Mientras la provincia de Córdoba se encendía en una feroz pueblada por el crimen de Agostina Vega, a más de mil kilómetros de distancia el horror repetía su libreto en el litoral, bajo un silencio mediático ensordecedor.
El cuerpo de Dulce María Beatriz Candia, una adolescente de 17 años, fue hallado en el fondo de una cámara séptica dentro de una obra en construcción abandonada en el barrio El Tucán.
El hallazgo ocurrió luego de que un vecino alertara a la policía por los olores nauseabundos que emanaban del predio invadido por las malezas.
El caso guarda alarmantes simetrías estructurales con el de Córdoba, pero desnuda una realidad idéntica: la periferia geográfica y social condena a las víctimas de crímenes graves a una profunda invisibilidad en las pantallas de los grandes medios nacionales.
Las claves del caso: Doce días de misterio en una obra abandonada
Dulce Candia fue vista por última vez el pasado 17 de mayo al atardecer. La reconstrucción judicial determinó que la adolescente se encontraba al cuidado de su hermana menor de 10 años, debido a que sus padres atravesaban una emergencia médica: su madre se encontraba asistiendo a su padre, internado en el Hospital Samic.
La joven salió rumbo a una iglesia cercana y nunca regresó.
El hallazgo: Tras doce días de ausencia, una patrulla policial inspeccionó la parte posterior del terreno en construcción abandonado. En la cámara séptica yacía el cadáver.
Mecánica de muerte: Los peritos forenses hallaron un trozo de sábana anudado fuertemente al cuello de la adolescente. Los indicios científicos descartan que el cuerpo haya sido plantado: Dulce fue estrangulada y asesinada en ese mismo lugar.
La escena: Investigadores judiciales confirmaron que la estructura abandonada es un punto frecuente de reunión para personas en situación de calle y con problemas de consumo problemático de estupefacientes.
El juzgado de Instrucción a cargo de la Dra. María Laura Rodríguez ya investiga las identidades de quienes frecuentaban el predio.
Las trágicas simetrías con el crimen de Agostina Vega
El asesinato de Dulce Candia en Eldorado y el de Agostina Vega en Córdoba capital exponen las mismas fallas operativas de un sistema que reacciona tarde ante la desaparición de mujeres jóvenes y de bajos recursos:
La burocracia de la espera: En ambos casos, las denuncias formales sufrieron demoras críticas. En Córdoba, la policía directamente se negó a tomar la denuncia inicial de la familia. En Misiones, debido a que la menor solía ausentarse de forma esporádica, la denuncia se radicó diez días después de su partida. Para cuando el protocolo policial se activó, el médico forense estimó que Dulce ya llevaba entre siete y ocho días muerta.
El desamparo de los entornos urbanos: Agostina fue hallada en un descampado de 240 hectáreas; Dulce, en una obra paralizada y tapada por la vegetación. La falta de infraestructura, desmalezamiento e iluminación en los barrios periféricos del país sigue proveyendo a los criminales de zonas de impunidad perfectas para ocultar sus delitos.
La brecha mediática y la solitaria lucha de las organizaciones de mujeres
Existe una evidente doble vara en la cobertura periodística nacional. Mientras algunos casos logran romper el cerco informativo debido a la espectacularidad de la reacción popular —como la pueblada cordobesa—, las tragedias del interior profundo del país quedan reducidas a breves policiales locales.
Dulce Candia es una cifra invisible para la agenda de Buenos Aires. Su muerte no abrió noticieros de alcance federal, confirmando que la indignación pública también está centralizada.
Ante este panorama de abandono institucional y apatía periodística, el rol de las organizaciones de mujeres locales emerge como el único motor real para que el caso no quede sepultado en el olvido. Son los colectivos feministas, las asambleas territoriales y las agrupaciones de género de Misiones quienes hoy se ponen al hombro la tarea de visibilizar la muerte de Dulce.
Mientras el poder político calla y la televisión nacional mira hacia otro lado, son estas redes comunitarias las que exigen respuestas rápidas de la Justicia, contienen a la familia en el territorio y se preocupan genuinamente por que la sociedad sepa que en Eldorado falta una piba de 17 años.
Sin su militancia y presión, el nombre de Dulce ya sería un expediente archivado.
Aún resta determinar el resultado final de la autopsia en la Morgue Judicial de Posadas y avanzar en las testimoniales para identificar al autor del hecho.
Si bien la justicia mantiene estricta cautela y aún no se ha determinado fehacientemente si el homicidio fue cometido por un varón o en qué contexto específico, la brutalidad de la mecánica —un estrangulamiento con saña en un ámbito de extrema vulnerabilidad— enciende de forma automática las alarmas civiles a escasos días del Ni Una Menos. Sea tipificado finalmente como femicidio o como un homicidio agravado, el asesinato de Dulce es el reflejo de una violencia estructural que se alimenta del silencio oficial y que solo la persistencia del movimiento de mujeres se encarga de denunciar.










