Una vez más, el horror se viste de «tragedia de puertas adentro» para ocultar la matriz violenta que nos sigue matando. Este martes por la noche, en la localidad chaqueña de Charata, una mujer de 30 años, identificada como Patricia Andrea Alvarado, fue encontrada sin vida en una vivienda ubicada en la intersección de las calles Lavalle y pasaje Osola. Junto a ella yacía el cuerpo de su pareja, Enzo Germán Suárez (38). La Justicia investiga el caso bajo la carátula preliminar de «supuesto femicidio seguido de suicidio».
Los efectivos de la Comisaría Primera ingresaron al domicilio del barrio Jorge Newbery alrededor de las 20:20 horas, encontrando una escena desgarradora en una de las habitaciones. Durante las pericias en el lugar, los investigadores secuestraron un arma de fabricación casera del tipo «tumbera», junto con dos cartuchos calibre 16 disparados y otros cinco intactos, además de dos teléfonos celulares que serán sometidos a peritajes claves para reconstruir las últimas horas de la pareja. El caso quedó en manos del fiscal Fernando Ojeda, de la Fiscalía de Investigación Penal N.º 2.
La falacia de la «falta de denuncias previas»
Como suele ocurrir en los partes policiales y las coberturas mediáticas tradicionales, las autoridades se apresuraron a señalar que no existían denuncias previas por violencia de género vinculadas con la pareja. Desde el feminismo, sabemos perfectamente que la ausencia de una denuncia formal en una comisaría no equivale a la ausencia de violencia.
Atravesar el sistema judicial, muchas veces burocrático y revictimizante, es una barrera enorme para las mujeres que sufren sometimiento. La falta de registros institucionales previos no habla de una «relación pacífica que estalló de la nada», sino del aislamiento, el miedo y la desprotección estructural en la que se encuentran miles de identidades feminizadas en los territorios, lejos de los centros urbanos de asistencia.
El suicidio del agresor: El último acto de control y la impunidad
La mecánica del femicidio seguido de suicidio expone la violencia machista en su máxima expresión de posesión: «Si no sos mía, no sos de nadie». Al quitarse la vida tras cometer el crimen, el agresor ejerce el control absoluto del destino de ambos y obtura definitivamente la posibilidad de justicia y reparación en los tribunales para la víctima y sus seres queridos. De esta manera, el Estado archiva la causa penal por la muerte del imputado, dejando a las familias en la más absoluta soledad.
Este nuevo femicidio en el Chaco no es un hecho aislado ni un «crimen pasional». Ocurre en un contexto de desmantelamiento de políticas públicas de género, achicamiento de presupuestos para la prevención y un discurso oficial que niega sistemáticamente la violencia patriarcal.










