En una nueva columna de salud mental en Las Brujas que Salem, psicólogas del espacio Camila Marcó del Pont y Victoria Barone desmenuzaron cómo los mandatos de género impactan directamente en el cuerpo y en la psiquis
De la represión de las emociones a las estadísticas del INDEC y la búsqueda del deseo propio: una invitación urgente a habilitar el enojo como herramienta de transformación colectiva
El enojo prohibido: «Si te quejás, sos una histérica»
¿Por qué las mujeres no tenemos permitido enojarnos? Históricamente, el enojo masculino fue leído como un rasgo de virilidad, carácter o autoridad en ámbitos públicos y laborales Sin embargo, cuando una mujer alza la voz, el sistema la sanciona de inmediato: aparecen las etiquetas de «histérica», «neurótica» o el clásico «¿te vino?».

«Las emociones están diferenciadas por género. Eso tiene que ver con un contexto social y con un patriarcado incisivo en nuestros mandatos», explicaron las profesionales Al estar educadas bajo el rol de «las complacientes», las que callan y dicen que sí, el enojo propio se reprime. Pero el cuerpo pasa factura: la tensión muscular, la fibromialgia, los dolores de cabeza recurrentes, los malestares gastrointestinales y el sobrepensar constante son las formas en que el cuerpo responde cuando la palabra se silencia.
La trampa de las tareas de cuidado y la carga mental
El enojo no surge de la nada; responde a un contexto de sobrecarga estructural. Durante la columna, se recuperaron datos de la Encuesta Nacional del Uso del Tiempo del INDEC que exponen la desigualdad: las mujeres dedican casi 7 horas diarias a las tareas de cuidado, mientras que los varones destinan menos de la mitad (3 horas).
Además, se profundizó en el concepto de «carga mental», esa gestión invisible que no se comparte aunque se delegue la acción: «Encargarse de la comida no es solo cocinar; implica pensar qué se va a comer, qué les hace bien a las infancias, qué supermercado conviene, a qué hora se cena… mentalmente siempre recae en nosotras». Esta realidad se complejiza aún más en la Provincia de Buenos Aires, donde el 40% de los hogares son monomarentales, obligando a tejer redes exclusivamente entre mujeres (madres, hermanas, vecinas) ante la ausencia de corresponsabilidad varonil.
La culpa como herencia: del mandato al deseo propio
La culpa fue otro de los ejes centrales de la charla. Inspiradas en reflexiones recientes de la actriz Pilar Gamboa sobre la maternidad y su rol en la serie Envidiosa, las especialistas analizaron por qué este sentimiento parece ensañarse con las identidades femeninas. Mientras que las licencias por paternidad y el ojo social perdonan (y hasta naturalizan) que un varón se ausente por trabajo, la mujer es juzgada en cada decisión: colecho sí o no, lactancia humana o leche de fórmula.

«La culpa está muy ligada a la religión, al pecado. Nosotras proponemos diferenciar la culpa de la responsabilidad», señalaron las especialistas
El patriarcado enseña que el valor de una mujer radica en ser funcional al deseo de un otro (la pareja, los hijos, la familia). Por eso, cuando aparece el deseo propio, al principio incomoda y se lee como «egoísmo».
Conclusión: «Enojate, hermana»
Retomando la famosa premisa popularizada por Malena Pichot, las profesionales cerraron la columna con una fuerte reivindicación del enojo como una señal de alarma necesaria: «Enojarse está bien. El enojo es una emoción que viene a dar información de que se pasó un límite, de que algo no nos gusta o nos hace sentir mal».

Para desarticular estas bases que enferman, la estrategia clínica principal es la paciencia y el espacio de escucha. Preguntarse en terapia o entre amigas: ¿Esto lo hacés porque lo deseás vos o porque lo espera el resto?. Poner en palabras lo que pasa es el primer paso para dejar de ser complacientes y empezar a habitar una libertad real.
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