En tiempos donde los discursos oficiales intentan relativizar el terrorismo de Estado y vaciar de presupuesto a las políticas de derechos humanos y a la cultura nacional, el arte responde con memoria indomable. Netflix reveló las primeras imágenes oficiales de Villaflor, la nueva película dirigida por Santiago Mitre que aborda la génesis de las Madres de Plaza de Mayo y la trágica infiltración del genocida Alfredo Astiz en la Iglesia de la Santa Cruz.
Con el rodaje recién finalizado tras doce semanas de filmación, este estreno se planta en la agenda pública no solo como un acontecimiento cinematográfico, sino como un acto político de estricta necesidad histórica.
La producción, guionada por la dupla de Argentina, 1985 (Mitre y Mariano Llinás), cuenta con un elenco encabezado por Verónica Llinás en la piel de la fundadora Azucena Villaflor y Peter Lanzani como el oficial de la Armada conocido como el «Rubio».
La urgencia de filmar a nuestras Madres
La llegada de Villaflor a las pantallas globales reabre un debate fundamental: ¿por qué es urgente seguir contando las historias de estas mujeres en el cine? El largometraje viaja a 1977 para retratar cómo el dolor individual por la desaparición de un hijo mutó en una organización colectiva que desafió a los fusiles con pañuelos blancos.
En una coyuntura donde los consensos democráticos construidos en los últimos 40 años sufren ataques sistemáticos, la ficción histórica se convierte en un refugio pedagógico imprescindible para las nuevas generaciones.
El cine de escala masiva tiene la capacidad única de rescatar la dimensión humana de los íconos de nuestra historia.
La película no solo expone el thriller y el espionaje de la dictadura militar, sino que devuelve a la pantalla la mirada de las mujeres que inventaron una forma inédita de resistencia pacífica en el espacio público.
El legado vivo de Norita Cortiñas y Taty Almeida
La figura de Azucena Villaflor —secuestrada y asesinada tras la delación de Astiz— es la piedra fundacional de un camino de lucha que continuó durante décadas. Es imposible ver estas primeras imágenes sin trazar un puente directo hacia las dos máximas referencias de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora: Nora «Norita» Cortiñas y Taty Almeida.
Norita Cortiñas: Su partida física dejó un vacío inmenso, pero consolidó un mito de coherencia absoluta. Norita, la «Madre de todas las batallas», demostró que el pañuelo blanco no pertenecía solo al pasado, sino que acompañaba cada reclamo social, ambiental, feminista y de las diversidades. Filmar el origen de las Madres es, en gran medida, honrar la memoria de esa mujer menuda que caminaba al frente de cualquier causa justa.
Taty Almeida: Con su lucidez y firmeza intactas, Taty fue hasta hace unos días la voz que unió generaciones. Su militancia incansable recuerdó diariamente que la búsqueda de Verdad y Justicia es una posta que los jóvenes deben tomar.
El cine comercial, al visibilizar los inicios del movimiento en 1977, respalda el grito que Taty sostuvo en cada plaza: la memoria no se puede borrar por decreto.
Un mapa de locaciones bonaerenses para una historia federal
Para reconstruir el clima de persecución y valentía de finales de la década del 70, la producción de La Unión de los Ríos y Maneki Films desplegó un rodaje masivo que concluyó en diferentes puntos de la provincia de Buenos Aires.
Las cámaras recorrieron las calles de Avellaneda, Lanús, Berazategui, San Isidro, Vicente López, Lomas de Zamora y el Partido de la Costa, devolviendo la historicidad a los mismos territorios donde el terrorismo de Estado operó y donde, en paralelo, las Madres comenzaron a tejer su red de resistencia.
Villaflor promete ser un espejo necesario frente a un presente complejo. Cuando la realidad empuja al olvido y al desfinanciamiento de las estructuras que sostienen la cultura, la pantalla grande asume el compromiso de gritar, una vez más, Nunca Más.
El compromiso de Verónica Llinás: de la sátira social a encarnar la memoria de Azucena Villaflor
La elección de Verónica Llinás para ponerse en la piel de Azucena Villaflor en la nueva producción de Santiago Mitre no es casual. Más allá de su indiscutible calidad interpretativa y su extenso recorrido en el teatro, el cine y la televisión, Llinás se ha consolidado en los últimos años como una de las actrices más vocales, activas y profundamente comprometidas con la realidad política, social y cultural de la Argentina.
En un contexto donde la exposición pública suele medirse bajo el filtro de la cautela, la actriz elige utilizar sus plataformas y su arte como canales de denuncia y resistencia ciudadana.

El arte como trinchera y la sátira frente al poder
A lo largo de su carrera, Llinás ha demostrado que el humor y el drama son herramientas políticas poderosas. Durante momentos de crisis socioeconómicas profundas, la actriz canalizó el malestar popular a través de videos satíricos en redes sociales que se volvieron virales. Sus personajes —que retrataban de manera mordaz el egoísmo, la desconexión de las clases altas y las contradicciones de los discursos oficiales— sirvieron como un espejo incómodo de la coyuntura nacional.
Este compromiso no se limita a la pantalla de un teléfono. Llinás ha sido una figura recurrente en las movilizaciones y reclamos colectivos más importantes de la última década:
Defensa de la cultura nacional: Ante el actual desfinanciamiento de las artes, el cierre de espacios de fomento cinematográfico y el ataque institucional a los organismos culturales, se ha plantado al frente de las asambleas y colectivos de actrices y actores que exigen la protección del patrimonio cultural argentino.
Derechos de las mujeres y diversidades: Fue una de las caras visibles e impulsoras de la lucha por la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito, acompañando activamente el debate legislativo y social en las calles hasta la conquista de la Ley 27.610.
Un puente entre su activismo y la piel de Azucena
La coherencia entre su vida pública y sus elecciones profesionales encuentra su punto máximo en Villaflor. Interpretar a la fundadora de las Madres de Plaza de Mayo exige una sensibilidad que Llinás ha madurado a la par de su compromiso con los derechos humanos.
Asumir este rol en 2026 implica desafiar las corrientes de negacionismo que intentan instalarse en el debate público. Al encarnar a una madre que convirtió la búsqueda desesperada de su hijo en un movimiento de resistencia civil, Verónica Llinás no solo actúa; asume la responsabilidad histórica de preservar la identidad y la memoria de los pueblos a través de la pantalla grande







