El fútbol femenino en la Argentina supuestamente se encamina hacia la profesionalización, pero las bambalinas de los clubes de Primera División siguen oliendo a precarización y desprecio patriarcal.
La confirmación de que Lali Esquivel, la emblemática portadora de la camiseta número 10, capitana y líder espiritual de Gimnasia y Esgrima La Plata, decidió intimar al club y romper su contrato por falta de pago es la punta de un iceberg corporativo profundamente violento.
Días atrás, Esquivel le daba el triunfo al «Lobo» frente a Newell’s en Rosario; hoy, la desidia de una dirigencia que «se caga en las trabajadoras» la obliga a armar las valijas y marcharse en libertad de acción.
La crisis de Gimnasia no es un hecho aislado. Coincide temporalmente con las medidas de fuerza en San Miguel —donde el plantel suspendió los entrenamientos por salarios adeudados— y las denuncias de San Lorenzo de Almagro, cuyas jugadoras expusieron que deben viajar a los partidos en autos particulares por falta de micros, convivir con indumentaria deteriorada y entrenar sin cobertura médica mínima.

El disciplinamiento económico como herramienta de presión
Mirar este escenario a través de las lentes del feminismo nos permite identificar una sutil y perversa estrategia de violencia institucional: el uso del salario y la falta de infraestructura como mecanismos de disciplinamiento y extorsión hacia las mujeres deportistas.
A las futbolistas no solo se les paga una fracción insignificante en comparación con los contratos multimillonarios del fútbol masculino, sino que se las somete a una constante presión psicológica. Se les exige un «alto profesionalismo» diario dentro de la cancha, pero se las trata como amateurs a la hora de abonar sus cargas sociales y asegurarles un plato de comida.
Las corporaciones deportivas presionan a las mujeres jugando con su deseo y su vocación. Saben que el fútbol ha sido un espacio históricamente negado para las identidades feminizadas, conquistado a fuerza de puro barro y militancia. Las dirigencias masculinas se aprovechan de esa «pasión» y resiliencia para someterlas a condiciones indignas: las empujan a aceptar el maltrato, a entrenar lesionadas y a tolerar meses de deudas bajo la amenaza implícita de que, si reclaman de forma colectiva, «la disciplina va a desaparecer por ser deficitaria». Es una extorsión en toda regla: o aceptás trabajar gratis y en condiciones insalubres, o te quitamos el derecho a jugar lo que elegiste.
Romper el silencio: El legado de las que plantan bandera
El portazo de Lali Esquivel en el Bosque platense es un acto de dignidad laboral y política que trasciende lo deportivo.
Al intimar al club, la capitana no solo defendió su sustento personal, sino que visibilizó que el fútbol es un trabajo y, como tal, debe ser remunerado y dignificado. Su salida rompe el cerco de silencio y habilitó que compañeras como Sofía Olivera se planten también frente al destrato de la comisión directiva.
Desde Las Brujas que Salem repudiamos la mediocridad de las comisiones directivas que ven al fútbol femenino como un gasto prescindible o una mera lavada de cara institucional para las fotos del 8M. Las pibas viajan ocho horas en colectivos rotos, trabajan en jornadas paralelas de comercio u oficina para subsistir y entran a la cancha a romperse el cuerpo defendiendo camisetas cuyos dirigentes las desprecian.
La profesionalización no puede ser una mentira de cartón pintado de la AFA. Acompañamos a Lali Esquivel y a las Manadas de todo el país: el fútbol será de las trabajadoras o no será.








