Fue el emblema de la lucha contra la violencia de género en La Plata. Logró una condena histórica de 37 años para su captor, se recibió de abogada para ayudar a otras mujeres, pero terminó sus días desamparada por el mismo sistema que debió protegerla.
Vanessa Rial falleció a los 50 años en el Policlínico San Martín de La Plata, tras sufrir un accidente cerebrovascular (ACV) derivado de una neumonía bilateral. Su muerte no es solo una tragedia médica; es el desenlace de años de abandono institucional, vulneraciones extremas y una desprotección estatal crónica que la empujó a vivir y morir en la indigencia.
El horror que marcó su vida
En 2013, la vida de Vanessa se convirtió en una pesadilla pública. Durante dos meses, permaneció secuestrada, drogada y sometida a brutales torturas físicas y psicológicas por parte del DJ Jorge Martínez Poch. El caso conmovió al país y desnudó el perverso perfil de un psicópata que también había abusado de sus propias hijas.
En 2016, la justicia platense dictó una condena ejemplar de 37 años de prisión para el agresor. Vanessa parecía haber ganado la batalla más difícil. Se recibió de abogada, comenzó a trabajar en la Municipalidad de La Plata y se transformó en un faro de resiliencia, asesorando a otras víctimas para que no pasaran por lo mismo.
Las secuelas invisibles y el derrumbe económica
Sin embargo, las sentencias judiciales no borran los traumas. Debajo de la fachada de la «sobreviviente fuerte», Vanessa arrastraba severas secuelas psicológicas y de salud física que el tiempo no lograba sanar. El estrés postraumático y el desgaste emocional terminaron minando su capacidad para sostener una vida laboral y económica estable.
En los últimos años, el sistema judicial y asistencial que la utilizó como bandera contra el machismo le soltó la mano. Vanessa perdió su estabilidad económica y habitacional. Pasó de ser una profesional respetada a deambular por paradores municipales, pensiones precarias y situaciones de extrema vulnerabilidad. La mujer que había escapado de un búnker de tortura terminó atrapada en la trampa de la miseria urbana.
Un Estado ausente que mira para otro lado
La muerte de Vanessa Rial expone la falencia más grave de las políticas de género actuales: la falta de un acompañamiento integral a largo plazo. El Estado suele reaccionar ante la emergencia del rescate y la foto del juicio, pero desaparece en la post-emergencia.
Organizaciones sociales y allegados denunciaron con dolor el desamparo absoluto que sufrió en el tramo final de su vida. Vanessa no murió solo por las complicaciones de una neumonía; murió por el frío de la indiferencia institucional y el peso de las secuelas de un horror que nunca recibió el tratamiento ni el sostén que merecía. Su historia queda hoy como un doloroso recordatorio de que, para el Estado, a veces la justicia penal es solo un trámite, mientras que la reparación humana sigue siendo una deuda pendiente.







