Por Gabriela Chamorro
Hoy me tocó prender la computadora de la redacción de Las Brujas Que Salem y sentir que el aire se ponía espeso, frío, insoportable. En unas pocas horas, nos vimos empujadas a transformar nuestro portal de noticias en una bitácora del espanto, en un desfile silencioso de nombres, lugares y detalles periciales que perforan el alma.
Hoy subimos tres historias que nos desgarraron el pecho, tres vidas que fueron arrebatadas por la crueldad machista en distintos puntos de nuestro mapa. Y la verdad es que estoy harta. Siento una tristeza profunda, una mezcla de rabia y desolación que ya no me entra en el cuerpo, porque mientras nosotras escribimos, en alguna parte una mujer está luchando por su vida o un agresor está planeando cómo silenciarla.
Hoy tuvimos que escribir sobre Griselda Yamilla Gritzmacher, de 29 años, en Los Helechos, Misiones. Tuvimos que contar cómo la encontraron boca abajo en un pastizal, al costado de un auto, con su nene de dos años durmiendo en el asiento de atrás, ajeno al horror. Tuvimos que analizar una autopsia que habla de marcas de defensa, de cómo Griselda peleó con las uñas contra los cuchillos de Sergio Adrián Schulz antes de que él decidiera suicidarse para apagar la acción de la Justicia.
Hoy también nos dolió Isabel Verónica Galbán, de 40 años, en Joaquín V. González, Salta. Una madre de cuatro hijos que estuvo desaparecida una semana entera. Tuvimos que narrar el espanto de unos pescadores encontrando su cuerpo flotando en el río Juramento y cómo sus huellas dactilares tuvieron que hablar por ella porque su rostro ya no era reconocible debido al avanzado estado de descomposición. Tuvimos que contar que su marido está detenido, mientras tres de sus hijos de 12, 8 y 7 años quedaron desamparados en un hogar que ya venía arrastrando el duelo por la muerte de un bebé a principios de año.
Y por si fuera poco, el horror nos llevó hasta María Celeste Santillán, de 42 años, en Recreo, Santa Fe. Otra madre, esta vez de nueve hijos, arrojada semidesnuda en un descampado al lado de un cañaveral. Tuvimos que detallar las tres vueltas de soga que tenía sujetas al cuello y cómo sus vecinos escucharon sus desesperados pedidos de auxilio durante la madrugada en medio de una trama de abusos y vulnerabilidad extrema que terminó con tres hombres detenidos por la fiscal Natalia Giordano.
Es devastador. Seguimos y seguimos y seguimos contando muertes. Nos vemos empujadas a leer informes forenses, a hablar de heridas punzocortantes, de maniobras de resistencia, de la dirección de los cortes, de la descomposición y del fango. Odio con todo mi ser tener que redactar estas cosas. Odio que nos transformemos en un medio que solo cuente muertas.
Nosotras no nacimos para ser una morgue judicial de palabras; nacimos para tejer redes, para celebrar los proyectos de las pibas, para hablar de las bandas de rock locales como las chicas de Chabona, para construir puentes de cuidado colectivo, para militar el Acuerdo Nacional por los Cuidados, para defender la salud mental comunitaria. Queremos escribir sobre la vida, sobre la emancipación, sobre la literatura rescatada de la basura como la de Carolina Maria de Jesus.
Pero el sistema nos empuja a esto de manera violenta. Nos empuja a la crónica del descarte porque sus voces ya no están.
A Griselda, a Isabel y a María Celeste les apagaron la garganta para siempre de la forma más brutal. Y alguien tiene que hablar por ellas. Alguien tiene que dejar asentado en la memoria de este portal de noticias que no eran cifras de un monitor, que no eran «casos policiales» de un zapping de televisión, que no eran la «tragedia pasional» que a los editores varones les encanta vender con morbo para conseguir un clic.
Eran mujeres con historias, con hijos, con miedos, con mates lavados en la mesa y con un calvario invisible que nadie quiso escuchar a tiempo.
Por eso, hoy más que nunca, plantamos nuestra postura con las uñas clavadas en la tierra. Si nos obligan a contar muertas, vamos a gritar sus nombres hasta que las paredes de los tribunales se caigan abajo. Vamos a denunciar la desidia institucional que tarda días en activar un rastrillaje en Salta, vamos a señalar el abandono de las mujeres vulneradas en Santa Fe y vamos a desarmar el cinismo de los agresores que se creen dueños de nuestros cuerpos en Misiones. No nos vamos a acostumbrar al espanto. No vamos a permitir que el dolor se vuelva paisaje. Escribimos con lágrimas en los ojos, sí, pero también con los puños cerrados. Porque si el patriarcado nos quiere muertas y calladas, nos va a encontrar indómitas, organizadas y combativas en cada renglón de nuestra trinchera web, www.lasbrujasquesalem.com










