En una entrevista profunda con Las Brujas que Salem, la escritora Lala Sosa presentó su nueva novela En Cuna de Brujas (Planeta). Un thriller que fusiona el policial con lo esotérico para desarmar la impunidad, el amarillismo mediático y el poder doméstico de las mujeres que el patriarcado no puede regular.
En un contexto hostil para la cultura y el pensamiento crítico, la escritora Lala Sosa conversó con Las Brujas que Salem para presentar su segundo libro, En Cuna de Brujas (Editorial Planeta). La obra se sumerge en el género policial fusionado con el esoterismo de barrio, pero funciona, ante todo, como un potente artefacto de denuncia social. Sus capítulos llevan exclusivamente nombres de mujeres; son ellas quienes, ante la ausencia del Estado y de la justicia, se ven obligadas a construir redes para desentrañar un femicidio camuflado.
Durante una extensa charla, la autora utilizó la trama de su ficción para analizar la crudeza de los medios de comunicación, el peso de los estigmas familiares y la alarmante regresión de derechos que atraviesan las mujeres a nivel global.
El boliche, la dosis y la culpa
La novela arranca con la muerte de Violeta, una joven de 18 años que vendía contenido erótico y fallece en un boliche a causa de una sobredosis. La trama se convierte rápidamente en una carrera por desentrañar complicidades judiciales e intereses de clase en un caso que se vuelve masivo.
«Empecé a escribir la novela hace siete años, tuvo interrupciones en el medio y creí que iba a estar un poco desactualizada para cuando saliera, creí que el mundo iba a ser un poquito distinto y resulta que no», confesó Sosa sobre el proceso de escritura. El impacto de la realidad la sorprendió pocas semanas antes del lanzamiento: «Resulta que hace un mes, un mes y algo, descubrimos que hay 60 millones de hombres mirando cómo drogar a sus mujeres para violarlas o abusarlas».
«Toda la trama trata justamente de ver si los chicos son responsables o no, los chicos que estaban con esta chica en el boliche, si son responsables o no de esa muerte».
Frente a este escenario, la autora buscó problematizar la violencia machista y el tratamiento que recibe la víctima, corriendo el eje de los lugares comunes: «Sí, traté de problematizarlo. Problematizarlo sobre todo no solo desde la duda de los medios, porque ya sabemos que siempre toman partido y ya sabemos cuál es el amarillismo que tiñe las notas, sino desde nuestro propio prejuicio cuando miramos a una mujer»
Los estigmas en el seno familiar: «Ella se la buscó»
Uno de los puntos más agudos del relato es que traslada la lupa hacia el entorno más íntimo de las personas: la familia. La autora desarma la estructura de los clanes familiares y cómo estos asignan roles fijos que terminan paralizando la búsqueda de justicia.
«Me pareció interesante problematizarlo dentro de la propia familia», detalló la escritora de manera directa. «Es decir, nosotros todos tenemos un pariente que es medio tacaño, entonces si falta plata o no sé qué ya lo tildamos de tacaño. Bueno, hay una que será bruja y hay otra que será la trola. Y entonces, bueno, si es medio trola entonces se merece tal cosa o es posible que le pase tal cosa, él se la buscó, él estuvo ahí por alguna razón».
Sosa remarcó que este señalamiento no surge únicamente desde las pantallas de televisión o los portales de noticias: «No desde los medios solamente, sino desde el propio seno familiar, como ya también en el clan familiar se ocupa un lugar y ese lugar permite o no que uno luche por la justicia de una mujer. Creo que sobre todo se trabaja eso en la novela: el lugar que ocupamos en el clan y ese rol que se nos adjudica, y que es del cual después es muy difícil salir».
Tejer redes para no caer en la trampa
Frente a una casta judicial impermeable y un acusado poderoso —un actor famoso con llegada a las empresas periodísticas—, los personajes femeninos de la novela —una abogada recién recibida, las tías brujas, la hermana y una periodista intrépida— construyen alianzas. Sin embargo, Sosa advierte que estos lazos conllevan tensiones internas.
«Sí, por supuesto que quise mostrar las dos cosas: cómo tejemos redes para unir y cómo tejemos redes que después terminan siendo una trampa», analizó. El conflicto se encarna en Amanda, la joven abogada que busca despegarse del mandato de su entorno: «Me interesaba que Amanda, que es la abogada… se quiere separar, quiere investigar ella y no quiere que su investigación esté teñida por toda la experiencia que tiene esta mujer, que ya viene con un bagaje y una creencia, y ella quiere armar su propio camino. Pero bueno, finalmente va a tener que armar red porque lo que tiene enfrente es muy grande».
Ese enemigo descomunal es la manipulación mediática de la opinión pública, una dinámica donde la verdad suele quedar en segundo plano. «Una de las tramas para mí importante de este caso era que, como el caso es mediático, estos casos se ganan en los medios», sentenció Sosa. «A esta abogada le queda muy grande el caso porque no tiene esa red detrás y, bueno, su tía periodista es su única red justamente para poder hacer frente a lo que tiene adelante, que es realmente muy, muy grande porque el chico que está esa noche en la que muere Violeta es un actor famoso, por lo cual los medios en teoría están comprados y se tiñe el caso de un amarillismo que bueno, ya conocemos un montón».
La huella dolorosa de la realidad: Los casos de Aldana y Rocío
La ficción de Sosa se nutre de expedientes y heridas reales de la historia reciente argentina. Durante la entrevista, la autora recordó con precisión los casos de Aldana Salama y Rocío Ayelén Artigas, dos muertes marcadas por el consumo y la crueldad del abandono.
«Primero voy a arrancar con Aldana, porque yo la conocí; Aldana fue mi compañera de trabajo en el año 2006 o 2007. En un principio me basé en el caso de ella porque Aldana fallece consumiendo con otros tres chicos», rememoró Lala. «Recuerdo mucho el debate interno y con otras compañeras acerca de lo que podría haber pasado esa noche, como ‘bueno, todas salimos, todas nos drogamos, todas consumimos alcohol, puede ser un accidente’. Ya luego, cuando empezamos a investigar un poco más el caso o a recibir más noticias, nos dimos cuenta de que la habían abandonado en la calle y que habían hecho toda una pantomima para que se creyera que ella había muerto afuera de la casa de los chicos. Dijimos: ‘Bueno, sea cual sea la situación, más allá de que después hubo una pena para estos chicos, el abandono de personas es imperdonable'».
«Sea cual sea la situación… el abandono de personas es imperdonable».
A medida que la escritura avanzaba hacia los márgenes de la noche nocturna, Sosa incorporó elementos de otra causa judicial que dialogaba directamente con su protagonista Violeta: el caso de Rocío Ayelén Artigas, una adolescente de 15 años fallecida en 2016.
«Miré muchos expedientes, fue más a los papeles. El caso de Rocío dialogaba mucho más con el caso de Violeta, que es el caso de la novela», señaló la autora. «Es el caso de una chica que era menor, tenía 15 años, muere en la casa de uno de los… si no recuerdo mal era como un tarjetero, bueno, era gente que trabaja en el boliche y que le ofrecía droga a cambio de sexo. Ella muere de sobredosis y la llevan a plena luz del día, al mediodía, arrastrándola por el piso y la dejan en la puerta del boliche con los zapatos al lado, y desaparece el celular. Esto en Capital Federal».
Para la escritora, la impunidad y frialdad de ese hecho real expone un sesgo social recurrente: «Me parecía tan pornográfica la forma en la que lo han hecho, que justamente pensar esto: ‘Ya no puede pasar, no puede pasar así’. Hay una tendencia a creer que estas cosas pasan o en el conurbano profundo o en un lugar alejado; no, esto pasa en todas partes».

Una corrección política sostenida por el miedo
Al ser interpelada sobre el rol actual del periodismo masivo y si realmente se consolidó la perspectiva de género en las redacciones tras el auge de las movilizaciones feministas, la respuesta de la novelista fue tajante: «Retrocedimos muchísimo. Creo que nunca se avanzó del todo. Creo que nunca existió, ni siquiera en el momento de mayor altura de la ola —podríamos decir esa última ola, cuando estaba la cresta, súper cresta—».
Para Lala, la deconstrucción de los medios tradicionales fue superficial, motivada únicamente por la presión social y el temor a la cancelación. «Internamente, al menos de lo que conozco, era una impostura porque la moda de la ola arrasaba y había que hacerlo», denunció abiertamente.
La autora respaldó su postura revelando una brutal anécdota de los pasillos periodísticos: «Yo llegué a escuchar en la producción de programas de programas muy reconocidos: ‘¿Cuántas violadas tenemos este fin de semana?’. Entonces no creo que se haya avanzado. Creo que en realidad nunca se avanzó en los medios, creo que simplemente había como un freno por temor. Sí, una corrección política hubo en algún momento… pero había temor, miedo al escrache».
«Ese miedo no modificó; ese miedo creo que, por el contrario, generó una respuesta mucho más terrible».
Sosa advirtió que la caída de este freno inhibitorio desató una ola de hostigamiento y violencia digital explícita, tanto en los medios como en la vía pública: «En general hay más violencia en la calle, hay más violencia en los medios, hay más licencia para la violencia podría decir. Hay más permiso para ser violento, para ser agresivo, para mostrar lo peor del ser humano».
Micro-retrocesos globales: «Nos están acorralando»
La escritora alertó sobre cómo este clima de época se materializa en pérdidas concretas de derechos y reformas legislativas regresivas a nivel internacional, advirtiendo que el peligro va más allá de las discusiones discursivas.
«Retrocedemos. Pensemos cuántos años hace, cuántas décadas hace que nosotras podemos cobrar un sueldo… echen un vistazo después», graficó Sosa con preocupación. «En Texas ahora, la semana pasada sacaron una ley hablando de violencias… porque la violencia no es solamente decir cosas sobre una mujer, la violencia es lo que está pasando ahora. Y no hablo solamente de las violaciones que están sucediendo en el Congo o lo que está pasando en Gaza, no; es las cosas que ya tienen como mucha prensa… El retroceso de leyes tan violento en Texas ahora: para que a tu hijo le puedas poner el apellido del padre te tenés que casar. Chicas, ¡hay que volver a casarse!».
«La violencia no es solamente desafortunadamente lo que estamos viendo en el discurso, sino que lo estamos viendo, aparte del discurso, en hechos muy concretos y muy peligrosos que pasan desapercibidos»
La novelista concluyó que estas transformaciones configuran una estrategia de desgaste imperceptible: «Son microacciones, micro-retrocesos que en algún lugar nos están acorralando. Sí, hay un retroceso enorme, enorme».
Brujería y poder: Lo que el patriarcado no puede legislar
Hacia el final del encuentro, la charla se volcó hacia la figura de las «brujas de barrio» que articulan la mística del libro, un concepto históricamente reivindicado por los movimientos feministas.
«Bueno, yo amo a las brujas desde muy chiquita, de hecho me decían bruja cuando tenía 8 o 9 años por el pelo, pero bueno, quedó», relató la autora entre risas. «Y soy como una antropóloga de la brujería. Yo no podría decir que soy bruja, que tengo poderes, pero sí que me interesó toda la vida y, sobre todo, me interesó el poder y la bruja».
Para Sosa, la brujería representa un espacio de resistencia radical inalcanzable para las estructuras de control masculino: «La bruja está por fuera de la legislación del patriarcado. Es un oficio que existe hace miles de años y no está legislado. El patriarcado no puede ingresar a ese universo, como tampoco puede ingresar por ahora al universo del trabajo sexual. Son dos oficios muy antiguos no regulados por los hombres, al menos no de manera legal. Pero sobre todo la bruja es aquella que siempre está en el poder de una manera que el patriarcado no puede tomar».
«Me interesó mucho la figura de la bruja doméstica, la bruja doméstica de barrio»
La escritora explicó cómo construyó el universo místico de sus personajes basándose en la cotidianidad urbana: «Un poco me basé en mi bruja, de quien yo visitaba, mi tarotista, que la veía como una mujer ama de casa que le hacía las milanesas a sus nietos y de repente abría el mazo de cartas y decía cosas que a ambas nos daba temor descubrir… o era capaz de decir cosas que daban temor. Entonces esa ambivalencia entre la abuelita, la mamá, el ‘tengo todas las hierbitas acá y con esas hierbitas te hago un puchero y también te hago otras cosas’… El poder, sobre todo. Y ese poder, que es el poder doméstico, es un poder que está siempre infravalorado; bueno, en las brujas es un poder que ha sido muy temido y que sigue siendo muy temido».
Al cerrar la entrevista, Lala Sosa trazó un paralelismo directo con la cúpula del poder político actual en Argentina, donde el esoterismo abandonó la clandestinidad: «No nos olvidemos de que la hermana del presidente es la tarotista, claro. La bruja y el poder están ya a la vista de todo el mundo; antes se escondían un poco, ahora ya no hace falta. Así que la fascinación viene primero porque me parece que todas tenemos el poder, todas tenemos ese poder pero simplemente no lo desarrollamos. Así como Martha Argerich a los tres años tocaba a Mozart, bueno, hay gente que viene con ese poder más, con esa sutileza o esa conexión más desarrollada. Pero creo que todas tenemos esa posibilidad de conectarnos con lo sutil; nos estamos olvidando y la vida nos va llevando puestas y no lo ejercitamos, y hay gente que ya lo trae de nacimiento y lo ejercita más fácilmente.
Presentación oficial: Coordenadas del encuentro
En Cuna de Brujas ya se encuentra disponible en todas las librerías del país bajo el sello Planeta. La autora confirmó que en los próximos días realizará la presentación oficial abierta al público porteño:

- Lugar: Libros del Pasaje (Palermo, CABA).
- Horario: 18:30 horas.
- Participantes: La escritora será entrevistada en vivo por la prestigiosa periodista Victoria De Masi, mientras que los fragmentos seleccionados de la novela serán leídos por Noemí Frenkel.
- Arte: La portada del libro fue diseñada por la artista Jasmin Marela, un trabajo calificado por Sosa como «una tapa increíble, hermosa, hermosa».
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