¿Existe un «manual de la buena feminista»? Si existiera, la protagonista de La Stalker (Beatriz Viterbo Editora) lo habría prendido fuego en la primera página
Julia, la antiheroína de esta brillante primera novela de Raquel Tejerina, es todo lo que nos dijeron que ya no debemos ser: intensa, insegura, desesperada por amor y una detective digital implacable capaz de forzar las señales del universo para que coincidan con sus deseos.
La trama arranca con un clásico de la era moderna: un flechazo nocturno, un hombre que desaparece (Ignacio) y una mujer que decide que el misterio no va a ganarle. A partir de ahí, Julia se sumerge en un delirio místico-detectivesco donde le reza a Santa Rita, anota pistas en libretas y salta de un hombre a otro al grito interno de «¡Es este, es este!», reciclando la obsesión con una velocidad que da tanta risa como identificación.
Lo hermoso de La Stalker es que no juzga a su protagonista Tejerina escribe con un humor negro afiladísimo, permitiéndose (y permitiéndonos) la honestidad brutal de reírnos de nuestras propias neurosis. Es un espejo incómodo pero liberador. Y en medio de ese torbellino de pantallas, sospechas y misticismo forzado, aparece la verdadera red de salvación de la novela: las amigas incondicionales. Esas que sostienen el llanto, que bancan el delirio pero te atajan cuando te chocás de frente contra la realidad.
Una lectura corta, adictiva y sumamente necesaria para abrazar nuestras contradicciones.
Desde este rincón de Las brujas que Salem, la declaramos lectura obligatoria.










