La iniciativa parlamentaria y la «Guía Ema» buscan transformar las escuelas en espacios de protección digital. Especialistas advierten que la difusión no consentida de imágenes íntimas es una forma de violencia machista que disciplina los cuerpos de las jóvenes.
La violencia machista encontró en las pantallas un nuevo territorio de impunidad, pero también de resistencia.
En el Congreso de la Nación y en la Legislatura de la Provincia de Buenos Aires, se presentó formalmente el proyecto de «Ley Ema».
La iniciativa busca crear el Programa Nacional de Prevención y Abordaje Integral de la Violencia Digital en Ámbitos Educativos.
El proyecto lleva el nombre de Ema Bondaruk, la adolescente de 15 años que se suicidó en agosto de 2024 tras sufrir la viralización no consentida de fotos íntimas en su entorno escolar.
El texto fue impulsado por Laura Sánchez, madre de Ema, junto a la diputada Mónica Macha y la activista mexicana Olimpia Coral Melo.
El proyecto no es un hecho aislado. Expone una matriz de violencia de género digital que afecta de forma desproporcionada a las mujeres y disidencias desde la adolescencia.
El sesgo de género en la humillación digital
La violencia digital no es neutral. Diversos informes de organizaciones civiles como Faro Digital y Gentic demuestran que, si bien el asedio virtual afecta a toda la comunidad escolar, las principales víctimas de la difusión no consentida de material íntimo son las mujeres jóvenes.
La socióloga y especialista en entornos digitales, María Laura González, explica el fenómeno: «Existe una doble vara social. Cuando se viraliza una imagen, el varón suele recibir la validación de sus pares, reforzando su masculinidad. Para la mujer, el castigo social es la humillación, el señalamiento y el juicio sobre su moral y su cuerpo. Esto no es solo tecnología; es violencia de género utilizando la velocidad del algoritmo como herramienta de disciplinamiento».
Este hostigamiento sistemático destruye la salud mental de las adolescentes. Provoca el aislamiento y la deserción escolar.
En casos extremos, las empuja a consecuencias fatales ante la falta de una red de contención institucional que comprenda la dimensión del daño.
Las escuelas como espacios de reparación y prevención
La Ley Ema apunta directamente al corazón del sistema educativo, obligando a transformar las currículas escolares.
Los ejes centrales de la propuesta abarcan:
Educación en Consentimiento Digital: Enseñar que el consentimiento otorgado en el ámbito privado para registrar una imagen no otorga derecho a su difusión con terceros.
Ciudadanía Digital con Perspectiva de Género: Desarmar la complicidad de los grupos de mensajería (como WhatsApp o Telegram) formados mayoritariamente por varones, donde se consumen y reenvían estos contenidos.
Protocolos de Actuación sin Revictimización: Brindar herramientas urgentes a los docentes para frenar el acoso en las aulas sin juzgar a la alumna afectada.
La «Guía Ema»: El manual de urgencia para las aulas
A la par del debate legislativo, se presentó la «Guía Ema», desarrollada en conjunto con la Universidad Nacional de General Sarmiento. Este material pedagógico funciona como una caja de herramientas para que directivos y profesores sepan cómo intervenir de inmediato ante una vulneración de la intimidad.
La guía desplaza el foco de atención: deja de responsabilizar a la víctima por haberse tomado la fotografía y apunta hacia el agresor que la difundió y a la cadena de complicidades que la viralizó.
La sanción de la Ley Ema se presenta como un paso urgente para que el sistema educativo deje de mirar hacia el costado.
Se busca que las escuelas asuman que lo virtual es real y que la protección de las adolescentes en internet es, fundamentalmente, una cuestión de derechos humanos.








