A 50 años de la Noche de los Lápices: La memoria estudiantil leída desde el género y los derechos del presente

A medio siglo de uno de los capítulos más oscuros de la última dictadura cívico-militar en Argentina, la evocación de la «Noche de los Lápices» (septiembre de 1976) trasciende el mero ejercicio del recuerdo histórico. A 50 años de aquellos secuestros sistemáticos de estudiantes secundarios en la ciudad de La Plata, la memoria colectiva se actualiza.

Hoy, la comunidad educativa y los movimientos sociales releen el legado de aquella juventud militante cruzando dos ejes fundamentales: la perspectiva de género y la agenda de derechos del presente.

El Boleto Educativo y el derecho a la participación política

Aquella madrugada del 16 de septiembre de 1976, el terrorismo de Estado desplegó un operativo militar para secuestrar a un grupo de adolescentes de entre 16 y 18 años. Su «delito», a los ojos de los represores, era doble: una activa militancia política en los centros de estudiantes y la organización en las calles por el Boleto Secundaria Estudiantil, un derecho que democratizaba el acceso a la educación.

Cincuenta años después, el concepto de «derechos» se ha ampliado. La demanda histórica por las condiciones materiales de estudio (como el boleto) hoy se entrelaza con el derecho a habitar aulas inclusivas, libres de violencias y con presupuestos dignos.

Los lápices siguen escribiendo porque la participación política juvenil —hoy consagrada en normativas como el voto joven— nació y se defendió en el coraje de esa generación.

 

Perspectiva de género: El disciplinamiento sobre los cuerpos de las militantes

La historiografía reciente y los juicios de lesa humanidad han permitido arrojar luz sobre una dimensión que durante décadas quedó solapada: el sesgo de género de la represión. En los centros clandestinos de detención del «Circuito Camps», la violencia ejercida contra los adolescentes secuestrados tuvo características diferenciadas.

Para las jóvenes mujeres militantes, el cautiverio implicó un ensañamiento particular. Los represores no solo buscaban castigar la «subversión» política, sino también una supuesta «subversión moral» y de género. Aquellas chicas desafiaban el mandato tradicional de la época de la mujer recluida en el ámbito doméstico.

El testimonio de sobrevivientes como Emilce Moler ha sido clave para visibilizar que los abusos sexuales, las humillaciones orientadas a sus cuerpos y la violencia psicológica específica constituyeron delitos autónomos dentro del plan sistemático de terror.

La dictadura intentó imponer, a través de la crueldad, un disciplinamiento patriarcal sobre los cuerpos de las jóvenes que se atrevían a alzar la voz en el espacio público.

 

El presente de las aulas: De la coordinadora estudiantil a la ESI

Al cumplirse 50 años, la mejor forma de homenajear a Claudio, María Clara, Horacio, Claudia, Francisco y Daniel (los jóvenes que aún continúan desaparecidos) es revisar la agenda estudiantil actual. Hoy, los centros de estudiantes de las escuelas secundarias recogen esas banderas y las transforman en nuevas demandas:

Educación Sexual Integral (ESI): Entendida como una herramienta fundamental de derechos humanos para prevenir violencias de género, conocer el propio cuerpo y respetar las diversidades.

Protocolos contra la violencia de género: Implementados en las escuelas para que las adolescencias transiten su educación de manera segura.

Salud mental en las aulas: Un debate contemporáneo indispensable para acompañar las realidades de las juventudes post-pandemia.

 

Los lápices siguen escribiendo

Medio siglo después, el legado de la Noche de los Lápices no pertenece al pasado ni a la nostalgia. Pertenece a cada estudiante que debate en una asamblea, que exige ser escuchado y que defiende la educación pública como un derecho humano inalienable. A 50 años, las consignas se renuevan bajo la convicción de que la memoria es un territorio vivo, dinámico y con un profundo sentido de igualdad de género y justicia social.

¡Son 30.000 y los lápices siguen escribiendo!

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