La huella mapuche en Buenos Aires: Graciela Huinao y la memoria que resiste desde el fogón

 

 

La 50ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires cerró sus puertas tras una edición histórica, marcada por una fuerte impronta de la literatura trasandina. Bajo el lema “El Año de la Mitología en Chile: eco de las palabras compartidas”, el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, junto a DIRAC y ProChile, desplegaron una delegación enfocada en rescatar la tradición oral, las memorias colectivas y los relatos que configuran su identidad cultural.

En este marco de bibliodiversidad y circulación internacional, destacadas figuras chilenas coparon las salas porteñas. Mientras la reconocida escritora y actriz Nona Fernández integró el ciclo “Diálogos de Escritoras y Escritores de Latinoamérica” —discutiendo sobre militancias y luchas colectivas junto a autores como Horacio Castellanos Moya y Miche Laub—, el programa “La palabra indígena” cobró vida gracias a las voces de los poetas mapuche-williche Bernardo Colipán y Graciela Huinao. La comitiva se completó con proyectos editoriales independientes como Banda Propia (que reunió a Cynthia Rimsky y María Moreno), Dudo Ediciones, Editorial Zig-Zag y autores de la nueva narrativa chilena como Juan Santander y Nicolás Vidal.

Tras su aclamada participación en la mesa de «Poetas del pueblo mapuche», la escritora Graciela Huinao —primera mujer indígena en integrar la Academia Chilena de la Lengua— conversó en exclusiva con el programa radial Las Brujas que Salem.

Entre sus títulos más destacados se encuentran Walinto (2001) —un poemario nodal reeditado en múltiples idiomas—, Hilando en la memoria (2006) y la audaz novela Desde el fogón de una casa de putas (Williche), donde rompe el silencio histórico sobre la explotación de las mujeres indígenas tras la ocupación militar de sus tierras.

En una profunda entrevista, repasó el impacto de sus lecturas en Buenos Aires y los desafíos de escribir desde los márgenes de la historia oficial.

«Fuimos una generación castigada en la lengua»

¿Cómo estás, Graciela? Bienvenida a Las Brujas.

Marimarico Mapuche, buenas tardes por acá, por el sur de Chile con mucho frío pero calor el alma

 ¡Qué lindo que nos digas eso!¿Cómo te recibimos en la Feria del Libro?

Maravillosa. No pensé que iba a ser tan apasionada porque el público escuchó con mucha atención mi poesía, mi relato, y me hicieron saber después de la exposición que ellos también estaban muy conmocionados con mi poesía y con lo que transmiten mis cuentos y novelas. Así que dejé una huella, espero que no se pierda esa huella, y que se abran caminos por ese territorio, también territorio mapuche.

Muy hermosa toda tu escritura tus poesías y especialmente ese libro  

“Desde el fogón de una casa de putas williche” ¿Cómo fue escribirlo y qué desafíos te trajo?

Estas historias estaban disgregadas en el pueblo mapuche, una por acá, otra para allá. De niña las vine escuchando, lo único que hice fue que aunarlas en un prostíbulo, el cual existió, y del cual todavía hay gente que lo recuerda, gente mayor, así como yo. Lo hice para que no se pierda, porque el día de mañana yo voy a morir, y no quiero que estas vidas tan aguerridas queden en el olvido. Estamos hablando de una época a fines de la pacificación de la Araucanía. Estas mujeres desarrollaron la prostitución sin ellas saber ni siquiera el concepto de lo que estaban haciendo. El concepto se lo di yo, y se lo dio después la sociedad, porque en esa época incluso ellas ni siquiera conocían el dinero. Ellas, para sobrevivir, entregaban su cuerpo a cambio de productos; era una forma de subsistir, una forma de que sobrevivieran los hijos también y tener un techo donde tirar los huesos por la noche.

Así que estas mujeres se aunaron después de la guerra contra los chilenos, cuando el Estado las echó a la calle y ellas se refugiaron en la ciudad. Pero en esa época, y todavía, en esta sociedad muy racista, clasista y arribista también, para ellas no había un cupo dentro de esta sociedad. Y una de ellas, de la que hizo de regenta, había ido a Santiago por circunstancias terribles de la vida, porque fue vendida, y ahí conoció la prostitución. Ella hizo el retorno y puso un prostíbulo como una forma de salir de la pobreza, y lo logró, porque fue un lugar que tuvo mucho éxito. Allí la clientela era pura gente originaria, pura gente del pueblo mapuche; no existió otro cliente que no sea del mismo pueblo. Ellas, al fin y al cabo, sabían y se daban cuenta de que lo que estaban haciendo no estaba bien visto ni dentro de la sociedad mapuche ni de la sociedad mayoritaria; pero lograron sobrevivir, lograron que sus hijos vivieran, comieran todas las noches, y fue una forma de vivir. Como digo, es un recuerdo todavía que queda en la memoria.

Que importante que haya quedado registro de esto. ¿Eso es lo que más te importa? ¿Qué esas historias que te contaron tus ancestras y ancestros no se pierdan, sigan vivas?

Si, claro.  Cuando yo me puse a investigar —por cinco años estuve investigando el libro, que es más o menos la data que yo ocupo en investigación para publicar— me encontré con que ninguna mujer había escrito una novela o un cuento sobre la prostitución.

Entonces fui a la Biblioteca Nacional de Santiago y busqué cuántas mujeres habían escrito novelas o ensayos al respecto: me salieron como dos o tres en esa época, aunque hoy día ya sé que hay más.

De ahí dije «voy a poner hombres», y salió una lista infinita de varones que habían escrito sobre la prostitución y sobre la mujer. Sobre la prostitución indígena había un solo poema, pero así medio tibio, era un poema y nadie más.

Ahí yo dije: «Hoy me estoy metiendo en las patas de los caballos, porque voy a ser la primera mujer que va a escribir una novela sobre la prostitución, y más encima en un pueblo originario, como el pueblo Mapuche». Entonces fue un desafío, no fue fácil. Yo incluso, al recordar estas vidas que eran tan terribles, lloraba con mi personaje, reía con mi personaje, porque también hay mucha picardía. La nostalgia llegaba a mí, y a veces en la noche despertaba y algo en mi mente me hablaba; no sé si lo soñaba, pero el párrafo que me faltaba lo anotaba, seguía durmiendo y al otro día lo pasaba al computador.

Por eso digo que esta novela no la hice yo sola, la hicimos a medias con mis chicas. Yo le digo a «mis chicas». La hicimos a medias, porque si yo no hubiera sentido espiritualmente ese empuje, yo creo que hubiera retrocedido, hubiera reculado y no hubiera publicado esta novela.

Al principio no fue muy bien recibida, tanto en el pueblo Mapuche como en el pueblo chileno, pero hoy día es todo un éxito. No solamente las mujeres del pueblo Mapuche cuando leen esta novela me escriben y me dicen lo que ellas sintieron al leerla, la fuerza de cada mujer para seguir caminando en una sociedad en la cual la religión estaba en su máximo apogeo y era completamente discriminadora con las mujeres mapuche. Así que yo amo a mis chicas, yo las quiero, las diseñé como ellas me lo dijeron. Yo digo: «Ellas me entregaron el hilo, así que por eso las fui tejiendo como ellas me iban diciendo». Cada una de ellas tiene un personaje importante acá; no es que haya un personaje principal, sino que todas ellas son el personaje principal, y yo solamente estoy detrás de ellas mirándolas cómo se desempeñan en esta sociedad.

En este camino de recuperar historias también quisiste recuperar tu idioma porque es sabido que muchos padres no les enseñan el idioma a sus hijos para que no sean discriminados en el futuro…

Claro, te voy a poner un ejemplo: cuando llega acá un norteamericano hablando el español, o el castellano, lo habla a media lengua y la gente dice: «¡Oh, qué bonito que habla él, le cuesta!», y lo aplaude porque hace el esfuerzo de hablarlo, con todas las trancas que él trae también allá en la lengua para desarrollarse. Lo encuentran bonito. Pero cuando va un campesino al pueblo, cuando va un campesino a Santiago, un mapuche que ha vivido toda su vida en la cordillera y tiene el mismo problema de hablar a media lengua el español, el castellano… «¡Oh, qué feo! ¡Qué bruto! ¡Qué feo!».

Entonces, hace 100 años y ahora, no es mucho lo que ha cambiado, porque tenemos las mismas trancas, tenemos los mismos problemas y tenemos que nosotros seguir luchando.

Una de las atrocidades más grandes que hace una invasión es cortarle la lengua a un pueblo; así nos ocurrió al pueblo mapuche.

Yo hablo en general, porque el pueblo mapuche es bioceánico, entonces, no ocurre solamente de este lado, sino que también del lado de acá. Mi padre habló el mapusungún, el chesungún, hasta los 12 años. Entró a un colegio y le golpearon, porque tenía que hablar las «lenguas del cielo» y tenía que olvidarse de la «lengua del demonio». Él nunca nos castigó a nosotros, pero no quiso que nosotros pasemos ese flagelo y no nos enseñó. Nosotros somos una generación castigada en la lengua.

Después de grande uno la aprende. Yo, por mi trabajo, tuve que aprenderla; la estudié 6 años con una gran profesora, pero lamentablemente ella estaba en Santiago, ella era picunche del norte y hablaba el mapusungún, y en mi región se habla el chesungún.

Entonces yo, cuando voy a recitar y lo voy a hacer en mi lengua, tengo que pedir disculpas. Tengo que decirle a mi gente que yo lo aprendí, pero lo aprendí allá en Santiago, lo aprendí en el norte. Si bien es cierto que entiendo el mapusungún y el chesungún, estoy igual que como dije anteriormente: como ese gringo que lo habla a media lengua.

Tengo el recuerdo de mi abuela, tengo el sonido de la lengua de mi abuela y así trato de imitarlo, pero no me va a salir nunca tan original como lo hablaba ella. Fuimos una generación desafortunadamente trabada de la lengua, pero los que hemos tenido un poco más de conciencia hemos podido tomar esas palabras y poderlas graficar para que tampoco esos sonidos se pierdan con el tiempo y se queden para las futuras generaciones.

Sé que hoy hay un nuevo despertar y están ávidas de conocer no solamente la lengua, sino la religiosidad y principalmente la historia del pueblo mapuche.

Es una historia paralela a la historia del pueblo chileno y nunca se han juntado. Creo yo que tampoco voy a ver que se crucen en alguna esquina: vamos a seguir siendo mapuches y vamos a seguir siendo chilenos.

La diferencia grande y la aberración es que yo soy chilena y tengo que ser mapuche, pero el chileno es chileno y jamás lo van a obligar a ser mapuche. Esa es la diferencia.

Sí, es cierto Graciela. Y algunos de tus libros están traducidos a la lengua mapuche también, ¿no?

Walinto, por ejemplo, está en tres lenguas: está en inglés, en español y en mapuzungún. Siempre leo de este libro. Y mi último libro también, que son relatos, es para los niños («Külliñ Epeu. Cuentos de animales»). Dentro de mis capacidades literarias me di cuenta de que el mundo pequeño de los niños también tiene una capacidad para entrar en lo literario. Antiguamente los niños eran los portadores de estos juegos, de las tradiciones, de estos cuentos de animales. En este libro no hay personajes hombres o mujeres, son los animales los personajes, son los que hablan. Imagínense un león hablando sobre lo que le ocurre en el encuentro con un ser humano: ¿quién de los dos es la bestia? Si uno se pone a pensar.

Y ya lo sabemos nosotros somos la bestia

 Obvio que sí. Entonces los niños de los campos, los niños mapuches saben eso, pero lamentablemente a los niños de los pueblos les pasan otra educación. Les enseñan que el león, el puma —nosotros al puma le decimos león acá en el sur— es el malo, que el puma es el carnívoro, que el puma debería morirse… es decir, toda la negatividad se la arrojamos a este animalito, cuando lo único que nosotros hacemos es invadirle su territorio. Así que estuve pensando en eso, no solamente en los mayores, sino que también en los niños. Y también aquí en este lado me ha ido muy bien; en la Feria del Libro, en el stand chileno, se vendieron todos, no quedó ninguno. Yo llegué una semana antes de que terminara la feria y ese día se vendió el último.

¡Un éxito! ¿Es tu primera vez en la Feria del Libro y en el país?

Si, espero que sea la primera de muchas en la Feria En Argentina sí estuve  en el sur de Argentina, que he ido varias veces, pero a la capital era mi primera vez. También he estado en el norte en un encuentro literario que hace un importante poeta, Marcelo Moreira, en las Cataratas de Iguazú. He estado en Córdoba y en Rosario, pero es mi primera vez acá en Buenos Aires, y espero que no sea la última porque ya empezamos a conversar e incluso estuve en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires.

La feria y estos encuentro  permiten hacer lazos para potenciar y multiplicar todo lo que escribís así que te deseamos que se conozcan todas tus historias más allá de cualquier frontera

Claro, claro que sí. En eso nos parecemos mucho. Y no solamente el pueblo mapuche ha sufrido esta división: los pueblos del norte, los Aymara, Bolivia, Perú, Argentina y Chile, se los disputan ahí como en una mesa de billar.

Graciela, hablas de «robo cultural y territorial», ¿cómo es eso en Chile en particular y en el resto de América Latina?

En Chile yo creo que el mapuche es el único pueblo que está militarizado. Está militarizado desde hace muchos años, en el cual uno sale al patio y se encuentra con un uniformado con un rifle. Los ancianos y los niños ya, lamentablemente lo que voy a decir, pero es para ellos un panorama diario y ojalá que no se acostumbren a esa vida, porque esa no es vida. Lamentablemente son niños que van a ser marcados a través de toda su vida, porque no van a olvidar jamás que estén comiendo adentro de su casa y por afuera, por la ventana, pase una patrulla. Esas son cosas que desde afuera se ven, pero no se comentan aquí en Chile, porque somos nosotros, los mapuches, los que tenemos que estar hablando de esta militarización. Por eso teníamos que levantar la voz, y yo por eso tomé la palabra…

 

El fenómeno de las aulas sin fronteras y el «Sold Out» de Huinao

El rotundo éxito de Graciela Huinao en la Feria del Libro porteña —donde su último libro de relatos infantiles agotó la totalidad de sus ejemplares disponibles una semana antes del cierre— devela un viraje de consumo en la industria editorial de la región.

El fenómeno de ventas responde a un doble mérito estético y pedagógico que interpela directamente a las nuevas infancias urbanas.

Inversión de las narrativas tradicionales: Frente a las fábulas coloniales anglosajonas o europeas donde el depredador americano es villanizado, la literatura infantil de Huinao propone un retorno a la cosmogonía indígena. Al situar al puma (el «león del sur») no como una amenaza carnívora destructiva sino como un habitante despojado de su ecosistema, la autora propone a los niños una pregunta ética decolonial: ¿Quién es la verdadera bestia cuando invadimos el territorio silvestre?

Apetito por la literatura multilingüe: El interés del público bonaerense por obras editadas en formatos trilingües (mapuzungún-español-inglés) da cuenta de una creciente demanda educativa. Tanto docentes como familias buscan materiales que incorpelas las raíces indígenas latinoamericanas de manera viva y no como piezas arqueológicas de museo.

La red de edición independiente: La circulación de estas obras en ferias internacionales demuestra el rol clave que juegan las políticas de bibliodiversidad financiadas por organismos culturales regionales.

La articulación institucional permitió que voces tradicionalmente silenciadas o encasilladas en el circuito folclórico local compitieran con éxito de ventas en el principal polo librero de Sudamérica.

 

Escuchá la entrevista completa en Radio Trinchera

 

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