El teatro no convencional avanza en la región ganando terreno y asumiendo riesgos que sacuden las certezas de las audiencias tradicionales. El equipo de la obra «Huéspedes (un día ya no se oyó ningún ruido)» pasó por los micrófonos de Las Brujas que Salem para desmenuzar los laberintos sensoriales, políticos y técnicos de la propuesta inmersiva que sacude el espacio de Estudio 7.1 (calle 71, entre 6 y 7).
Con la dramaturgia y dirección de Alejo Marschoff y la base escenográfica diseñada por Jazmin Segobia junto a Antonia Carrasco, la puesta traslada al cuerpo las densas atmósferas del cuento homónimo de la escritora mexicana Amparo Dávila, un pilar indiscutido del gótico latinoamericano.

Sin butacas fijas y con un aforo estrictamente limitado, los espectadores son forzados a deambular por el espacio, conviviendo en una casona donde habita una mujer atrapada en la desolación de un matrimonio vacío junto a su empleada doméstica, su única compañía. La tensa calma de la espera se rompe cuando el hombre regresa y trae consigo a un huésped inquietante. En este clima, el terror psicológico elude los golpes de efecto convencionales para interpelar de forma directa.
La brecha de género en la recepción del terror
Al ser una obra centrada en dos mujeres solas que habitan un hogar invadido por una presencia impuesta por un varón, la experiencia previa de quien mira determina la interpretación. Durante la entrevista, las integrantes del grupo pusieron sobre la mesa una inevitable perspectiva de género al analizar las devoluciones que reciben de los asistentes:} 
«Por ahí la interpretación de los hombres tiende más hacia un lugar… no lo quería decir así, pero lo digo: más equivocado», lanzaron en el piso. «Se van para otro lado. Bueno, pero uno lo une con su propia experiencia porque no lo han vivenciado. Ahí está la pluralidad de huéspedes».
Esta marcada diferencia en la recepción, lejos de ser un límite, fundamenta el sentido del título en plural. La incomodidad y el conflicto resuenan de maneras completamente disímiles según el género y las realidades atravesadas por quienes asisten. «Es una obra que tiene una carga muy importante, estas dos mujeres pasan cosas que están muy cargadas», explicaron, dejando en claro que el trasfondo estremece desde las vivencias más reales.
Multiplicar las preguntas: el arte de la metáfora
Frente a estas lecturas cruzadas, el director defendió el uso de la metáfora en el arte como un dispositivo que debe abrir debates en lugar de clausurar sentidos uniformes:
«Las metáforas, a una pregunta, dan una respuesta que abre dos preguntas más. Ese es como mínimo el ejercicio. Entonces, más allá de que vos le pifies, hay un par de preguntas que te llevás y me parece que eso siempre es lo más interesante cuando uno aborda el trabajo de la metáfora… Decís: ‘Bueno, no lo entendiste, pero ¿qué te resonó?'».

Esta inmersión se vuelve física porque el público no tiene el resguardo de una platea tradicional. La incomodidad de estar parado frente a lo desconocido es el verdadero motor del suspenso:
«No vas a abrir una puerta y alguien gritó. Simplemente estás incómodo en un lugar que no conocés, con gente que no conocés, parado, y te pasa gente que está pasando por algo heavy y no sabés qué es. Y eso es lo que te da miedo».
De hecho, la libertad que ofrece el espacio corre los límites de la propia puesta, borrando las fronteras entre el público y el escenario ausente: «Cada cual siempre se puede ir ubicando donde más le guste, donde más prefiera, y después se pueden ir moviendo en el medio de la obra. La gente a veces teme que les hagamos hacer algo… No, tienen que caminar o quedarse quietos, pero tienen que estar ahí y andar».
Puntos de oído: el sonido sobre «la musiquita»
Otro de los pilares que sostiene la experiencia es el diseño sonoro y la música en vivo ejecutada por Agustin Paradiso y Gabriel Barreiro. El director rescató una filosofía clara para esquivar los clichés de las puestas convencionales, citando las teorías del compositor Mirko Mesia en su libro Puntos de oído:
«En el teatro me gusta más el sonido que la música. No hay que poner música en el teatro, porque en realidad lo que ocurre es sonido. Entra el público y hay pasos, hay un tipo que se rasca y vos lo escuchás, hay alguien que se corre en la silla y ya juega con vos. Esa es la música. Con Agus y con Gaby, ellos se dedicaron y armaron todo ese segmento… lo sonoro prevalece y eso hace la inmersión tremendamente».
«No existe lo que no se nombre»: el valor del trabajo colectivo
Hacia el cierre del programa, bajo la premisa política y feminista de que «no existe lo que no se nombre», el equipo pasó lista completa a la enorme red de trabajadores independientes que sostiene el proyecto a pulmón. En actuación se destacan Florencia Silva (quien también realiza la asistencia dramatúrgica), Gisela Arandía, Agustin Paradiso y Gabriel Barreiro. La escenografía, iluminación, vestuario y caracterización están firmadas por Jazmin Segobia y Antonia Carrasco. La asistencia de vestuario y caracterización recae en Sofia Ninno y Tania Guzmán Capristo, acompañadas por Lautaro Maidana en asistencia de montaje y Franco Pérez Padilla en asistencia de sonido.

Al terminar cada función, las distancias se diluyen por completo: la barra de Estudio 7.1 se enciende, se comparten pizzas y tragos, y las devoluciones alimentan la vitalidad de la obra. «La gente de hecho nos encanta escuchar, ‘pensé en esto’, es súper rico eso y eso también hace que la obra cambie todo el tiempo… porque te quedás hablando con la gente y todo el mundo vivió algo diferente», concluyeron. En tiempos de consumo pasivo, Huéspedes se planta como una trinchera colectiva donde las preguntas siempre se responden con el cuerpo.
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