A través de crónicas punzantes, ironía quirúrgica y datos duros, la escritora desafió los moldes de la «prensa femenina» de principios del siglo XX.
Un repaso por su labor periodística a la luz del análisis de la especialista Lucía Reitano.
A Alfonsina Storni se la recuerda, de forma casi universal, a través del trágico lente de su final en Mar del Plata en 1938 o por la profunda sensibilidad de su obra poética. Sin embargo, existe una dimensión de su legado que suele
quedar en las sombras de los manuales escolares, pero que condensa la potencia de sus convicciones: su rol como cronista y periodista.
En una época donde la palabra pública pertenecía casi exclusivamente a los hombres, Storni utilizó las páginas de las revistas y los diarios más importantes del país como una trinchera ideológica, valiéndose de una ironía filosa para dinamitar los estereotipos de género de su siglo.
En una reciente columna radial, la especialista en literatura argentina Lucía Reitano desarmó este perfil menos transitado de la autora a través de tres de sus intervenciones en la prensa escrita entre 1919 y 1920: “Un libro quemado”, “Feminidades” (en la revista La Nota) y “Mujeres que trabajan” (en el diario La Nación). El recorrido expone a una intelectual todoterreno que, lejos de ser condescendiente para asegurar su subsistencia material, eligió el camino del combate cultural.
Una vida marcada por el barro y el trabajo
Para comprender el coraje de Storni frente a las elites de su época, es indispensable revisar su historia. Nacida en Suiza en 1892, llegó a la Argentina a los cuatro años. Su infancia y adolescencia estuvieron lejos de la comodidad burguesa: tras el quiebre de la cervecería de su padre en San Juan y el posterior alcoholismo y fallecimiento de este, la familia se trasladó a Rosario. Allí, Alfonsina tuvo que abandonar temporalmente los estudios para trabajar como lavandera, costurera y moza en el café familiar. Su tenacidad, no obstante, la llevó a recibirse de maestra rural en 1911.
El verdadero punto de inflexión ocurrió en 1912, cuando con solo 19 años se trasladó
Buenos Aires buscando el anonimato de la gran urbe. Estaba embarazada y era madre soltera, una condición que en la pacata sociedad de principios de siglo equivalía a la muerte social y al ostracismo. Sin redes de contención ni herencias, el periodismo no fue para ella un pasatiempo aristocrático, sino la herramienta urgente para alimentar a su hijo Alejandro.
Pensar con cabeza propia: el nacimiento del «chismecito» feminista
En junio de 1919, Storni publica “Un libro quemado” en la revista La Nota. Es allí donde la escritora ensaya una definición de feminismo de una lucidez pasmosa para su contexto. En ese texto, Alfonsina lanza una máxima incómoda:
«La palabra feminista, tan fea aún ahora, suele hacer cosquillas en almas humanas (…) Sin embargo, no hay mujer normal de nuestros días que no sea más o menos feminista. Podrá no desear participar en la lucha política, pero desde el momento en que piensa y discute en voz alta las ventajas o errores del feminismo, es ya feminista».
Para Storni, la trampa de llamarse «antifeminista» quedaba anulada por el propio ejercicio del intelecto. «Pues es la razonadora antifeminista una feminista. Pues solo dejaría de ser tal no teniendo opinión intelectual alguna», sentenciaba.
Reitano destaca en su análisis el uso de lo que la crítica Josefina Ludmer denominó «las tretas del débil»: estrategias discursivas a las que recurrían las mujeres para poder hablar en espacios de subordinación. Alfonsina solía rematar sus columnas con declaraciones de falsa modestia, asegurando que ella no pretendía generar disputas sino meramente exponer realidades del arte. Desarmaba a los censores con una sonrisa irónica, tirando la bomba ideológica y dando un paso atrás.
Esta agudeza también le sirvió para responder a los ataques de sus contemporáneos. Cuando Jorge Luis Borges menospreció su estilo tildándolo de «comadrita chillona», Storni —casi anticipando las dinámicas de las redes sociales actuales— devolvió el golpe de forma sutil en su columna escrita, asociando los prejuicios de la «voz chillona» con el miedo patriarcal a la emancipación intelectual de las mujeres.
La Argentina de 1920: un país en ebullición y contradicción
El ingreso formal de Alfonsina a las redacciones coincidió con una Argentina en plena metamorfosis. Los años 20 corren bajo el impacto de la posguerra mundial, la inmigración masiva y una vertiginosa modernización urbana iluminada por la luz eléctrica. El país experimentaba el ascenso de los sectores medios, pero las estructuras políticas seguían siendo profundamente conservadoras.
Las mujeres carecían de los derechos civiles más elementales: la legislación las asimilaba jurídicamente a los menores de edad, dependiendo de sus padres o maridos para cualquier decisión legal o económica. Sin embargo, el movimiento de mujeres estaba en pie de guerra. Figuras como Alicia Moreau de Justo fundaban la Unión Feminista Nacional en 1918, y la efervescencia por el sufragismo crecía en las calles.

En este mapa de tensiones, a las periodistas se las confinaba a las llamadas «páginas femeninas» de revistas como Plus Ultra o Caras y Caretas, rincones patrocinados por las elites donde se daban consejos para ser la madre perfecta, pautas de belleza o tips para atender al marido. Cuando el director de La Nota, Emir Arslan, le ofreció la sección “Feminidades”, Storni le dirigió su «más rabiosa mirada». Sabía que ese era el rincón donde los medios arrinconaban a «la amiga recomendada que no se sabe dónde ubicar».
Aceptó el espacio por estricta necesidad económica, pero lo transformó radicalmente. En lugar de moldes de costura, tejió redes de militancia. Celebró activamente a su aliada, la Dra. Julieta Lanteri, quien en 1911 había sido la primera mujer en votar en la región tras detectar un vacío legal. En esa misma crónica, Storni expuso la chatura de la mirada masculina con una anécdota: al preguntarle a un «hombrecillo perfumado» qué opinaba de la líder sufragista, este solo respondió: “¡Qué fea!”. Con enorme inteligencia emocional, Alfonsina esquivó la amargura y optó por el contraataque humorístico: «Me hizo tanta gracia que me estoy riendo todavía». Además, utilizó ese supuesto espacio cosmético para respaldar abiertamente la huelga de las trabajadoras telefonistas de la época, demostrando una temprana conciencia gremial: «Creo que es una huelga justa. Estas pobres muchachas ganan una miseria y tienen un trabajo antipático».
La mirada sociológica y el valor de lo popular
Para 1920, el talento de Storni obligó al tradicional diario La Nación a incorporarla en sus filas. Allí, bajo el seudónimo de Tao Lao, publicó “Mujeres que trabajan”, una crónica que funciona como un censo sociológico con una marcada perspectiva de género (o mirada violeta).
Frente al mito conservador de que las mujeres pertenecían exclusivamente al ámbito doméstico, Storni arrojó datos duros sobre la mesa: demostró que, de un millón cien mil personas económicamente activas en la Capital Federal, casi la mitad (505.000) eran mujeres. A partir de ahí, desglosó detalladamente el mapa laboral femenino: desde las 79.000 trabajadoras del servicio doméstico y las miles de educadoras, hasta las 668 telefonistas a quienes bautizó cariñosamente como «pocas, pero bravas».
A diferencia de la intelectualidad de elite de su época, Alfonsina nunca abandonó el tópico de lo popular. Aunque el prestigio literario posterior la llevó a frecuentar círculos selectos, su pluma periodística siempre apuntó hacia abajo, hacia la mujer de a pie, la costurera, la obrera y la empleada doméstica.
Un coraje que no se negocia
Hacer periodismo político y feminista explícito en la Argentina de hace un siglo requería un coraje extraordinario. Alfonsina Storni habitó una contradicción constante: la de una escritora obligada a vender su fuerza de trabajo en medios tradicionales que defendían el statu quo, pero que se las ingeniaba para no ser condescendiente con sus patrones.
No buscó la comodidad de la tregua ni el silencio rentable. Supo esquivar la censura a fuerza de talento, ironía y una inquebrantable fidelidad a sí misma. Releer sus crónicas hoy no es un mero ejercicio de nostalgia histórica; es encontrarse con una mujer moderna que, con el barro de la calle en los zapatos y la lucidez en la mirada, usó la tinta como un arma de transformación masiva.
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