De la idolatría machista a la voz de las olvidadas: por qué la película sobre el caso Barreda es una deuda histórica

 

El próximo 28 de agosto llega a las pantallas la producción que desarma el mito del odontólogo de La Plata, proponiendo una reparación narrativa con perspectiva de género frente a décadas de complicidad mediática y silenciamiento.

 

El lanzamiento del tráiler oficial de Barreda, la nueva película original de Prime Video, abrió un debate cultural impostergable en la sociedad argentina. Tres décadas después del cuádruple crimen que conmovió al país, la producción dirigida por Daniela Goggi propone un giro político radical: desplazar al femicida del centro de la escena mediática para enfocarse en las historias de las mujeres que él intentó borrar.

 

El filme cuenta con un elenco de primer nivel compuesto por Luis Machín (como Ricardo Barreda), Carla Peterson (Gladys McDonald, su esposa) y Mercedes Morán (Elena Arreche, su suegra), acompañados por Maite Lanata y Margarita Páez en los roles de las hijas, Cecilia y Adriana.

 

El fin de las «machiruleadas» y del ídolo de bar

Durante los años noventa y principios de los dos mil, el tratamiento público del caso Barreda funcionó como un manual explícito de la cultura patriarcal más rancia. Sectores de la sociedad civil y del periodismo de la época no solo justificaron los asesinatos, sino que construyeron alrededor del asesino un estatus de «héroe popular» o «vengador».

El tráiler mismo de la película expone esta dolorosa realidad social al recuperar frases que circularon durante años en la idiosincrasia masculina local: «Barreda hizo lo que todo hombre argentino sueña».

Bajo el alias denigrante de «Conchita», apodo con el que el femicida argumentaba sufrir maltrato psicológico, miles de varones tejieron cofradías de complicidad y estamparon su rostro en remeras, altares paganos y grafitis en las paredes. Esta narrativa machista operó justificando el ensañamiento con el que Barreda acribilló a escopetazos a su familia el 15 de noviembre de 1992.

El discurso imperante instaló la idea de que las víctimas «lo habían vuelto loco», invirtiendo los roles de opresor y oprimidas en un ejercicio de manipulación colectiva.

Un guion estratégico para evitar la revictimización

Frente a este legado de morbo y violencia discursiva, el equipo detrás de la película asumió un desafío técnico y político fundamental: cómo narrar el horror sin caer en la espectacularización del dolor.

El guion de la producción fue estructurado por Tamara Talesnik, Donna Tefa Sanguinetti y Juan Cavoti, basándose en una profunda consultoría de las periodistas e investigadoras Josefina Licitra, Florencia Etcheves y Soledad Vallejos.

Para evitar la revictimización en la pantalla, el equipo autoral diseñó una arquitectura narrativa que elude por completo el sadismo visual de los asesinatos y la explotación del trauma.

En lugar de reconstruir los hechos desde la perspectiva omnipotente o justificadora del victimario, el guion adopta una mirada que reconstruye la subjetividad, los proyectos y la vida cotidiana de las mujeres asesinadas antes de la tragedia.

De esta manera, el relato técnico se corre de la crónica policial clásica y se convierte en una radiografía del entorno sistémico de violencia intrafamiliar, impidiendo que el espectador empatice con las justificaciones históricas del femicida.

 

Darle voz a las silenciadas: la urgencia de la perspectiva de género

Por este motivo, la película adquiere una dimensión reparadora y transformadora.

La urgencia de mirar este caso bajo una lente feminista contemporánea radica en devolverles la humanidad e individualidad a Gladys, Elena, Cecilia y Adriana, quienes fueron convertidas por el morbo en meras figuras de un tablero criminal o en estereotipos de mujeres castradoras.

Ellas no eran personajes secundarios de una supuesta tragedia conyugal; eran ciudadanas, profesionales (Cecilia era odontóloga y Adriana, abogada) y sujetos de derecho cuyas vidas fueron arrebatadas y sus memorias, sistemáticamente difamadas.

Como señaló Licitra al recordar el duro proceso de investigación y escritura, actuar y escribir estas realidades significa «tomar esa parte blanda que todos tenemos dentro y ponerla al servicio de una historia».

En tiempos donde los discursos de odio y el cuestionamiento a las conquistas de los derechos de las mujeres pretenden ganar terreno en el debate público, producciones como Barreda resultan fundamentales.

No vienen a revivir al monstruo para generar rating; vienen a sepultar su pedestal de impunidad cultural y a recordar que detrás de cada femicidio hay un entramado social que decide, o bien amparar al verdugo, o bien hacer justicia por la memoria de las que ya no tiene

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