El rock, la intuición y el tejado de la ESMA: la impactante geografía de la memoria en El mar vacío

A partir de las primeras páginas de la esperada novela de Pablo Torres, editada por Corregidor, analizamos cómo el debut en el Estadio Obras de una banda de rock se cruza con la sospecha identitaria y las marcas urbanas del terrorismo de Estado.

¿Qué distancia real separa a la cultura de masas de las tragedias colectivas que moldearon nuestro presente?

En El mar vacío, la primera e intensa novela de Pablo Torres, la respuesta es matemática, espacial y desgarradora: menos de mil metros. Esa es la distancia física que el protagonista, Ciriaco Pizzutti, mide con los ojos entre la puerta del Estadio Obras Sanitarias —donde su banda de rock está a punto de consagrarse— y los techos de tejas rojas de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA).

El libro, que Editorial Corregidor trae a las librerías tras una gran recepción en la 50° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, se estructura bajo el pulso urgente de una crónica. El narrador, el «Chino» Gómez, es un periodista cultural hiperconectado que, armado con su smartphone y consultas al ChatGPT, intenta diseccionar racionalmente lo que a todas luces es un sismo emocional.

La intuición como puerto de partida

El motor que dinamita la realidad de Ciriaco no es un documento burocrático, sino la inminencia de su propia paternidad junto a Tefy, una muralista que corporiza su arte pintando sobre durlock en el fondo de su casa. “Yo tengo la conmoción corporal y Ciri la emocional”, advierte ella. Al saber que va a ser padre, en la mente del músico se activa una duda profunda, una intuición ciega sobre su origen: la sospecha de que su propio padre, nacido en 1978, es hijo de desaparecidos.

El Chino Gómez, con el escepticismo propio de su profesión, busca respuestas científicas en internet sobre la validez de los «instintos», saltando de blogs espirituales a estudios de neurociencia de la Universidad de Linköping que explican cómo el cerebro procesa impresiones sensoriales inconscientes. Sin embargo, en el universo de Torres, la intuición no es un «chamuyo» de la red; es el puerto de partida indispensable hacia una verdad que los pactos de silencio familiares pretenden clausurar.

Obras Sanitarias: la maquinaria y la nostalgia

El clímax del arranque de la novela se sitúa en la mañana de un viernes caluroso, durante la prueba de sonido de León Trotsky y la Gillette en el Estadio de Obras. Mientras suenan canciones como «Recordman» y «Milagros», la crónica dispara una aguda reflexión sobre la evolución del rock y el peso de su propia historia.

El narrador recuerda con nostalgia su primer concierto junto a su padre —Divididos en el Luna Park, en el lejano abril del año 2000— y lo contrasta con la parafernalia tecnológica actual, donde los músicos emergen de pantallas gigantes como superhéroes de ficción.

Con lucidez, Torres apunta una ironía generacional: el rock, antes sinónimo de rebelión indomable, se ha transformado en un viejo metódico y conservador que necesita tener cada cable en su lugar para que funcione su maquinaria comercial.

Las coincidencias crueles de 1978

Se inaugura el Estadio Obras en plena dictadura.

La Selección de fútbol gana el Mundial en River

Los falcon ferde patrullan con fusiles a la visa

Nace Ernesto, el padre de Ciriaco, en la clandestinidad

El desgarro bajo las tejas

Pero el verdadero corazón político de la obra late cuando Ciriaco, agobiado por la presión previa al show, le pide al periodista salir a caminar por la Avenida del Libertador.

La caminata los deposita frente a la ESMA. Es allí, mirando el desgastado tejado del Casino de Oficiales donde funcionaban los centros clandestinos de detención «Capucha» y «Capuchita», donde la microhistoria familiar choca de frente con el horror de la dictadura.

En 1978, mientras Obras abría sus puertas y la sociedad civil festejaba el Mundial a pocas cuadras en la cancha de River, los Falcon verdes poblaban los amaneceres de ausencias. “¿Y si fue acá? ¿Y si mi viejo nació ahí?”, pregunta Ciriaco apuntando a las tejas.

Las preguntas que formula Torres a través de su personaje son un puñal directo a la complicidad civil de la época y a los discursos negacionistas de la actualidad: ¿El ruido del tránsito de Libertador tapaba los gritos y los llantos de los recién nacidos, o el deseo de la sociedad de no escuchar era suficiente?

El mar vacío se consolida, ya desde sus primeras páginas, como una novela imprescindible y urgente. Pablo Torres —valiéndose de su bagaje como trabajador social— esquiva con maestría los golpes bajos de la literatura biográfica tradicional y nos regala una ficción incómoda.

Es un relato que demuestra que el pasado no es una foto fija en un museo de la memoria, sino una frecuencia de radio distorsionada que sigue sonando en los amplificadores de las nuevas generaciones.

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