Un monitoreo territorial de Libres del Sur e ISEPCI revela el impacto del ajuste en Buenos Aires. El 86% de los hogares sufre estrés económico mensual.

Las mujeres y disidencias, principales gestoras del cuidado y los malabares domésticos, son quienes más recortan sus propias porciones para que coman sus hijos.

Tener un recibo de sueldo en la provincia de Buenos Aires ya no garantiza tener el plato lleno. El último monitoreo sobre la situación económica de las familias, que será presentado mañana en la ciudad de La Plata por la referente de Libres del Sur, Silvia Saravia, desarma el viejo mito de que la pobreza es exclusiva de los sectores desocupados.

El informe de mayo de 2026 enciende alarmas inéditas: el 80% de los hogares bonaerenses padece inseguridad alimentaria general, una realidad que trepa al 60% incluso en casas con empleo formal y registrado.
El estudio, basado en 1.301 encuestas personales en 30 distritos del Conurbano y el interior provincial, expone una crisis con rostro mayoritariamente femenino.
Al ser las mujeres quienes históricamente sostienen la gestión comunitaria de los comedores (el 20% de las familias necesita de este auxilio) y la administración de la escasez en el hogar, el estrés financiero del 86% mensual impacta directamente en sus cuerpos y dinámicas de cuidado.

El «impuesto» al cuidado: endeudarse para comer
La mitad de las familias de la provincia compran su comida con deudas, utilizando el fiado en el almacén de barrio (16%) o estirando el límite de la tarjeta de crédito (14%). Sin embargo, la estrategia de supervivencia tiene un límite físico. El 43% de las encuestadas afirmó que las deudas acumuladas ya les impiden comprar los alimentos mínimos necesarios.

La perspectiva de género de esta crisis se hace visible en las estrategias de privación. Cuando el dinero falta, surge la «supresión de comidas», una realidad que afecta al 66% de los hogares. En la división social del sacrificio, son las madres y adultas a cargo quienes primero saltean el desayuno o la cena para que la porción de los niños, niñas y adolescentes sufra menos.
Aun así, el esfuerzo no alcanza: en el 79% de los hogares con menores, las infancias ya perdieron el acceso a una alimentación saludable, adecuada y variada.

La caída del salario formal
El dato político más duro del informe elaborado por el instituto ISEPCI radica en la transversalidad del impacto económico según el sostén del hogar:
Desocupados: El 89% sufre de inseguridad alimentaria.
Informales y changarines: El 81% vive al día y restringe su alimentación.
Jubilados/as: El 78% no llega a cubrir las cuatro comidas diarias con sus haberes.
Trabajadores registrados: El 60% se ve obligado a achicar las porciones (70% a nivel general).

Evidencias contra el relato oficial
«Nuestros platos están cada vez más vacíos y sin nutrientes esenciales», aseguran desde el espacio político.
Desde Libres del Sur destacan que el monitoreo, realizado bajo la metodología de Investigación-Acción-Participativa por las propias vecinas en el territorio, busca contraponer datos reales a las políticas de desposesión de derechos del gobierno de Javier Milei.
El informe concluye que el ajuste económico no es neutral: se financia con la precarización de la vida de las mujeres, quienes hoy no solo administran la falta de ingresos, sino que asumen el costo emocional y físico de una deuda doméstica que, literalmente, se está comiendo los alimentos de las familias.

El costo invisible: la heladera como termómetro del ajuste
Cuando el gobierno de Javier Milei celebra el «déficit cero» y la reducción de la inflación en los gráficos oficiales, en la realidad bonaerense el costo se paga en la mesa. Las medidas económicas de desregulación de precios, los aumentos desmedidos en las tarifas de servicios públicos y el congelamiento indirecto de los ingresos pulverizaron la capacidad de compra de las familias.
Hoy, el éxito macroeconómico del que habla el gobierno nacional se sostiene sobre heladeras vacías.
El impacto de estas políticas se mide en la pérdida de pequeños rituales cotidianos que hacen a la dignidad del hogar. La crisis actual obligó a cambiar el asado del domingo por un guiso estirado con agua; el postre de los chicos por un té con pan; y la compra mensual en el supermercado por el goteo diario en el almacén, rogando que el comerciante no cierre el cuaderno de fiado.
La libertad económica pregonada se traduce, en el Conurbano y el interior provincial, en la libertad de elegir qué comida saltearse para poder pagar la boleta de luz o el gas.
El futuro hipotecado en un paquete de polenta»
“Nuestros platos están cada vez más vacíos y sin nutrientes esenciales imprescindibles para que niños, niñas y adolescentes crezcan saludables», advierten los responsables del monitoreo.
La privación de lácteos, carnes y verduras frescas (que ya afecta al 77% de los hogares) no es solo un dato estadístico del mes de mayo; es un daño irreversible en el desarrollo de las infancias que asisten a la escuela con la panza haciendo ruido.
El monitoreo de Libres del Sur e ISEPCI funciona como un espejo incómodo para el relato oficial. Mientras el manual de la macroeconomía festeja el equilibrio fiscal, la Investigación-Acción-Participativa demuestra que las deudas se están comiendo la comida. Al final del día, el verdadero rostro del ajuste no está en las planillas de Excel del Ministerio de Economía, sino en la mirada de miles de madres bonaerenses que cierran las puertas de sus alacenas vacías sabiendo que, mañana, volverá a faltar el pan.








