéndoles la entrada generalizada al edificio durante días.
- Zonas de exclusión: Al reabrir el ingreso, convirtieron los pasillos en un laberinto blindado. Espacios de libre circulación histórica, como el emblemático Patio de las Palmeras, ahora están vedados para evitar que se filmen los movimientos de ministros y secretarios.
- Monitoreo y requisas: La prensa ahora debe atravesar escáners constantes, ingresar por accesos laterales secundarios y moverse bajo la mirada asfixiante de custodios militares.
A los periodistas ya no solo se los estigmatiza desde el estrado presidencial llamándolos «terroristas» de la información; ahora reciben, formal y materialmente, el trato que el Estado reserva para los terroristas.
Prohibido filmar al Presidente caminando: El colmo del ridículo y el control de la imagen
La obsesión por controlar el relato ha llegado a extremos ridículos. Diversas crónicas periodísticas confirmaron una nueva e insólita directiva de la Casa Militar: está prohibido filmar a Javier Milei mientras camina o se desplaza. Las cámaras solo pueden encenderse si el de por sí custodiado mandatario está completamente quieto o detenido.
Esta medida no protege la seguridad de nadie; protege el ego y la estética de un líder que no soporta que se registre su espontaneidad, sus gestos reales o sus dificultades físicas al andar. Es el vaciamiento absoluto de la tarea periodística, reducida a captar únicamente las postales rígidas e idealizadas que aprueba la oficina de propaganda oficial.
Paranoia y aislamiento: El líder que le teme a su propio pueblo
Detrás de este blindaje no hay una estrategia geopolítica: hay miedo. Javier Milei vive atrapado en una paranoia constante, convencido de que existen complots permanentes y que «los kirchneristas» o conspiradores ocultos buscan atentar contra su vida. Esta fobia lo ha llevado a construir una burbuja impenetrable.
A diferencia de los presidentes históricos de la democracia que caminaban, saludaban o mantenían un pulso real con la ciudadanía, Milei solo se mueve rodeado de un megaoperativo de seguridad, rodeado de militantes propios transportados en micros, funcionarios obsecuentes y custodios armados. No hay contacto con la calle, no hay preguntas sin libreto, no hay realidad. Al encerrarse y militarizar la Casa Rosada para que nadie lo filme, el Gobierno no solo demuestra su desprecio por las libertades civiles; demuestra que le teme al pueblo que gobierna.










