Soberanía en la cancha: Malvinas, el rechazo colonial y los hilos selectivos de la FIFA

 

El fútbol masculino internacional nunca ha sido neutral. Quienes insisten en separar los goles de la geopolítica suelen hacerlo desde la comodidad del privilegio o la complicidad con el statu quo.

La reciente decisión de la FIFA de desestimar el reclamo de la Federación Inglesa de Fútbol (FA) para sancionar a la Selección Argentina por cantar «La Cuarta Estrella» y reivindicar la soberanía sobre las Islas Malvinas vuelve a poner sobre el tablero una discusión histórica: el derecho de los pueblos del Sur Global a hacer memoria frente al colonialismo frente a las lógicas corporativas que manejan el deporte rey

 

El gol de la memoria ante el gigante colonial

Para el pueblo argentino, la causa Malvinas no es un capricho nacionalista ni una provocación de vestuario. Es una herida abierta de nuestra historia reciente y una demanda legítima de derechos humanos amparada por las Naciones Unidas que exige la descolonización de un territorio usurpado.

Cuando el plantel albiceleste canta por las islas en un festejo mundialista, no incurre en violencia ni discriminación; ejerce un acto de memoria colectiva frente a una potencia que sostiene un enclave colonial en pleno siglo XXI.Inglaterra, con su histórico prontuario imperialista, pretendió utilizar los reglamentos de la FIFA como un escudo para silenciar el reclamo.

Intentaron transformar el legítimo pedido de restitución territorial en una «ofensa política», buscando castigar penalmente el orgullo y la identidad de un país que no olvida.

La cancha, en estos cruces históricos, se convierte en un espacio simbólico de resistencia donde los pueblos subordinados le disputan el sentido de la dignidad a las potencias hegemónicas.

 

Una de cal para la FIFA: El archivo de una denuncia absurda

En esta oportunidad, las autoridades de la FIFA actuaron con sentido común al archivar el reclamo británico y asegurar que la Selección Argentina continúe su camino sin sanciones de ningún tipo

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Dejar sin efecto la censura colonialista es, sin dudas, un antecedente necesario.

El fútbol no puede ser el lugar donde se amordace la memoria popular ni donde se proteja la sensibilidad de los imperios que se niegan a devolver lo que no les pertenece.

Sin embargo, desde una perspectiva de derechos humanos, este fallo no nos puede llevar a la ingenuidad de endiosar a la corporación del fútbol.

Que la FIFA haya resuelto de manera justa en este caso no la convierte en un faro de justicia social.

Al contrario, la decisión expone la profunda tibieza y la doble vara con la que el organismo administra sus supuestas reglas de «neutralidad política».

La doble vara de Zúrich: Entre el silencio corporativo y la represión

La historia reciente demuestra que la FIFA suele mirar para otro lado cuando los derechos humanos interfieren con sus millonarios acuerdos comerciales y geopolíticos:

La represión silenciada en Irán: Mientras el régimen iraní perseguía, encarcelaba y ejecutaba a mujeres, activistas y disidentes por protestar bajo la consigna «Mujer, Vida, Libertad», la FIFA protegió los contratos, persiguió los carteles de apoyo en las tribunas y amenazó a los jugadores que intentaron solidarizarse con las víctimas en el campo de juego.

El boicot a la diversidad en Qatar: La misma institución que hoy permite el canto argentino fue la que disciplinó ferozmente a las selecciones europeas, amenazándolas con tarjetas amarillas automáticas si osaban portar el brazalete inclusivo «OneLove» contra la homofobia de Estado.

Derechos de etiqueta: Para la corporación del fútbol, las campañas de derechos humanos son toleradas únicamente cuando se reducen a un eslogan institucional en una pantalla led. Cuando las demandas queman, incomodan a los socios comerciales o exponen las violaciones sistemáticas de regímenes autoritarios, el manual de la FIFA recurre siempre a la censura o a sanciones económicas tibias que no transforman nada.

Jugar con memoria

El rechazo al pedido inglés es un triunfo de la sensatez y un alivio deportivo, pero sobre todo es un recordatorio de que los pueblos del Sur tienen derecho a nombrar sus dolores e identidades en cualquier escenario público.

Las Malvinas son argentinas, y el fútbol, por más que las corporaciones intenten despolitizarlo para venderlo al mejor postor, seguirá siendo el territorio donde los pueblos oprimidos cantan para no olvidar.

La FIFA esta vez no pudo aplicar la mordaza; pero la guardia de los derechos humanos debe permanecer alta, porque en las oficinas de Zúrich, la justicia siempre depende del color del billete.

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