La renuncia y posterior declaración de libertad de acción de Marilyn «Lali» Esquivel sacudió los cimientos de Estancia Chica, pero el impacto de su portazo ya se transformó en una onda expansiva. Lo que la comisión directiva comandada por Carlos Anacleto intentó maquillar como una salida «individual» terminó siendo el catalizador de una crisis estructural que no solo desmantela al plantel de Gimnasia y Esgrima La Plata, sino que expone las deudas concurrentes del fútbol argentino.
El primer coletazo interno se sintió de inmediato en el arco. La arquera uruguaya Sofía Olivera siguió formalmente los pasos de la capitana, ejecutando su libertad de acción ante los reiterados incumplimientos en el pago de salarios. En los pasillos del Bosque ya se habla de un «efecto dominó»: la defensora Milagros Oliver y otras futbolistas de peso evalúan presentar sus intimaciones en las próximas horas.
El plantel, que venía sosteniendo el profesionalismo a base de puro compromiso y que venía de festejar un triunfazo en Rosario, dijo basta ante un ajuste dirigencial que incluyó el recorte de viandas alimentarias, la quita de concentraciones y un vaciamiento invisible.

Una crisis por diseño que excede al Bosque
La desidia platense coincide, de manera alarmante, con un estallido federal en la disciplina. Mientras la dirigencia de Gimnasia le ponía «paños fríos» y otorgaba promesas de pago exclusivas al plantel profesional masculino (quienes también reclamaban deudas de julio y agosto junto a los trabajadores de UTEDYC), las jugadoras de la Primera División nacional empezaron a romper el cerco de silencio en bloque.
En paralelo a lo ocurrido con Las Lobas, el plantel de San Miguel determinó una medida de fuerza suspendiendo sus entrenamientos debido a la falta total de respuestas salariales. Casi al mismo tiempo, las subcampeonas nacionales de San Lorenzo lanzaron un durísimo comunicado denunciando que llevan más de un año sin cobertura médica (obra social), que deben costear estudios y lesiones de sus bolsillos y que, para su último partido oficial contra Banfield, debieron trasladarse al predio rival en autos de aplicación particular por la ausencia de un micro institucional.
El portazo de Lali Esquivel no fue un hecho aislado; fue la chispa que encendió la resistencia de las trabajadoras del fútbol frente a las mentiras de cartón pintado de la profesionalización de la AFA. Cuando la respuesta institucional a la crisis financiera es recortar la salud, el alimento y los sueldos básicos de las pibas, la cancha se inclina políticamente. El fútbol será de las trabajadoras, con dignidad y derechos básicos, o las estructuras seguirán crujiendo.










