Mientras las pantallas del mundo se encienden para celebrar la fiesta del fútbol masculino en el Mundial 2026, los pasillos de la FIFA vuelven a oler a complicidad patriarcal. La selección de Cabo Verde se encamina a disputar un cruce histórico contra Argentina en los 16avos de final, pero la verdadera noticia ocurre fuera de la cancha: su capitán y máxima figura, el delantero Ryan Mendes, jugará el torneo amparado por el silencio institucional y el lavado de manos de la entidad máxima del fútbol, a pesar de arrastrar una denuncia formal por violación.
El caso salió a la luz pública en las últimas horas, pero la inacción no es nueva. Una intérprete de origen brasileño, quien trabajaba en Auckland con la delegación de Cabo Verde durante una gira de amistosos, denunció legalmente haber sido violada por Mendes el pasado 27 de marzo en el hotel de concentración.
Según reveló el medio Globo Esporte, la víctima acudió hace un mes tanto a la Federación Caboverdiana de Fútbol (FCF) como a la propia FIFA exigiendo que el futbolista fuera apartado del certamen. ¿La respuesta inicial? El vacío y el silencio absoluto.
Obligada a dar explicaciones ante el estallido mediático en las vísperas de los playoffs, la FIFA emitió un comunicado oficial que no hace más que ratificar la desprotección histórica que sufren las mujeres en el ámbito deportivo.
El organismo aclaró que «no ha recibido ninguna medida judicial o deportiva que impida la participación» de Ryan Mendes. En términos llanos: si la justicia civil de Nueva Zelanda —donde se tramita la causa penal— no dicta una prisión preventiva internacional, para la corporación del fútbol el jugador está «habilitado deportivamente» para seguir facturando y acumulando aplausos.
En su texto, la institución que preside Gianni Infantino apela al cinismo habitual. Afirman que tratan «con la mayor gravedad cualquier queja de conducta inapropiada» y que mantienen contacto con las autoridades neozelandesas, pero se escudan en la «reserva del proceso» para evitar abrir una investigación disciplinaria interna o dictar una suspensión preventiva.
Este escenario abre, una vez más, la pregunta urgente que el periodismo feminista viene sosteniendo hace años: ¿Cómo es posible que jugadores con denuncias por violencia sexual sigan llegando a los altares del deporte masivo?
La respuesta radica en una estructura que prioriza el valor económico del «activo» (el futbolista estrella) por encima de la dignidad y la reparación de las víctimas. Para la FIFA y las federaciones nacionales, suspender preventivamente a un capitán antes del partido más importante de la historia de su país representa una pérdida de capital deportivo y financiero que no están dispuestos a asumir.
Mendes seguirá vistiendo la cinta de capitán. Cabo Verde jugará su partido. La pelota, nos dirán de nuevo, no se mancha. Pero detrás de los flashes del Mundial 2026, la FIFA vuelve a demostrar que sus discursos sobre «valores» e «igualdad» expiran en cuanto una mujer exige justicia frente a uno de sus intocables.










