El brutal triple femicidio y posterior suicidio ocurrido este martes en Monte Grande expone, una vez más, los mecanismos de violencia machista más arraigados en nuestra sociedad: el sentido de propiedad sobre el cuerpo y la vida de las mujeres, el uso de los celos como un atenuante socializador y la perversa estrategia de victimización del agresor para eludir su responsabilidad.
Damián Darío Santillán asesinó a su pareja, Laura Susana Prediger; a su hijo, Santino, de tan solo 11 años; y a su propia madre, Susana Castillo Toscanini. No fue un «crimen pasional», ni un «brote de locura», ni una reacción ciega. Fue el desenlace de un proceso de violencia sustentado en la creencia de que la vida de una mujer le pertenece a su concubino.
Los celos y la supuesta «infidelidad» como detonantes de control
Las primeras informaciones policiales revelaron que el detonante del quiebre definitivo habrían sido los celos de Santillán ante una «supuesta infidelidad». Desde la perspectiva de género, es fundamental desarmar este relato: los celos no son una demostración de amor desmedido, sino una herramienta de dominación y control.
Cuando un varón violento percibe que pierde el control absoluto sobre su pareja o sospecha que ella ejerce su autonomía —afectiva, sexual o de cualquier índole—, reacciona desde la herida de su masculinidad hegemónica. En ese sistema de pensamiento, la mujer es un objeto de posesión. La mera sospecha de una traición atenta contra el «honor» del poseedor, quien siente que tiene el derecho legítimo de castigar, disciplinar y, en el extremo absoluto, erradicar la vida de la víctima y de su entorno.
El cinismo del «Me obligaron a hacer esto»
Antes de desatar la masacre y posteriormente quitarse la vida bajo las ruedas de un camión en Burzaco, Santillán envió un mensaje de texto a un familiar con una frase que condensa la psicología del opresor: «Me obligaron a hacer esto».
Esta declaración no es un detalle menor; es la máxima expresión de la manipulación y la transferencia de culpa a la víctima. Al afirmar que fue «obligado», el femicida intenta desvincularse de la autoría de sus propios actos violentos. Es una estrategia discursiva común en los contextos de violencia de género: el agresor se posiciona en el lugar de la «víctima de las circunstancias» o de las supuestas acciones de la mujer.
El mensaje implícito que el femicida deja al mundo es atroz: «Ella provocó esto», «Su conducta me llevó al límite», «Yo no quería, pero me obligó».
Femicidios vinculados: castigar a través de los seres queridos
Al asesinar también a su hijo y a su propia madre, el hecho se inscribe en la dolorosa categoría de los femicidios vinculados. Estos crímenes ocurren cuando el agresor asesina a personas del entorno de la mujer (hijos, familiares o allegados) con el objeto de infligirle a ella un sufrimiento psicológico destructivo total, o bien para eliminar a quienes intentan interponerse y protegerla.
Esta modalidad no constituye un hecho aislado en el país. Según el último relevamiento nacional presentado por el Observatorio de la Casa del Encuentro, en lo que va de 2026 ya se han registrado 164 femicidios vinculados de mujeres y niñas, y 19 de varones y niños. La estadística oficial de la organización arroja que, además de las 192 víctimas directas reportadas este año, 226 hijos e hijas se quedaron sin madre debido a la violencia machista, evidenciando que el hogar compartido con el agresor (un 56% de los casos) sigue siendo el espacio más peligroso para las mujeres y sus familias.
Como comunicadores y sociedad, es imperativo dejar de legitimar los relatos que justifican o contextualizan la violencia en base a las conductas de las víctimas. A Laura Susana Prediger nadie la obligó a morir, y a Damián Darío Santillán nadie lo obligó a matar.
La masacre de Monte Grande fue una decisión consciente, nacida de una matriz cultural violenta que sigue cobrándose vidas bajo la máscara del derecho de propiedad.
Herramientas de Asistencia y Denuncia
Si vos o alguien que conocés está atravesando una situación de violencia de género, es fundamental recordar que no estás sola y el Estado tiene la obligación de protegerte. Podés comunicarte de manera gratuita, confidencial y las 24 horas del año, desde cualquier punto del país, a través de los canales oficiales del Ministerio de Justicia de la Nación:
Línea 144: Atención telefónica especializada para recibir contención, información y asesoramiento legal.
WhatsApp: Podés enviar un mensaje al 11-2771-6463 si no te encontrás en un espacio seguro para realizar una llamada.
Correo electrónico: linea144@mingeneros.gob.ar para consultas institucionales.










