Delfina Cheb y el duende de la voz: “Hay algo en el aire que a veces se abre y a veces no”

 

Por momentos, escuchar hablar a Delfina Cheb se parece más a escuchar una canción que una entrevista. La cantante, compositora e investigadora argentina, que arma dúos, tríos y   bandas espontáneamente, habla de la música como quien habla de una fuerza misteriosa: una grieta por donde se cuela algo imposible de domesticar.

Y aunque detrás de su recorrido hay años de estudio académico —becas, títulos, conservatorios prestigiosos y una reciente finalización de su doctorado en música contemporánea—, lo que verdaderamente parece moverla está lejos de las lógicas del virtuosismo frío o de la validación institucional. Lo suyo es otra búsqueda: la del “duende”.

Cheb vivió casi una década en Boston, donde estudió en la Berklee College of Music y en el New England Conservatory, una de las instituciones musicales más antiguas de Estados Unidos. Llegó a los 18 años con una beca y construyó una formación intensa: Licenciatura en Composición de Jazz, Licenciatura en Performance Vocal, Maestría en Improvisación Contemporánea y un doctorado enfocado en música contemporánea.

Pero incluso en esos espacios de excelencia académica, su inquietud iba hacia otro lado.

“Siempre me interesó justamente lo intangible de la experiencia artística”, nos confieza a Las Brujas que Salem.  “Mi tesis de doctorado —que también es un poco mi proyecto de vida— es acerca del duende en la voz”.

La referencia inevitable es Federico García Lorca y aquella conferencia que el poeta español dio en Buenos Aires sobre ese misterio imposible de explicar del todo: esa herida, esa oscuridad, esa verdad emocional que aparece en algunas voces y conmueve sin pedir permiso.

“Ese duende que aparece en las voces entrañables de la música de raíz, que también es el ángel para nosotros cuando decimos ‘tiene ángel, tiene duende’”, explica Cheb. “Mi idea como docente, como artista y como colega es perseguir a ese duende”.

En tiempos donde el mercado cultural empuja a las artistas mujeres a encajar en moldes cada vez más específicos —la cantante correcta, la tanguera legítima, la figura fácilmente clasificable—, Delfina parece plantarse desde otro lugar: el de lo híbrido, lo desobediente y lo sensible.

“No quería analizar a Ginastera, quería analizar a Rosita Quiroga”, recuerda sobre sus años académicos, en instituciones atravesadas por una tradición más ligada a la música clásica europea. Y ahí aparece también una dimensión profundamente política de su mirada artística: poner en valor las voces populares, las genealogías emocionales, las músicas transmitidas muchas veces por mujeres, por familias migrantes, por barrios y por cuerpos fuera del canon.

Para ella, el aprendizaje nunca estuvo únicamente en las universidades.

“Una preparación de estudio puede ser con una maestra, con una abuela, con una tía o con una amiga”, dice. “Todas son situaciones que te preparan para estar más sensible, más receptiva a esa cosa que está en el aire”.

La idea del arte como territorio de escucha, más que de control, atraviesa toda su manera de pensar la música. Y también su forma de habitar la Argentina después de tantos años afuera.

Volvió al país en 2023 y define ese regreso como una reconexión: con su familia, con el español y con una sensibilidad propia que había quedado suspendida entre idiomas y geografías. “Reencontrarme con el idioma fue muy hermoso”, cuenta. “Mucho de lo que aprendí sobre música estaba en inglés”.

En medio de un contexto social áspero y de una época marcada por la incertidumbre, Cheb encuentra en el arte un espacio de resistencia afectiva. No desde el optimismo ingenuo, sino desde la fragilidad compartida.

“Argentina tiene muchas roturas por donde sale la luz”, dice. “Sale la florcita que crece”.

Su relación con el tango también está atravesada por esas fisuras fértiles. Llegó a ese universo a través de la memoria de su abuelo Ángel, un inmigrante sirio que encontró en la música una manera de integrarse, de hacer comunidad y de construir pertenencia en Buenos Aires.

“Él se acercó al tango para conectar con este lugar, y creo que yo hice lo mismo”, cuenta.

Sin embargo, tampoco ahí encaja del todo. “Para los tangueros yo no soy tanguera; para los cancioneros no soy cancionera”, dice entre risas. Y lejos de sufrirlo, parece encontrar en esa incomodidad una potencia creadora.

“Hay algo de ese lío que siempre me inspiró mucho”.

Quizás por eso su búsqueda del duende conmueve tanto: porque no intenta perfeccionar una forma sino abrir una grieta. Afinar el oído y el corazón —como ella misma dice— para reconocer esos momentos donde algo verdadero aparece.

Y entonces la voz deja de ser técnica para convertirse en otra cosa: memoria, herida, intuición, resistencia.

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