El latido del monte en el cuerpo: Laura Zapata y el rito premiado de «SACHA WARMI»

En el Festival «Al Fin Solos», la artista transformó el refugio del arte en un canal donde hablan sus ancestras. Una crónica sobre la resistencia, el linaje y la belleza que brota del barro.

Cuando el afuera se vuelve un torbellino turbio, cuando el mundo y el territorio crujen, hay quienes eligen replegarse y quienes deciden encender una hoguera. La bailarina, cantautora y directora Laura Zapata pertenece a las segundas. En medio de los laberintos personales y profesionales de estos tiempos, su trinchera fue la escena y su escudo, la creación. Ese acto de fe corporal acaba de ser reconocido con el segundo premio en el Festival de Unipersonales «Al Fin Solos», en el espacio Aérea Teatro.

Su obra, SACHA WARMI (Mujer del Monte), no fue una simple función; fue un desentierro. Un jurado de mujeres potentes, de esas que conocen el peso de la danza y el teatro en la piel, supo leer en su propuesta la vibración de algo antiguo, urgente y profundamente vivo.

Sostener el fuego en el Abya Yala

«¡Mi refugio, EL ARTE!», dictó el pulso de Laura en sus redes, en un texto que se lee como un manifiesto de supervivencia. En sus palabras no hay una celebración vacía, sino un canto de gratitud a su “Abya Yala que resiste”. Porque el arte independiente no nace en palacios de cristal; brota del asfalto y de la necesidad mutua.

Para que la Mujer del Monte pisara las tablas, hubo que tejer una red invisible pero indestructible. Estuvo el cuerpo y la camiseta puesta de su asistente, Amicha, saliendo a cartonear palmo a palmo para sostener el delirio; estuvieron las texturas sonoras de su colega H. Bruck construyendo universos; y llegó, desde el pulso latente de Santiago del Estero, la mirada de su prima Ani, filmando el monte real para traer sus fantasmas y sus ramas a la ciudad.

El aquelarre del linaje: Cuando las brujas hablan

El verdadero secreto de SACHA WARMI reside en que la carne que danza no baila sola. En el escenario se abrieron portales. La misma artista, en un ejercicio de honestidad visceral, confesó que esta obra es el puente hacia las ausencias que nos habitan. Se la dedicó a su abuela y, de manera muy especial, a su mamá —con quien la herida y el amor caminaban juntos—:

«Siento que SACHA WARMI es ella, mi abuela y todo mi linaje femenino, mis brujis ancestrales… Hablando en la obra».

El arte es el lenguaje que las mujeres de nuestra sangre usan para seguir habitando el presente. Cuando la artista se mueve, se mueven las que estuvieron antes. Es un rito de sanación que transforma el desastre cotidiano en memoria sagrada.

Desnudarse de éxitos para propiciar el milagro

En un sistema cultural que devora nombres y escupe olvidos, donde los trofeos suelen ser solo una «chapa» para alimentar el ego, la creadora prefiere otra mística. Laura Zapata desconfía de la pirotecnia del aplauso efímero.

«Me gustaría que al menos sirva para que las próximas funciones suceda el milagro de que vengan a verla», anheló con la humilde desnudez de quien sabe que el teatro solo existe si hay un otro del otro lado. No es una invitación a consumir un espectáculo; es una puerta abierta al misterio: «Se ve que hay algo esperándote para que descubras de vos en SACHA WARMI».

La hojarasca del festival ya se ha asentado, pero los tambores del monte siguen resonando bajo el piso de Aérea Teatro. SACHA WARMI ha sido premiada, sí, pero su verdadero triunfo es haber recordado que, mientras las brujas del linaje sigan hablando a través del cuerpo, la tierra nunca estará del todo desamparada.

 

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí