El espacio virtual no es un territorio neutral; es el reflejo amplificado de una estructura social violenta que encuentra en las pantallas nuevos mecanismos de disciplinamiento, humillación y despojo. Un reciente y alarmante informe global titulado «A través de los ojos de la infancia: cómo las tecnologías digitales facilitan el abuso sexual infantil», desarrollado de manera conjunta por UNICEF, INTERPOL y ECPAT International, reveló que 20 millones de niños, niñas y adolescentes de entre 12 y 17 años sufrieron al menos una forma de explotación o abuso sexual digital en el transcurso de un solo año.
En América Latina y el Caribe, la realidad adquiere ribetes de emergencia implícita: el 18% de los adolescentes conectados —casi uno de cada cinco— fue víctima de estas prácticas. Desde la línea editorial de Las Brujas de Salem, insistimos en que estas cifras no pueden leerse como meras estadísticas o «descuidos informáticos». Son la prueba fehaciente de un sistema corporativo que prioriza el tráfico de datos y las ganancias por sobre la integridad y la salud mental de las infancias, empujando a las jóvenes a una intemperie digital donde los agresores actúan bajo una falsa sensación de inmunidad permanente.
Las cifras del horror: cuando la tecnología se vuelve un arma
La investigación, que reunió encuestas representativas de 21.000 menores en 21 países, desarmó minuciosamente el mito de que los entornos virtuales son seguros o que los riesgos provienen exclusivamente de «extraños en la red». El entramado técnico del informe arroja datos escalofriantes sobre las modalidades y el alcance del daño:
Hostigamiento masivo y acoso dirigido: Más de 15 millones de chicos y chicas estuvieron expuestos a contenidos sexuales explícitos no deseados, mientras que 9 millones recibieron solicitudes directas para mantener conversaciones sexuales o compartir material íntimo en contra de su voluntad.
Violación de la intimidad: Cerca de 4 millones de adolescentes sufrieron la difusión no consentida de imágenes sexuales propias. A esto se suma una amenaza emergente y feroz: el uso de herramientas de Inteligencia Artificial para la creación de deepfakes y material de «nudificación» falso, una forma de violencia machista digitalizada que destruye la reputación y el bienestar emocional de las jóvenes.
El enemigo en casa: Rompiendo con el sentido común punitivo, el informe revela que en el 57% de los casos registrados el agresor era una persona conocida por la víctima (compañeros, parejas, familiares o adultos de su entorno cercano).
El territorio de la impunidad: El 60% de los abusos se concentró en plataformas de redes sociales hegemónicas como Facebook, Instagram, Snapchat, TikTok y WhatsApp, mientras que un 14% se ejecutó a través de salas de chat de videojuegos en línea.
El pacto del silencio: el fracaso institucional de los sistemas de denuncia
El aspecto más desgarrador del relevamiento técnico expone la absoluta soledad de las víctimas frente al trauma. Más del 40% de las y los adolescentes afectados nunca le contó a ninguna persona lo que había vivido. El miedo a la revictimización, la culpa inoculada socialmente, la vergüenza y el temor a que les retiren los dispositivos tecnológicos operan como un bozal sistemático.
La respuesta del aparato estatal y judicial es un fracaso estrepitoso: menos del 1% de las situaciones de abuso facilitadas por la tecnología llegó a ser denunciado ante la policía, líneas de asistencia o trabajadores sociales. Las instituciones exigen burocracias inaccesibles para las adolescencias, obligando a las víctimas a transitar el dolor en la clandestinidad del ámbito privado. Este aislamiento tiene consecuencias devastadoras: UNICEF advierte que las víctimas de violencia sexual digital presentan cuatro veces más probabilidades de desarrollar conductas suicidas o de autolesión que sus pares.
Exigir seguridad desde el diseño: la responsabilidad es corporativa y estatal
No podemos seguir permitiendo que las corporaciones de Silicon Valley trasladen la responsabilidad del cuidado a las familias o a la capacidad de las propias pibas para detectar perfiles falsos o «evitar riesgos». El algoritmo está diseñado para retener la atención a cualquier costo, facilitando autopistas libres para los depredadores virtuales y los extorsionadores de la intimidad.
Es urgente exigir que las empresas tecnológicas implementen mecanismos de seguridad y privacidad desde el diseño de las plataformas, moderando los contenidos con perspectiva de derechos humanos y bloqueando de raíz las herramientas de nudificación artificial. Los gobiernos, por su parte, deben dejar de mirar para otro lado y tipificar penalmente estas nuevas modalidades de violencia digital, garantizando entornos de escucha activa en las escuelas. La soberanía sobre nuestros cuerpos también se disputa en el plano digital: romper el silencio y tejer redes de confianza comunitaria es el primer paso para que navegar en Internet deje de ser un peligro y vuelva a ser un derecho de nuestras jóvenes.










