Una herida abierta en el cerro tucumano: por qué ver «Nuestra Tierra», la urgente obra maestra de Lucrecia Martel

 

El inicio es un rezo hecho canto; una baguala profunda en la voz eterna de Mercedes Sosa que introduce al espectador en un territorio donde el tiempo parece detenerse, pero la urgencia quema. Se trata de Nuestra Tierra, el impactante documental de la cineasta salteña Lucrecia Martel que expone, sin concesiones, una de las realidades más silenciadas y dolorosas del interior de la Argentina.

Lejos de la velocidad y el consumo descartable de las plataformas, esta producción demandó más de 14 años de investigación y rodaje en el territorio.

El resultado es un largometraje indispensable que, tras recorrer el mundo y consagrarse en los festivales de Venecia y Londres, funciona como un megáfono global contra el olvido y la injusticia institucional.

El film actualmente se encuentra disponible dentro del catálogo de Netflix.

El borramiento de la identidad desde la infancia

Uno de los fragmentos más descorazonadores del documental ocurre cuando un miembro de la comunidad indígena de Chuschagasta, en Tucumán, relata ante la cámara con absoluta dignidad que durante su infancia nadie le enseñó quiénes eran sus ancestros. El relato oficial les enseñó a sentir vergüenza de su raíz.

Martel contrapone este testimonio con la voz de un docente rural que, casi de manera justificativa, detalla cómo las currículas del Ministerio de Educación obligan a enseñar la historia de imperios de ultramar de hace miles de años —como los griegos o los romanos— mientras se ignora por completo el pasado y el presente de las comunidades originarias que habitan ese mismo suelo.

Un engranaje perfecto de despojo cultural destinado a desarticular la memoria colectiva.

La tragedia de Chuschagasta y la violencia del tiempo

El núcleo narrativo del documental nos traslada al año 2009.

En aquel entonces, el terrateniente Darío Amín, escoltado por dos ex policías armados, irrumpió a los tiros en la comunidad para ejecutar un desalojo forzoso en tierras ancestrales.

El ataque, que quedó registrado de forma fidedigna en video, culminó con el asesinato de Javier Chocobar, un respetado agricultor, fotógrafo y líder comunitario.

A partir de allí, la obra desglosa una segunda forma de violencia: la del aparato judicial del Estado.

El juicio oral tardó casi una década en comenzar. Recién en 2018 el tribunal dictó condenas de 22 años de prisión para Amín y penas de 18 y 10 años para sus cómplices. Sin embargo, las apelaciones de los abogados defensores permitieron que los culpables regresaran a sus casas en libertad provisoria.

En ese transcurso, Amín falleció en su cama sin cumplir un solo día de prisión efectiva.

Una lucha desesperadamente desigual de una comunidad humilde defendida a pulmón contra los contactos políticos y el poder económico local.

La cronología del despojo: el caso Chocobar paso a paso

— El ataque y el crimen en el cerro: El terrateniente Darío Amín e integrantes de las fuerzas de seguridad irrumpieron armados en Chuschagasta, asesinando al comunero Javier Chocobar en un hecho que quedó registrado en video

— Una justicia que tardó casi una década: Tras nueve años de postergaciones y de soportar a los agresores libres, la comunidad logró el inicio del juicio oral, que culminó con una condena histórica de 22 años para el principal acusado.

— La perversión de las apelaciones: Debido a recursos técnicos presentados por la defensa, las condenas no quedaron firmes de inmediato, permitiendo que los culpables regresaran a sus casas en libertad provisoria.

— Impunidad biológica y fallos firmes: El terrateniente Amín falleció en su cama sin pasar un solo día en prisión efectiva, y recién tras una extenuante batalla legal, la Corte dejó firmes las penas para los policías cómplices.

Un espejo incómodo para el presente

Nuestra Tierra no pretende ser una crónica sobre un hecho del pasado, sino un reflejo incómodo de una problemática estructural plenamente vigente en la Argentina.

La avanzada actual sobre los territorios indígenas en todo el país continúa de forma feroz, impulsada por los intereses de la megaminería, el litio, el negocio inmobiliario y la expansión de la frontera de la soja.

La obra de Lucrecia Martel confronta al espectador con la contradicción de una sociedad que esconde sus deudas históricas bajo la alfombra. Es una recomendación hecha con el corazón en la mano: una producción obligatoria para entender la dignidad de los pueblos que solo defienden su memoria, su identidad y su legítimo lugar en el mundo.

 

Reviví la recomendación por Radio Trinchera

 

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí