Un nuevo caso de vulneración a las infancias sacude a la provincia de Santiago del Estero y enciende las alarmas sobre los mecanismos de captación y la urgente necesidad de abordar las violencias con perspectiva de género e interseccional. La Fiscalía de Delitos contra la Integridad Sexual, bajo la dirección de la Dra. Daniela Yslas, intervino de oficio para investigar un presunto abuso sexual. La víctima: una adolescente de apenas 14 años. El implicado: un varón adulto de 40 años.
El hecho se conoció luego de que la madre de la menor descubriera su ausencia durante la madrugada en el departamento Atamisqui. Tras una búsqueda desesperada, logró localizarla. Fue en ese momento cuando la adolescente manifestó que se había ido por «propia voluntad» para encontrarse con el acusado, a quien definió como su «novio», lanzando además una advertencia dolorosa: si denunciaban al hombre, se escaparía de forma definitiva.
La trampa del «consentimiento» y el mito del amor romántico
Desde una perspectiva de género y derechos humanos, discursos mediáticos que titulan estos hechos como «fugas de amor» o «historias de noviazgo» no hacen más que replicar una violencia simbólica que encubre el abuso dinámico y estructural.
El mito de la «voluntad»: Cuando existe una brecha de 26 años entre un adulto formado y una niña en pleno desarrollo, no existe el consentimiento válido. La madurez emocional, cognitiva y la experiencia de vida generan una asimetría de poder insalvable. El adulto utiliza técnicas de manipulación afectiva, valiéndose de la inexperiencia de la menor para hacerle creer que toma sus propias decisiones.
El peligro de la adultez precoz: Exigirle a una niña de 14 años que comprenda la gravedad y el alcance de una relación con alguien que podría ser su padre es revictimizarla. Su amenaza de huir definitivamente si el agresor es denunciado evidencia el grado de manipulación psicológica y dependencia al que fue sometida. El abusador logra romper los lazos de confianza de la menor con su entorno protector primario: su madre. }
Territorio y vulnerabilidad: La interseccionalidad del caso
Atamisqui no es un escenario aleatorio. Analizar el caso requiere cruzar el género con las variables socioeconómicas y territoriales (interseccionalidad). En las localidades del interior de las provincias, el aislamiento, la falta de oportunidades, la precarización y el arraigo de estructuras patriarcales profundizan la indefensión de las niñas y adolescentes frente a los agresores masculinos.
Los varones adultos que buscan intimar con menores operan bajo una lógica de dominación y propiedad legitimada históricamente por patrones culturales machistas, donde las niñas son vistas como objetos disponibles.
La respuesta judicial y la urgencia de protección efectiva
Frente a la gravedad del panorama, la fiscal Daniela Yslas ordenó de inmediato la activación de los protocolos correspondientes:
Realización de un informe socioambiental profundo en la zona.
Relevamiento vecinal para determinar el nivel de desamparo o si existían indicadores previos de captación.
Peritajes médicos y evaluaciones psicológicas urgentes a la víctima.
La Justicia enfrenta el desafío crucial de resguardar a la adolescente sin caer en medidas punitivas hacia ella por su conducta de fuga. El foco judicial y social debe estar puesto enteramente sobre el adulto de 40 años, quien incurre en una conducta criminal tipificada.
Garantizar la protección de la joven implica también proveerle herramientas de acompañamiento terapéutico integral que desarmen el entramado de manipulación afectiva que padece. Cuidar a las niñas de la violencia machista y de los abusos de poder de los adultos varones sigue siendo una deuda urgente en cada rincón del país.
Dejen de llamar «romance» a la captación y al abuso
Cada vez que una niña o adolescente desaparece de su hogar y es hallada junto a un varón adulto que le triplica la edad, los medios de comunicación tradicionales activan un engranaje discursivo tan perverso como el delito mismo. En el caso de la adolescente de 14 años captada en el departamento Atamisqui, Santiago del Estero, por un hombre de 40, la historia se repite en las pantallas analógicas y los portales hegemónicos: «Se fugó por amor», «Fuga de novios», «Historia de romance prohibido».
Es hora de decirlo con total claridad y sin eufemismos: titular estos casos como un asunto de pareja es complicidad patriarcal. No hay «noviazgo», no hay «amor» y no hay «romance» cuando la brecha generacional es de 26 años. Lo que existe es una asimetría de poder insalvable, manipulación psicológica y una flagrante vulneración de los derechos de las infancias que la ley tipifica claramente como abuso.
La insistencia en utilizar palabras del campo afectivo para describir la captación de menores cumple una función social nefasta: blanquear al agresor y responsabilizar a la víctima. Al hablar de una «fuga consentida», los medios le otorgan a una niña de 14 años la capacidad legal, emocional y madurativa de decidir sobre una relación con un adulto formado. Esto no solo demuestra una ignorancia absoluta de las leyes vigentes y de los tratados internacionales de derechos humanos, sino que además invisibiliza las tácticas de sometimiento.
El abusador no enamora; el abusador aísla, manipula la vulnerabilidad de la menor y destruye sus redes de contención familiares hasta lograr que la víctima lo defienda y amenace con escapar definitivamente.
Los medios tradicionales tienen la responsabilidad ética y social de dejar de espectacularizar el dolor de las infancias y de abandonar la lente machista con la que evalúan la violencia sexual en los territorios más postergados.
Construir titulares que romanticen el delito es revictimizar a las niñas y validar la impunidad de los adultos que operan bajo una lógica de propiedad y dominación.
En Atamisqui no hubo ninguna historia de amor; hubo un adulto de 40 años aprovechándose de una adolescente de 14. Empecemos por nombrar las cosas por su nombre si de verdad queremos protegerlas.







