El «caso Pelicot británico»: el horror que se repite en el Reino Unido bajo el amparo de la sumisión química

El horror no es un hecho aislado, ni tiene una sola frontera. Un nuevo caso de violencia machista extrema estremece a Europa, despertando de inmediato el paralelismo con el histórico juicio de Gisèle Pelicot en Francia. El pasado 14 de septiembre, en el Tribunal de la Corona de Mánchester, un ciudadano británico de unos 60 años se declaró culpable de haber drogado, violado y entregado a su esposa a una red de abusadores de forma sistemática durante más de dos décadas, entre los años 2004 y 2025.

El modus operandi replica milimétricamente el calvario de la mujer francesa: sumisión química programada para anular la voluntad de la víctima y forzar una inconsciencia absoluta. Bajo ese estado de indefensión, el agresor violaba a su esposa en la vivienda familiar que compartían en la zona de Stockport, al norte de Inglaterra, filmaba los abusos y los difundía en foros de internet.

La Fiscalía de Mánchester le imputó un total de 60 cargos criminales, incluyendo 21 violaciones y 15 agresiones con penetración.

Al igual que Dominique Pelicot, este hombre no actuaba solo: utilizaba plataformas digitales para reclutar a otros varones. Actualmente, otros 12 implicados (de entre 28 y 74 años) están siendo juzgados en el mismo tribunal britanico por conspirar y participar de los abusos, mientras que un decimotercer cómplice ya reconoció su culpabilidad. Por motivos legales de resguardo y protección a la víctima, la justicia del Reino Unido prohibió estrictamente difundir la identidad y el apellido del esposo.

No son monstruos, son hombres (y tienen que ir presos)

Ante la aparición de casos como el de Gisèle Pelicot en Francia o este nuevo y desgarrador reflejo en el Reino Unido, la reacción inmediata de los medios hegemónicos, la opinión pública y el sentido común bienpensante es la misma: catalogar a los responsables de «monstruos», «bestias», «enfermos» o «psicópatas». Es una salida rápida, cómoda y, sobre todo, profundamente peligrosa.

Llamarlos monstruos es un acto de cobardía discursiva. Al convertirlos en criaturas extraordinarias, en anomalías de la naturaleza o en personajes de una película de terror, la sociedad se desmarca de ellos. Se construye la ilusión de que el peligro habita en un pantano lejano y no en el living de casa. Nos desresponsabiliza como comunidad, porque a los monstruos no se los puede predecir, ni educar, ni deconstruir.

Pero la cruda realidad que estos juicios nos refriegan en la cara es mucho más incómoda: no son monstruos, son hombres.

Son esposos devotos ante los ojos de los vecinos, padres de familia, jubilados amables, profesionales respetables, jóvenes integrados de entre 28 y 74 años. Son el emergente más pulido y radical de una estructura patriarcal que les enseñó, durante siglos, que el cuerpo de una mujer es un territorio conquistable, un objeto de consumo y una propiedad privada con la que se puede disponer, transar y deshacer a voluntad, incluso bajo el silencio de la inconsciencia.

No están locos; sabían perfectamente lo que hacían. Coordinaban turnos por internet, compraban sedantes en el mercado negro, ocultaban las pruebas y violaban en manada amparados en la complicidad varonil. No necesitan un psiquiatra, ni un exorcismo, ni la compasión de un diagnóstico médico que atenúe sus actos. Necesitan un sistema judicial penal que actúe con celeridad, que no dilate los procesos y que les aplique castigos ejemplares.

Basta de patologizar el pacto de caballeros y la violencia machista. Son hombres, son criminales, son violadores. Y su único destino tiene que ser la cárcel.

 

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