En tiempos donde se discute ferozmente el rol de las instituciones, el Instituto Cultural Bonaerense demuestra el valor estratégico de las políticas públicas. Como un faro itinerante, el Proyecto Puebla —nacido bajo la órbita del área de Políticas Culturales de Género y Diversidades— desembarcó con éxito rotundo en el Museo MAR de Mar del Plata, tras un potente paso por el Teatro Argentino y el Museo Pettoruti de La Plata.
La propuesta, coordinada por la artista y gestora Sofía Gallinal Casarotti, convocó en su génesis a más de cuatrocientas postulantes de toda la provincia. El jurado —integrado por Lucía Engert, María Menegasso y Guille Mongan— seleccionó cuarenta obras de mujeres y disidencias, construyendo un mapa visual colectivo y profundamente federal.
En diálogo con Las Brujas que Salem, Gallinal Casarotti remarcó que el proyecto nació en parte para responder a la quita de cupos de género en los salones nacionales de arte: El cruce territorial resulta clave en la mística de Puebla: “No es lo mismo una obra que se creó en un contexto rural, donde ves el horizonte, que en un contexto donde está el mar o las sierras; el género y las diversidades van a tomar diferentes poéticas y relevancias en cada territorio” aseguró la coordinadora.

La muestra, un verdadero grito de resistencia colectiva hecho con convicción y esfuerzo presupuestario, continuará abierta al público marplatense durante todo el mes de septiembre.
Historias con cuerpo propio: La potencia de habitar las márgenes
Detrás del entramado conceptual de Puebla laten las vivencias de creadoras bonaerenses que transforman sus biografías en discursos estéticos. En los estudios de nuestro programa, dos de las artistas seleccionadas compartieron el reverso de sus obras: las dificultades del contexto universitario actual y el poder del arte para desarmar mandatos.
Emily Romero Novillo y «la muñeca rota»: Desafiar la técnica y sanar el cuerpo
Vecina de Abasto, formada principalmente en el dibujo, Emily Romero Novillo decidió patear el tablero durante una cursada cuatrimestral de cerámica en la Universidad Nacional de La Plata. Presentó los bocetos de una pieza sumamente compleja y de escala milimétrica. Las docentes, inicialmente, dudaron en adquirir el proyecto por la extrema dificultad técnica y los tiempos acotados debido a los paros universitarios. «Yo de cabeza dura lo hice», relata con orgullo.
Ante la falta de espacios físicos generada por el desfinanciamiento de la educación pública, Emily moldeó gran parte de la obra en su propia casa.
El resultado es una muñeca de cerámica móvil articulada con hilos y piedras de pulsera, cuya espalda revela con crudeza una columna vertebral esculpida con engobes. La obra esconde una profunda historia de cuidado y hermandad: «La hice más que nada pensando en mi hermana, que en ese momento la tenían que operar de escoliosis. Ella no es de usar muñecas, prefiere los peluches, pero cuando vio esta pieza se reconoció al instante y dijo: ‘Es como yo'». Esa identificación remitió a la propia infancia de la artista, operada tres veces por una displasia de cadera.
El reverso de su obra rompe los estereotipos y moldes comerciales para reivindicar la belleza de los cuerpos reales, diversos y habitados.
Lolo Tenorio y el «Impacto Federal»: El emotivo encuentro que validó el grito rural
Criada en una estancia a unos treinta kilómetros del pueblo de Capitán Sarmiento y educada en escuelas rurales, Loli «Lolo» Tenorio experimentó un fuerte cimbronazo cultural al migrar a la ciudad de La Plata para estudiar pintura. Esa tensión identitaria se convirtió en el motor principal de su producción artística y en el eje de su futura tesis: «Mi línea temática busca mostrar a las disidencias en el entorno rural. Que no se hable de esto en el campo no significa que no exista; es una forma de decirlo literalmente como es».
Su obra —una pintura tradicional resuelta en acrílico y óleo— se alzó con el Premio Impacto Federal debido a la crudeza y el enigma de su relato visual, que prescinde de tibiezas estéticas en un panorama hostil para las identidades de la comunidad. Su propuesta no busca la complacencia, sino activar debates incómodos en espacios tradicionales.
Esta potencia transformadora quedó demostrada cuando Lolo llevó sus pinturas a una peña folclórica, un entorno habitado mayoritariamente por gente grande. Aunque inicialmente sintió el prejuicio de que nadie entendería su propuesta, la realidad la conmovió profundamente. Un hombre de más de sesenta años se le acercó y le propuso salir a fumar un cigarrillo para conversar sobre los cuadros. «Estuvimos una hora hablando y me dijo: ‘Yo hace poco me di cuenta que soy homosexual, que estoy en esta situación. Y yo me fui de mi pueblo. Toda la vida fue algo que reprimí'». Aquel vecino mayor le confió que la obra reflejaba perfectamente el contraste generacional pero, a la vez, una misma línea de sufrimiento y silencios compartidos.
Para Lolo, ese cruce humano justificó por completo su arte: una pintura que se convierte en el espejo de quienes tuvieron que callar su identidad durante décadas en el corazón del campo.
El arte comprometido como catarsis en tiempos de hostilidad
El paso de Proyecto Puebla por el aire de nuestro programa dejó flotando una certeza unánime e indiscutible: en el clima de profunda hostilidad política, social y económica que hoy atraviesa el país, el arte ha dejado de ser un mero objeto de contemplación burguesa para transformarse en una herramienta vital de catarsis y resistencia.

Frente al discurso oficial que desfinancia las universidades, que ahoga los presupuestos de la cultura y que estigmatiza de forma cotidiana a las mujeres y a las disidencias, la respuesta de estas creadoras no es el silencio ni la sumisión. Es el compromiso absoluto con su tiempo. Durante toda la entrevista se palpitó esa misma vibración colectiva: la urgencia de usar la arcilla, el pincel o el dibujo para gritar lo que el poder pretende barrer bajo la alfombra.
Como broche de oro de un encuentro conmovido, las artistas recibieron un amuleto con una frase de la inmensa Raquel Forner que resume a la perfección el espíritu de la jornada: «Necesito que mi arte sea un eco dramático del momento que vivo». En un contexto nacional transodiante, hostil y precarizador, las creadoras de Puebla demuestran que sus cuerpos y sus obras no van a ser tibias.
El arte bonaerense planta bandera en el Museo MAR para recordarnos que, frente a la crueldad organizada, la belleza comprometida y la memoria colectiva siguen siendo nuestra mejor defensa.
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