Pilar Quintana: “Quería mirar al monstruo del patriarcado a los ojos”

El mundo parece más aterrador, como tomado por fuerzas ocultas, cuando se vive en la selva. Rosa dejó atrás el confort de la ciudad junto con su pareja de origen irlandés para experimentar la naturaleza indómita y construir, con sus propias manos, una casa. Pero él tiene que viajar por unos días y la hostilidad del ambiente y de los vecinos transforman esa soledad en una experiencia extrema, al punto de preguntarse dónde está la realidad. Pilar Quintana vino a presentar Noche negra (Alfaguara), su última novela, una historia perturbadora y tensa; cuatro días que transcurren en la cabeza de la protagonista, donde se mezclan las heridas del pasado, dolores primigenios que no cicatrizan, y las tinieblas de un presente cada vez más ominoso.

Como autora de ficción, Quintana confiesa que tiene “poca imaginación”. La autora de La perra, traducida a más de veinte lenguas, comparte con la protagonista de su última novela el mismo itinerario geográfico: cambió la vida en la ciudad por la selva del Pacífico colombiano durante nueve años (del 2003 hasta el 2012), en una zona remota cerca de Juanchaco. También como Rosa, una criatura de ficción, construyó la casa en la selva con sus propias manos.

“Me alimento de la vida real para crear a los personajes”, dice la ganadora del Premio Alfaguara de Novela 2021 con Los abismos. “Yo quería contar la historia de una mujer que se queda sola en una selva, que apenas está aprendiendo a conocer, y que es una selva hostil en una casa que está sin terminar. Y me conecté con ella por esa idea de la vida tranquila, porque es común a los habitantes de la ciudad que queramos irnos a vivir a la playa, a vivir a las montañas, a vivir a una finquita tranquila en la naturaleza”.

 

-¿Por qué idealizamos tanto la naturaleza?

-Yo creo que tenemos una idea muy romántica y occidental de que nuestro estrés es causado por el capitalismo y el caos de la vida en las ciudades; y es bastante sorprendente porque hemos visto documentales de la vida salvaje y ¿en qué documental los animales están relajados, descansando? Los vemos en constante lucha por obtener la comida, por proteger a sus crías. La naturaleza está idealizada y creemos que cuando alguien se jubile va a poder tener una existencia más tranquila. Yo descubrí viviendo en la selva que era todo lo contrario. Recuerdo que decía: “Este domingo voy a echarme en la hamaca a leer”. Y de repente me echaba en la hamaca a leer y venía una fila de termitas a comerse mi casa y me tocaba dejar todo y destruir a las termitas porque eran las termitas o yo. Muy pronto la naturaleza me dio una cachetada.

-Cuando Rosa está acorralada por su propia mente, por lo que imagina que está por suceder, le dice a un militar: “todos en la universidad simpatizamos con la lucha revolucionaria”. ¿Esa frase podrías haberla dicho vos, aunque hay una diferencia generacional importante entre las dos?

-No, Rosa pertenece a una generación completamente diferente a la mía. Yo nací en 1972, Rosa es de 1941; entonces su formación y la mía son distintas. A mí me tocó vivir otro país. En 1980 tenía ocho años y vi la guerra con mis ojos de niña. Cuando estaba en la universidad, los grupos guerrilleros se estaban desmovilizando y quedaban las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) y ELN (Ejército de Liberación Nacional). La Colombia en la que crecí era una Colombia tomada por el narcotráfico, por los cárteles de la droga. Y estaban los grupos paramilitares también haciendo parte de la guerra y era una guerra donde el componente político, los civiles de la guerrilla, se estaba diluyendo por culpa del dinero del narcotráfico y por los métodos de financiación de la guerrilla: los secuestros. Los habitantes del campo estaban tomados por la guerrilla y los habitantes de la ciudad secuestrados en las ciudades. Todos estaban “secuestrados”. Me tocó crecer en una Colombia bastante distinta a la de Rosa, donde la mayoría estábamos desencantados con la lucha armada.

-En Noche negra vamos asistiendo al deterioro de Rosa respecto de lo que es real o no, pero también descubrimos que hay rastros familiares en ese extravío; que su abuela y su madre tuvieron “el gen de la demencia senil”. ¿Por qué te interesa explorar la locura, un tema que también está presente en otras novelas?

-Rosa es un personaje de otro cuento y ahí también trabajo ese tema. Hay un miedo atávico a la locura; una relación histórica entre la forma como se ha descalificado a las mujeres y la locura, ¿no? Una mujer que es diferente, que hace las cosas como no se espera que una mujer las haga, es una loca. En esta novela hay una exploración de la relación con el otro, ¿qué nos pasa cuando estamos completamente solos, en silencio y en la oscuridad? Me preguntaba si no había una desintegración de nosotros mismos. Rosa empieza a perder su pie en la realidad porque está sola y no tiene con quién corroborar la realidad. Últimamente en la literatura exploramos mucho la idea de la soledad, pero la soledad del habitante de la ciudad, que es más existencial. La soledad de Rosa no solo es existencial, sino que es real: no tiene con quién conversar, no tiene con quién relacionarse. Durante nueve años viví en la selva del Pacífico colombiano y me tuve que quedar tres meses sola en mi casa y creo que experimenté la soledad efectiva y la hostilidad del medio. Algunos vecinos, no todos, se torcieron cuando mi marido se fue y me vieron sola. Me pareció una experiencia brutal y transformadora.

-Rosa enfrenta especialmente la hostilidad de los vecinos varones, ¿no?

-Eso habla mucho de nuestra sociedad patriarcal, que es algo que todas hemos experimentado. De repente el amigo del papá que era superrespetuoso, apenas el papá se da la vuelta, ya no lo es. Quería mirar al monstruo del patriarcado a los ojos.

-Un monstruo que se activa aún más cuando una mujer está sola.

-Sí, un monstruo que está siempre activo. Rosa lo dice en un momento: “no me respetan a mí, respetan a mi marido”; la deshumanización de la mujer es terrible. Y es terrible que en 2026 tengamos que seguir alzando la voz para decir: “Oye, yo soy un ser humano que merece respeto”. Escribiendo la novela pensaba cómo nosotras somos animales de presa y no hay unos ambientes que no nos sean hostiles. El lugar más peligroso para una mujer no es la calle; es su propia casa. Esto no lo digo yo; estadísticamente donde más matan a las mujeres, donde sufren más abusos, es en su propia casa. Los asesinos y los agresores de las mujeres no son unos enemigos, unos delincuentes, sino su marido, su exmarido. Nuestros abusadores son hombres de confianza. Las mujeres desde niñas estamos acostumbradas a estar en ambientes donde la amenaza está presente. Salimos a la calle y sigue estando; vamos al colegio, a la universidad, al trabajo y sufrimos el acoso también. Y creo que tenemos normalizado vivir en permanente estado de alerta, como un herbívoro en la sabana africana que está pendiente de las leonas o las hienas que quieren cazarlo. A las mujeres de mi generación no nos advirtieron que el peligro estaba más cerca de lo que creíamos.

Fuente Silvina Friera para Página 12

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