La sede central de la UGL VII del PAMI, ubicada en la emblemática esquina de 7 y 35 en La Plata, se ha transformado en el epicentro de un volcán social que amenaza con desbordar al gobierno nacional.
Lo que comenzó como un goteo constante de quejas por turnos que nunca llegan y medicamentos recortados se convirtió en las últimas horas en una rebelión abierta.
El miércoles pasado, una masiva movilización paralizó el centro platense, uniendo en un solo grito de furia a jubilados autoconvocados, profesionales de la salud y organizaciones gremiales que denuncian que la obra social más grande de América Latina está siendo empujada deliberadamente al colapso.
La tensión en la casa central va en aumento. Los pasillos de atención al público, habitualmente desbordados de adultos mayores buscando respuestas, hoy están marcados por las asambleas permanentes y los ruidos de protesta.
Quienes conducen el día a día institucional advierten que el margen de maniobra local es nulo ante el severo torniquete financiero impuesto desde la Ciudad de Buenos Aires.
«Muchos planteos chocan con las decisiones que se toman en Buenos Aires», reconocen por lo bajo las autoridades regionales del PAMI, desnudando la parálisis de una gestión centralizada que ahoga a las delegaciones bonaerenses mientras los afiliados pagan los costos con su propia salud.
En la primera línea de esta batalla se plantó el Sindicato Unido de Trabajadores y Empleados del PAMI (SUTEPA). Las máximas autoridades de SUTEPA se declararon en absoluto «pie de alerta» y están encabezando de manera orgánica los reclamos en La Plata.
Desde el gremio denuncian que el «plan de optimización» del Gobierno no es más que un eufemismo para camuflar despidos de personal contratado, el congelamiento de vacantes y un ajuste feroz que destruye las condiciones laborales de quienes deben sostener el sistema. Para SUTEPA, defender el puesto de trabajo es, fundamentalmente, defender la vida de los jubilados que hoy se quedan sin cobertura médica elemental.
Las consignas que retumbaron frente a las puertas de la sede platense exponen el drama humanitario detrás de las planillas de Excel de la Casa Rosada: «Milei, basta de robar en PAMI. ¡Se están muriendo los viejos!» y «No puede haber un jubilado más sin sus medicamentos» fueron las frases que marcaron la jornada. La respuesta oficial ante este escenario roza el cinismo: mientras los pacientes crónicos pierden los subsidios del 100% en fármacos esenciales y los prestadores médicos suspenden cirugías por honorarios de miseria, el discurso presidencial prefiere apelar a la distracción y al absurdo ideológico.
Resulta de una preocupante irresponsabilidad —e insólito simplismo— que el presidente Javier Milei intente justificar el desfinanciamiento y el supuesto colapso presupuestario de la salud pública y del sistema previsional echándole la culpa a los «pañuelos verdes» y a las agendas de género del pasado. Esta pirueta retórica no solo es falsa, sino que insulta la inteligencia de los miles de adultos mayores que hoy deben elegir entre comer o comprar sus remedios.
El PAMI no quiebra por debates culturales; quiebra porque el Estado nacional decidió retirarle los fondos, recortar su vademécum y abandonar a su suerte a la población más vulnerable.
Buscar chivos expiatorios ideológicos para tapar un ajuste inhumano es la muestra más clara de un gobierno que se queda sin argumentos mientras el sistema sanitario cruje por los cuatro costados.
La Plata ya avisó que no va a mirar para otro lado: las rondas de los miércoles y el estado de alerta gremial prometen profundizarse hasta que el derecho a la salud vuelva a ser una prioridad.










