El alto rendimiento suele venderse bajo la épica del «sacrificio individual», pero la realidad expone otra cosa. La judoca rosarina Agustina de Lucía, flamante medalla de plata en la categoría de hasta 63 kilos en los Juegos Suramericanos Santa Fe 2026, resumió la urgencia institucional con una frase:
“Esta semana ya tuve que empezar a encarar la búsqueda de un trabajo porque no sabemos qué va a pasar. Ahora con la euforia de los Juegos la cámara está ahí, pero cuando esto pase, la realidad va a ser otra”.
Tras perder su beca al no lograr el bronce panamericano previo, la atleta sufrió un período de desamparo que truncó su llegada olímpica.
Redes de autogestión y barreras de género
Sin asistencia estatal, el soporte provino de redes comunitarias y familiares: desde el aporte de hermanos y amigos hasta ventas de budines maternos para costear los gastos del viaje a un Grand Prix.
Para competir en el Campeonato Nacional, Agustina debió solicitar un crédito bancario de casi $600.000, deuda que hoy su grupo familiar intenta saldar.
Esta situación evidencia la triple jornada que enfrentan las atletas: entrenar en la élite, trabajar informalmente para subsistir y sostener tareas de cuidado, frente a una meritocracia que violenta y expulsa a las mujeres del deporte amateur en contraste con la contención corporativa masculina.
La medalla de plata en Rosario es un logro histórico frente a la precariedad y el desfinanciamiento oficial. El reclamo urgente de Agustina visibiliza un sistema donde la supervivencia económica choca con la alta competencia. Abrazamos el logro de esta gran deportista y exigimos un deporte con perspectiva de derechos, recordando que el orgullo nacional no puede sostenerse sobre el esfuerzo precarizado de las familias.









