La Plata se convirtió en el epicentro de la diversidad y el reclamo federal con una masiva movilización bajo la bandera de la memoria y la soberanía popular. En una jornada histórica, la creadora de Big Mama Laboratorio deslumó en el escenario principal, fusionando música urbana, perreo y folclore en una puesta que consolidó al arte como la trinchera más revolucionaria contra el odio.
La emblemática Plaza Moreno de la ciudad de La Plata se tiñó con los colores de la resistencia durante la celebración de la Marcha del Orgullo de la provincia de Buenos Aires. Una multitud de personas acompañó la histórica jornada bajo una consigna urgente y unánime que resonó en cada rincón de las diagonales: “Contra la proscripción, el odio y el fascismo: más orgullo, memoria y soberanía popular”.
En medio de una grilla artística imponente, el gran momento de la tarde llegó de la mano de Laura Zapata, la líder y motor creativo de Big Mama Laboratorio. Con su nueva propuesta, Pacha Urbana, Zapata transformó el escenario en una pista de perreo, folclore y catarsis colectiva, ratificando la potencia que ya nos había adelantado en los micrófonos de nuestro programa radial Las Brujas que Salem.
Una identidad sin encasillamientos: del monte al conurbano
Para Zapata, volver a los escenarios platenses significó un reencuentro muy esperado. «Hace mucho que no toco en La Plata, lo cual me pone muy contenta, y voy a volver con canciones nuevas, con el proyecto nuevo que se llama Pacha Urbana, que no es sólo un disco», compartió la artista multidisciplinaria, quien lleva desde el año 2011 cruzando géneros en un espacio de resistencia a través del movimiento.
Frente a la tendencia de encasillar la música, Laura defendió la libertad de su propuesta, que une sus orígenes familiares con su propia historia: «Mi familia es de Santiago del Estero y de Tucumán, habrá samba, habrá chacarera, sí, pero también nací en el conurbano, entonces nací escuchando cumbia, entonces esa identidad es parte de mí, entonces también está ahí adentro. Claro, soy todo esto. Mi abuela hablaba quichua, bueno, entonces hay palabras en quichua, como que todo ese bagaje, nada, y las letras hablan del ser en conexión con el amor».
Esa búsqueda colectiva de identidad se sintió con fuerza cuando repasó las preguntas cotidianas que aún persisten en la sociedad sobre lo diverso:
«Es como el arcoíris, se ve en los colores, es muy diverso, es tu propia aventura, de sentir lo que te gusta, de lo que no te gusta, cómo vos te sentís, o sea, es muy amplio». Ante la hostilidad actual, agregó: «El gran protagonista de este último tiempo también es el odio. Es como que abrís así, está ahí, ¿cómo pasó esto? ¿Cómo lo permitimos? Entonces, nada, las canciones también vienen con esa propuesta. Me sentí mucho tiempo un zapito de otro pozo, todo el tiempo, y en estos últimos años he encontrado una comunidad enorme en este movimiento, y me siento muy acompañada musicalmente».
El grito ancestral hecho perreo
Uno de los puntos más altos de su presentación fue la interpretación de «Yamkay», una canción nacida en el monte santiagueño. «Yamkay significa trabajar en Kichwa», explicó Zapata durante la entrevista. «Me había comprado hace muy poco el bombo leguero en Santiago del Estero, y lo agarré, me lo llevé al monte de mi familia… me senté a tocar el bombo y empecé a sacar esta melodía. Mi tía, que es como mi maestra de Kichwa, me enseñó un par de palabras y dije ‘ay, estas palabras, esto va por acá’. Me imaginaba como una fuerza que viene del monte. Yamkay es la pregunta de ¿para qué trabajamos? ¿Pa’ que se lo lleven otros? Pone las semillas, lo que crece es la vida, no la muerte». Las estrofas resonaron con fuerza en la plaza: «Si yo, trabajando la tierra, trabajando sin parar, sol a sol, pa’ que un traje nos venga a sacar… tanto así que ya no quiero escuchar».
El arte en los barrios: herramientas contra la frustración
El show de Big Mama Laboratorio se nutrió de su vasta experiencia al frente de talleres itinerantes dirigidos a jóvenes en situaciones de vulnerabilidad, donde el rap y la danza urbana sirven para canalizar realidades complejas. Laura detalló cómo conviven lo técnico y lo expresivo en sus clases: «Están las herramientas técnicas, de tal técnica de danza, se escribe en tantos versos, esto va con la barra tanto… y por otro lado está lo que el cuerpo del bailarín, o el rapero, o la rapera quieren decir. Lo que es lindo del hip hop es que es una cuestión muy autodidacta de ir a buscar esas herramientas que están casi adentro. Como bucear adentro de uno. Hay quienes tienen mayor facilidad a la expresión al abstracto, y hay quienes tienen una expresión verbal. Entonces a veces tienen la facilidad y a veces hay que ir a buscar eso que se quiere decir».
En tiempos donde los índices de depresión y problemáticas graves como el suicidio adolescente golpean con fuerza, la artista remarcó el impacto político de la cultura:
«¿Qué sentimientos aparecen ahí? Primero que nada, alegría. Que eso es lo revolucionario de todo. Tener alegría y tener felicidad en ese momento en el que estás haciendo eso. Porque significa un montón, porque vos estás construyendo algo. Aunque sea una coreografía, aunque sea unos versos, estás construyendo. Es una sanación para con uno mismo y crear vínculos diferentes con otros».
Además, Laura reflexionó sobre la inmediatez y la falta de tolerancia al error en la juventud actual, destacando el rol de contención de sus espacios: «Está el éxito de la inmediatez. La falta de frustrarse. La frustración automática y la depresión… ‘Claro, no me salió esto y ya está’. Así que es una herramienta no solo artística, sino también de gran contención. Necesitan hacer una catarsis de esa frustración también y convertirlo en alegría, en algo que nos haga bien».
Crear comunidad frente a la hostilidad
La fiesta popular en Plaza Moreno ratificó la necesidad colectiva de usar la cultura como trinchera y refugio. Frente a un panorama social adverso, Laura Zapata dejó en claro el norte de su proyecto: «Nos creamos un espacio de amor y de contención, artista-público, de respeto, y vamos para adelante que hay que seguir generando cultura».
Con perreo mutante, cumbia y un profundo respeto por la memoria ancestral, la Marcha del Orgullo bonaerense demostró una vez más que, en La Plata, la diversidad no retrocede.
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