Crónica de un conjuro colectivo: el tango insurrecto de Les Fleurs Noires en La Plata

 

Por Gabriela Chamorro

El aire denso y expectante del Auditorio Estela de Carlotto, en el corazón del Pasaje Dardo Rocha, no presagiaba un concierto convencional. Quienes nos acercamos la fría  noche del viernes 21 de agosto sabíamos que la propuesta de la orquesta franco-argentina Les Fleurs Noires desborda los manuales.

Sin embargo, presenciar en vivo su propuesta “Tangos Aumentados” fue mucho más que una experiencia estética: fue un acto de profunda vibración política, un manifiesto sonoro dictado por mujeres que se apropian de un género históricamente patriarcal para transformarlo en trinchera.

 

La antesala de  la presentación estuvo a la altura del compromiso de la noche. El bloque de apertura quedó en manos de los talentos locales de la Orquesta Ensamble de Tango de la Escuela de Arte de Berisso, una valiosa agrupación institucional guiada de manera brillante por el profesor Ricardo Zapiola. Su presentación no solo calentó los motores de la sala con un repertorio impecable, sino que dejó en claro la vigencia y el enorme semillero de músicos jóvenes que empujan el género en la región.

Tras los aplausos iniciales, el plato fuerte se percibió como un engranaje perfecto de virtuosismo y complicidad visceral. La dirección musical desde las teclas estuvo a cargo de la pianista y compositora rosarina Andrea Marsili, cuyas complejas partituras exigieron el máximo nivel técnico. Sin embargo, el verdadero hilo conductor de la velada, quien guió cada momento, dialogó de manera íntima con el público y llevó la batuta conceptual de todo el espectáculo, fue su fundadora, la violonchelista Verónica Votti.

Su magnetismo sobre el escenario y su calidez al tomar la palabra le dieron el marco humano y político exacto a una noche de alta tensión artística.

Muy cerca, la asombrosa compenetración entre la violinista solo, la francesa Anne Le Pape, y las bandoneonistas Marion Chiron (bandoneón solo) y Ana Carolina Poenitz, erizó la piel.

El diálogo instrumental no estuvo hecho solo de partituras perfectas, sino de guiños sutiles, de sonrisas cómplices que se cruzaban tras un pasaje sumamente complejo y de cabeceos de aprobación ante los arrastres feroces de los fueyes.

La genialidad interpretativa de la banda alcanzó su clímax en esos finales suspendidos tan característicos del ensamble: momentos mágicos en que la orquesta entera callaba de golpe, dejando una única nota flotando en el vacío, sostenida apenas por un hilo de arco o un resto de aire en el bandoneón. Un abismo de silencio que estiraba el tiempo y nos mantenía sin respirar, suspendidos en el aire del auditorio, antes de que estallara el aplauso unánime de la sala.

La noche cobró una dimensión explícitamente militante cuando la cantante invitada, Mandy Lerouge, pisó el escenario para interpretar las tres piezas centrales de la narrativa del concierto. El orden de los temas fue un viaje desde la denuncia histórica hacia la mística de la reparación:

El grito contra el femicidio: La primera estocada fue «Martillo para las brujas». Escuchar este tema en un auditorio bautizado Estela de Carlotto resignificó cada verso. La pieza subvierte el horror del Malleus Maleficarum inquisidor para plantarse de cara al presente. Con una potencia rítmica que corta el aliento, la letra invocó el grito colectivo del «Ni una menos» y recordó a las mujeres muertas por la violencia patriarcal. Se sintió como un ritual necesario, un compromiso ineludible que la banda arrastra desde hace años y que se niegan a dejar de tocar porque constituye la columna vertebral de su lucha. Hacerla en este momento en un país donde preside el gobierno un misógeno de manual que nos llama “las locas de los pañuelitos verdes”, así como los “milicos” llamaban a las Madres y a las Abuelas, fue un momento de alivio, de frescura, de fuerza y se transformó en una respuesta con una altura poética, musical y política como pocas.

 

El dolor de las fronteras: Acto seguido, la atmósfera viró hacia la melancolía y la denuncia geopolítica con «Mare Nostrum». La voz de Lerouge flotó sobre un oleaje espeso de cuerdas para narrar la odisea trágica del náufrago contemporáneo: las personas forzadas a abandonar sus tierras natales que terminan arriesgando la vida en mares hostiles, buscando países que los reciban y encontrando, en cambio, la indiferencia del mundo. Un tango desgarrador que sacó el dolor de los refugiados del frío mapa de los noticieros para volverlo carne.

 

El ritual de la tierra: Cerca del cierre de la noche llegó la fuerza telúrica de «Pachamama Raymi». Fue en este viaje hacia las raíces andinas donde se lució con un magnetismo salvaje la otra gran invitada de la velada: la percusionista argentina Vanesa García. Su intervención en este tema fue sencillamente consagratoria. Rompiendo la estructura clásica del tango, García montó un pulso rítmico ancestral que dialogó de manera perfecta con el piano de Marsili y la voz de Lerouge. Su despliegue, cargado de texturas e intensidad, transformó el auditorio en un espacio sagrado. El tema funcionó como una celebración mística y un conjuro a favor de la naturaleza, invocando un profundo respeto por la Madre Tierra en tiempos de devastación ecológica global y de intento de venta de soberanía en nuestro país a los intereses extranjeros no sólo con la fallida de  la derogación de la Ley de Tierras sino con la triste  Ley de Glaciares de  hace unos

 

El posicionamiento político de la orquesta no es un accesorio; su compromiso atraviesa toda su producción lírica. Indagando en su cancionero, el contenido social y de resistencia ha estado marcado a fuego también por composiciones que incluyen obras desgarradoras como un tango explícitamente dedicado a la memoria de Santiago Maldonado.

Para Les Fleurs Noires, el tango no es una pieza muerta de museo; es un idioma vivo, rabioso y profundamente necesario para denunciar las heridas del siglo XXI.

Hacia el final, la emoción desbordó el escenario. Con la enorme generosidad que caracteriza a las grandes artistas, Verónica Votti tomó el micrófono e invitó formalmente a los integrantes del ensamble de Berisso a unirse al escenario. Ver a ambas generaciones fundirse en un abrazo instrumental, cerrando la velada interpretando un tango todos juntos, fue un broche de oro conmovedor.

Salí del Pasaje Dardo Rocha con la certeza de haber presenciado un concierto histórico. Un colectivo que, guiado por la claridad conceptual de Verónica Votti, el talento de sus músicas y el pulso arrollador de sus invitadas, nos recordó que pararse sobre un escenario en estos tiempos complejos es, antes que nada, un contundente, solidario y bellísimo acto político de resistencia.

 

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