En un emotivo encuentro junto a su compañera Buscarita Roa, la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo reivindicó el valor de la amistad, la juventud y la persistencia frente a las heridas más profundas de nuestra historia. Un recorrido sensible por la cotidianidad de una mujer que transformó la tragedia en amor colectivo.
Hay dolores que desgarran el tiempo, ausencias que se instalan como preguntas eternas en el mapa de una vida. Pero también hay mañanas donde ese dolor se suspende, aunque sea por un instante, en la calidez de un abrazo compartido. Eso fue lo que vibró con fuerza en las últimas horas en la sede de Abuelas de Plaza de Mayo, cuando Estela de Carlotto alzó la voz para fundirse en un abrazo con su compañera de batallas, Buscarita Roa, y recordarnos a todos que la resistencia más feroz se ejerce, ante todo, desde la ternura.
“¡Cómo la quiero a esta mujer!”, exclamó Estela conmovida. “Con las desgracias, los dolores y las angustias que hemos tenido en la vida, llegar a este momento, con las amigas de siempre, es una satisfacción y una muestra de que la vida no fue tan mala tampoco”. En sus palabras no hay olvido, sino una victoria ética: la certeza de que el horror de la dictadura no pudo arrebatarles la capacidad de amar, de sonreír y de encontrarse en la mirada de la otra.
La docencia de la memoria: de La Plata a Monserrat
Estela de Carlotto no es solo un emblema mundial de los Derechos Humanos; es, fundamentalmente, una tejedora de realidades. Aquella maestra y directora de escuela de La Plata sigue habitando sus días en la casa de siempre, esa que resistió los embates del tiempo y las persecuciones. Desde allí, con la misma constancia con la que corregía cuadernos o planeaba una clase, viaja cada vez que las fuerzas se lo permiten hacia el barrio porteño de Monserrat para sumarse a las reuniones de la Comisión Directiva.
Su vida es un puente constante entre el pasado y el futuro. Por eso, el pulso vital de Abuelas se nutre de la juventud que las rodea y las sostiene.
Mientras Buscarita bromeaba con el paso de los años haciendo reír a los presentes, dejó una verdad suspendida en el aire: “Donde hay juventud hay alegría”. Estela, con la calma de quien ha visto florecer la identidad en más de un centenar de nietos recuperados, asintió con el corazón: “La vida nos está ayudando a poder seguir haciendo y ayudando”.
La compañía como bálsamo frente a lo terrible
El dolor del hijo ausente, la incertidumbre de no saber dónde están, es una herida abierta que Buscarita describió como “terrible”. Sin embargo, el testimonio de estas mujeres demuestra que ese abismo se transita mejor cuando hay un pueblo que abraza. La compañía mutua, el respeto de las nuevas generaciones y el afecto de quienes caminan a su lado han sido el combustible para no claudicar.
Esta nota no es solo el registro de un encuentro institucional en el Mes de la Identidad; es un homenaje a la resiliencia en su estado más puro. Estela de Carlotto nos enseña, en cada gesto cotidiano, en cada caricia a sus compañeras, que buscar la verdad no es un acto de solemnidad fría, sino un compromiso pedagógico y amoroso con la vida.
Porque a pesar de los dolores pasados, llegar a hoy con las amigas de siempre es la prueba irrefutable de que la luz, tarde o temprano, siempre vence a la oscuridad.











