(Fuente Periódicas.com.ar)
La empresa Lácteos Verónica atraviesa una profunda crisis: meses sin cobrar, plantas paralizadas y más de 700 puestos de trabajo en riesgo. Ante la falta de respuestas las mujeres de los trabajadores se organizaron y se convirtieron en un sostén clave de la lucha a través de la visibilización del conflicto y el acompañamiento a las familias afectadas.
Después de 20 años trabajando en una empresa de un día para el otro dejan de pagarte sin dar ninguna explicación. Seguís cumpliendo tus horarios, pero ya no hay tareas para realizar: faltan insumos, no entran pedidos y los jefes desaparecen. Ya no te alcanza para mantener a tu familia porque hace meses que no te depositan el sueldo.
Ante el riesgo de que la empresa cierre sin previo aviso la única opción es organizar un acampe para resguardar el lugar de trabajo. Cumplís las ocho horas laborales y luego te organizás con tus compañeros para sostener las guardias del acampe. En ese contexto, la incertidumbre pesa tanto como la necesidad. ¿Dónde están los dueños? ¿Dónde está el Estado? ¿Quién va a defender los derechos de los trabajadores? ¿Qué fuerzas quedan para mantener el reclamo cuando ves caer el trabajo que te sostenía? ¿No habíamos dicho que el trabajo dignifica?
Esta es la realidad de cientos de trabajadores de Lácteos Verónica, una histórica empresa fundada en 1923 y que tiene sedes en Lehmann, Suardi y Clason.
Los empleados van a la empresa, fichan, permanecen ocho horas sin tareas y se retiran. Afuera, carpas improvisadas, mates que circulan, vecinos y vecinas que acercan algo para comer.
La organización desde abajo: mujeres que sostienen la lucha
En ese contexto, algunas empleadas y las novias y esposas de los trabajadores empezaron a organizarse para ponerle el cuerpo a la lucha. Las unían conversaciones dispersas, preguntas sin respuesta y la necesidad de hacer algo.
En diálogo con Periódicas, Florencia, esposa de uno de los trabajadores de la planta de Lehmann, relata:
“Nos encontramos para ayudar a nuestros maridos, porque hay todo un desgaste psicológico por detrás de esta maniobra que la patronal está llevando adelante, con el objetivo de que los empleados se cansen y se vayan. Entonces, como forma de apoyarlos, de manifestar y de dar a conocer lo que está pasando, las mujeres nos empezamos a reunir. Vamos al acampe, los acompañamos, hablamos con distintos funcionarios y damos notas a los medios para visibilizar este reclamo y que intervengan autoridades a nivel provincial o nacional. Para que la familia Espiñeira, propietaria de Verónica, nos dé una respuesta y termine esta agonía eterna que nos está destruyendo psicológicamente”.
Hoy el grupo está conformado por 55 mujeres de Lehmann, Rafaela, Suardi y Totoras. Algunas también trabajan en la empresa. “Hace un año que somos rehenes de esta gente porque no podemos proyectar nuestras vidas, no podemos organizar nuestros gastos, no sabemos qué va a pasar el mes que viene”, agrega Florencia.
Un impacto que atraviesa generaciones y comunidades
La mayoría de los empleados de Lácteos Verónica tiene más de 50 años, lo que dificulta aún más su reinserción laboral en caso de perder el trabajo. Hay trabajadores con hasta 40 años de antigüedad.
Muchos cumplen sus horas sin cobrar ni tener tareas asignadas y luego realizan changas para poder sostener el día a día. En numerosos casos, el salario de Verónica es el único ingreso familiar.
Más de 700 puestos de trabajo están en riesgo directo y comunidades enteras dependen económicamente de esta actividad. En Lehmann, por ejemplo, 60 de los 123 trabajadores de la planta son del pueblo.
“Es una rueda completa la que se detiene. Es un pueblo el que muere como consecuencia de esto”, señala Florencia.
Una crisis que lleva años gestándose
El conflicto de Lácteos Verónica es el resultado de un proceso de desgaste prolongado. En 2017, la empresa solicitó un procedimiento preventivo de crisis que fue aprobado. En ese momento, algunos trabajadores cobraban parte de sus salarios mediante programas estatales y otros eran trasladados entre plantas para sostener la producción. La crisis, según se indicaba entonces, era coyuntural.
Con el paso de los años, se volvió habitual el pago de sueldos en cuotas, mientras proveedores y tamberos cobraban cada vez con mayor demora. La cadena productiva comenzó a resquebrajarse lentamente.
Durante la pandemia, la actividad, considerada esencial, registró altos niveles de producción. “Les entraba aproximadamente un millón de litros por día”, recuerdan. Hubo producción, ventas e ingresos, y por un tiempo pareció que la crisis había quedado atrás.
El quiebre: salarios impagos y producción detenida
El punto de inflexión se produjo en mayo del año pasado. “Desde hace más de un año se interrumpieron de manera unilateral los pagos a trabajadores, productores tamberos y proveedores, provocando un quiebre profundo en toda la cadena productiva”, expresaron las familias en un documento que circula como denuncia.
En septiembre de 2025, un paro de 15 días derivó en la intervención del gobierno provincial y en la apertura de una instancia de negociación. Como salida transitoria surgió el trabajo a fasón: otras empresas utilizaban la capacidad instalada de Verónica, especialmente el secador de leche en polvo de la planta de Lehmann, para procesar su producción, lo que permitía pagar salarios en cuotas semanales.
“El esquema tenía un objetivo concreto: ganar tiempo para construir una solución estructural. Ese tiempo fue otorgado. Pero una vez finalizado el período acordado, no se resolvió absolutamente nada”, señalaron en el documento. El 8 de enero, el acuerdo terminó, dejó de ingresar leche y las plantas se apagaron.
Deudas millonarias y derechos vulnerados
En febrero, los depósitos parciales del sueldo fueron casi una provocación: 20 mil pesos, 17 mil, 21 mil. “Montos absolutamente insuficientes frente a la gravedad del contexto, que las familias consideramos una burla ante esta situación desesperante”. Hoy, los trabajadores llevan meses sin cobrar.
Mientras tanto, las deudas se acumulan. Aguinaldos impagos, aportes no realizados, cuotas alimentarias retenidas pero no transferidas. De hecho, la cobertura de salud de los trabajadores sólo se mantiene gracias al sostenimiento del gremio, que continúa garantizando la atención a pesar del incumplimiento patronal. Esto constituye una vulneración sistemática y muy grave de derechos laborales básicos.
“En números gruesos, porque nadie sabe a ciencia cierta, yo creo que ni ellos, hay una deuda de 60 millones de dólares a productores, más de 4.000 cheques rechazados a proveedores y entre tres y cuatro meses de salario adeudado a los empleados”, indicó Florencia.
Protestas, denuncias y ausencia empresarial
Las primeras medidas de fuerza comenzaron en febrero con una manifestación frente a la planta de Lehmann. A partir de allí se consolidó la organización de familiares, inicialmente articulada a través de grupos de WhatsApp.
Las protestas incluyeron movilizaciones, cortes parciales de ruta y reuniones con funcionarios. Una de las convocatorias más importantes contó con el acompañamiento de la Asociación de Trabajadores de la Industria Lechera de la República Argentina (Atilra), que además inició acciones legales.
El sindicato presentó una denuncia por lockout patronal y vaciamiento. “Mientras hay una deuda millonaria y salarios sin pagar, los depósitos están vacíos. Esa mercadería se produjo y se vendió”, sostuvo Florencia.
El conflicto se agravó en marzo, cuando la empresa envió telegramas informando la reducción de la jornada laboral a cuatro horas, con la consecuente disminución salarial, sin un procedimiento preventivo de crisis aprobado.
“Ese trámite había sido solicitado el año pasado y fue rechazado por presentar números positivos. Sin embargo, ahora aplicaron esta medida de forma intempestiva”, explicó Florencia. Los telegramas fueron rechazados masivamente por los trabajadores.
Poco después, empleados de depósitos en Boulogne y Mar del Plata denunciaron que no pudieron ingresar a sus lugares de trabajo, ya que habían sido cerrados con candados.

El acampe y una espera sin respuestas
A principios de marzo, ante el temor de nuevos cierres, las y los trabajadores iniciaron un acampe en las plantas de Lehmann y Totoras, que continúa hasta hoy. La medida se sostiene gracias a la solidaridad vecinal, redes familiares y la organización comunitaria.
Actualmente, el conflicto se encuentra en instancia nacional, con audiencias en el Ministerio de Capital Humano. Participan representantes gremiales y apoderados de la empresa, pero los propietarios (la familia Espiñeira) no han asistido.
“Hace más de un año que no tenemos noticias de ellos. Exigimos que den la cara, porque son quienes deben decidir el futuro de la empresa”, reclamó Florencia.
El principal pedido de trabajadores y familias es obtener certezas: si la empresa será vendida, si irá a la quiebra, si se pagarán indemnizaciones o si existe la posibilidad de incorporar nuevos socios.
Sin embargo, hasta el momento no hay respuestas. “Nos sentimos desamparados. El único comunicado formal que recibimos fue ese telegrama abrupto que redujo la jornada laboral. No hay explicaciones, no hay diálogo, no hay nada”, afirmó.
Según indicó Florencia, existirían posibles salidas: “Sabemos que hay compradores y empresas dispuestas a invertir y a adquirir Lácteos Verónica para darle una salida al problema. Son plantas modernas, que podrían ponerse en funcionamiento rápidamente si vuelve a ingresar leche. Pero no hay respuesta por parte de los propietarios. Eso es lo que no entendemos”.
Una comunidad que cuida y acompaña
La conducción empresarial continúa ausente en medio de una crisis que arrastra millones de dólares en deudas, miles de cheques rechazados y una cadena productiva paralizada.
“Lo que hoy está en juego no es sólo el futuro de una empresa. Está en riesgo la supervivencia económica y social de múltiples comunidades”, advierte el documento elaborado por las familias.
En el acampe, al caer la tarde, alguien acerca un bizcochuelo. Otra persona llega con un termo. Se habla de audiencias, de rumores, de lo que puede pasar. También de lo que ya se perdió. Florencia rescata, en medio del conflicto, un punto de apoyo: “Lo positivo es que hay un grupo humano muy fuerte, una comunidad que se ha unido en esta lucha”.
La comunidad pide que la empresa continúe funcionando, que los trabajadores y trabajadoras recuperen sus puestos y sus salarios, y que la rueda vuelva a girar.









