38 bits y un revólver: Sofía Gómez Pisa cruza el océano con una obra que «salió totalmente del inconsciente»

La poeta y periodista de Parque Patricios conversó en exclusiva con Las Brujas que Salem tras el lanzamiento en España de su volumen antológico por Ediciones Liliputienses.

Un recorrido crudo y lírico por el rito de pasaje hacia la adultez, la observación de las vulnerabilidades ajenas, el valor de las redes de amigas y los mandatos derribados a los 30 años.

La poesía contemporánea argentina tiene una nueva embajadora en tierras europeas. La escritora y licenciada en comunicación Sofía Gómez Pisa (1990) acaba de publicar en España 38 bits y un revólver.

El volumen, editado bajo el sello artesanal e independiente Ediciones Liliputienses, reúne de forma íntegra sus tres poemarios hasta la fecha: Ella, la muerte o dios (2016), La culpa ya no es de tus padres (2020) y Nadie es una promesa a los 33 (2024).

En diálogo con Las Brujas que Salem, la autora desarmó los hilos conductores de una obra que dialoga de frente con la modernidad digital, las crisis generacionales y la crudeza del tejido social urbano.

 

Un título que brotó del inconsciente

Al ser consultada sobre el potente nombre que engloba esta antología, Sofía Gómez Pisa recurrió a las raíces más profundas de la creación literaria: «Yo creo un poco en esto que piensa el actor Tristan Tzara, que era un dadaísta, un poeta de los 60, que mucho está relacionado la poesía con el inconsciente. En este sentido yo creo que el título me salió del inconsciente totalmente».

Originalmente, el libro iba a llamarse de otra manera debido a su signo zodiacal. «Yo le iba a poner Abriles Ardidos y José María Cumbreño (editor de Liliputienses) dijo ‘no’, porque era soy de Aries y pensé que tenía que ser una antología relacionada con algo mío. Le dije lo del título 38 bits y un revólver y le re gustó», confesó.

 

Tres libros, tres etapas de la vida

La antología permite al lector experimentar el crecimiento cronológico y emocional de la escritora, una evolución que transita desde la experimentación juvenil hasta el desencanto y la autoaceptación de la madurez:

La crudeza inicial: Sobre su debut literario en 2016, Ella, la muerte o dios, la autora analiza: «El primer libro salió cuando yo tenía 26 años. Habla de los primeros amores, los primeros errores, tiene cierta crudeza. Yo creo que fue un libro más para experimentar».

El rito de pasaje y la virtualidad: Su segundo poemario, La culpa ya no es de tus padres, fue publicado en pleno confinamiento. «Me lo publicó Elemento Disruptivo en Pandemia y es un libro que es un rito de pase de la adolescencia a la adultez, o así lo veo yo. Cuando uno deja de echarle la culpa a los padres medio que se hace cargo de la vida. Siento que va por ahí y también como salió en Pandemia está relacionado con el encierro, cómo usábamos la tecnología en ese momento. Hay una relación como con la virtualidad que se va haciendo ahí».

El choque de los 30 años: Su producción más reciente, Nadie es una promesa a los 33, rompe con las expectativas sociales de éxito. «Ya pasó la adolescencia, sos un adulto, tenés 30 años, sabés que no vas a ser astronauta, que no vas a ser jugador de la NBA, que no vas a ser científico del CONICET porque no te conviene tampoco… en estos tiempos no. Hay un montón de cosas que no vas a poder hacer, entonces hay algo de decir: ‘Bueno, esto soy yo, estos son mis 30 años y esto es lo que la sociedad quiere de mí’. Y los poemas hablan un poco de imponerse a ese deber ser y decir: ‘No, mirá, esto es lo que yo puedo dar'»

 

Radiografía de las vulnerabilidades en un bar porteño

Uno de los puntos más altos de la entrevista giró en torno al primer libro, donde se retrata con profunda sensibilidad la agenda del trabajo doméstico, la vejez y la soledad de mujeres como Carmen, Nelly o Marta. Sofía Gómez Pisa recordó aquellos años combinando la escritura con el empleo precarizado: «En ese momento yo era camarera, muchas de las mujeres que están retratadas en ese libro eran mujeres que yo veía cuando laburaba en el bar. Mujeres que iban con sus problemáticas y que se me volvían vulnerables»

Para la autora, la observación atenta rompe las caretas cotidianas: «Cuando uno observa mucho a alguien se va como cayendo eso, esa estructura que te envuelve que es la societaria y empiezan a verse las vulnerabilidades, las tragedias y un poco yo quería dejar asentado eso. Esa fue mi observación de otras mujeres, una pincelada de su vulnerabilidad para poder entenderlas y para poder entender también cuál era el tejido social en el que se encontraban».

Entre risas, la poeta rememoró cómo esquivaba las miradas patronales para rescatar esos versos en medio del servicio: «En ese momento yo tenía un anotadorcito… tenía que servir las mesas y cada tanto anotaba, como lo de Nelly, cuando fue… Hay un poema que se llama Nelly que habla de una señora ya grande que se pide un tostado y me acuerdo que estaba con el cuadernito y como todos los gerentes mirándome, como diciendo ‘¿qué estás haciendo?’. Y no sabían que iba a publicar una antología en España, esos gerentes, y bueno, una mala onda había, obvio».

 

El transporte público como confesionario urbano

La hostilidad de la estación de Constitución a las 12 del mediodía y el llanto íntimo arriba de un colectivo en su poema Lloro en el 133 exponen cómo los trayectos urbanos se convierten en escenarios de desamor y vulnerabilidad. Al respecto, Sofía reflexiona desde su propia cotidianidad: «No tengo auto, viajo mucho en transporte público. Tengo un amigo que publicó un libro que se llama La ciudad está llena de corazones rotos, que hace como juego con la canción de Fito Páez, y  yo también creo que sí, que la ciudad está llena de corazones rotos y que es fácil captarlo desde un vehículo. Estar en el transporte público es, igualmente, estar como rodeados de personas como en un bar, ¿no? Entonces es un lugar para fijarnos en el otro, en la tragedia del otro, en lo que hace el otro».

Para la escritora, la fisonomía porteña carece de empatía frente al dolor individual: «Sí, definitivamente creo que la ciudad está llena de corazones rotos y la ciudad es impiadosa, ¿viste? La ciudad no se detiene, tiene ese color gris que es como un color de… cuando se te rompe el corazón te encantaría que se detenga el mundo, ¿no? Que te puedas ir a dormir o ir a tomar una birra, pero cuando se te rompe el corazón el mundo no se detiene, y por eso la ciudad es tan impiadosa con todos los corazones rotos».

Esta mirada trasciende las rupturas amorosas y abarca los fracasos cotidianos de la vida adulta: «No hablo sólo de desamor, puede ser que no hayas triunfado en algo laboral, puede ser que te hayas enfermado un pariente… y me parece que la ciudad tiene eso de meternos a todos juntos en una rueda donde tenemos que girar y hacer nuestras cuestiones mientras quizás estamos heridos».

 

Madurar: dejar de pelear con el reloj y aceptar el presente

La crisis generacional de las juventudes nacidas en los años 90 atraviesa su segundo libro, donde se retratan mudanzas constantes y la urgencia de quemar etapas. Ante la pregunta sobre qué significa madurar dentro de su universo poético, la autora desmitifica la idea del éxito heredado: » Madurar yo lo veo como que uno se pelea con el paso del tiempo, y madurar vendría a ser dejar de pelearse con el paso del tiempo, entender cada momento como necesario en la vida y en la progresión de cada uno».

La aceptación del presente se vuelve el único refugio para que la experiencia artística y vital continúe: «Entender también que el momento que estamos viviendo ahora es el mejor momento, no estar como diciendo ‘ah, cuando tenía 20 era el mejor momento porque hacía tal actividad, o estaba con tal persona’, sino que el mejor momento es el momento en el que te encontrás, porque si no, no podés vivir, no avanza la vida».

Este proceso de maduración decanta de manera natural en los poemas de su tercera publicación: «Creo que ese madurar también tiene que ver con la llegada de mi tercer libro, Nadie es una promesa a los 33, de ‘loco, no sos una promesa, ya está, sos esto, y esto es lo que le podés ofrecer al mundo’, y ese es el aceptarse, ese es el entender. Creo que madurar está muy relacionado con la aceptación”

 

Las redes afectivas como el verdadero sostén creativo

Para Sofía Gómez Pisa, la escritura no es un acto de aislamiento, sino un proceso profundamente entrelazado con los vínculos comunitarios. Al profundizar en el lugar que ocupan sus amigas en su vida y en su obra, la autora no duda en ponerlas en el centro de su universo: «Mis amigas son todo. Ellas me inspiran, me cuidan, ellas leen mis textos… algunas les gustan, algunas no. Le mando un saludo a Carla Rosconi que está escuchando, que es amiga mía, que me dijo que le dedique un poema», comparte con calidez.

Esa red de cuidado se traduce directamente en las páginas de sus libros como una cartografía de afectos: «Las amigas te sostienen, la verdad que son muy importantes. Cuando yo escribí ese libro pensé mucho en ellas, en cada una de ellas. Considero que es muy importante tener redes de apoyo, lo primordial, es rodearse de esas personas».

 

El arte no es terapia, pero el inconsciente sana

Frente a un verso de su autoría que reza que «lo roto se pega o se cose porque no hay sabiduría sin imperfección», la mesa le preguntó si la poesía funcionó como un pegamento para unir sus propias heridas. Con una postura estética clara y distante de los lugares comunes, Sofía marca una línea divisoria: «Me gustaría pensar que sí. La verdad, a mí no me gusta todo lo que está relacionado con la laborterapia y el arte psicoterapéutico, todo eso a mí no me gusta. Yo creo que el arte corre por un lado y la terapia por el otro».

Sin embargo, reconoce la potencia reveladora de la palabra escrita como una herramienta de autoconocimiento: «Sí, seguramente que de tanto escribir uno se va encontrando consigo mismo y descubre partes que tenía ocultas. Y así, haciendo visible lo inconsciente, uno se va curando, ¿por qué no?».

 

Romper los mandatos de «la vida Hollywoodense» a los 30 años

El balance existencial de su último poemario abre una veta fundamental para los debates feministas actuales: la demolición de los mandatos de éxito tradicionales, la positividad tóxica de estar siempre felices y los estereotipos que castigan a las mujeres que deciden salirse de la norma.

Al ser consultada sobre cuándo decidió desmarcarse de lo que el entorno esperaba de ella, la poeta ubica ese quiebre en el inicio de la década: «Sí, me pasó a los 30. Dije: ‘Bueno, no soy propietaria, no tengo dos gran daneses, no tengo hijos… estoy lejos de poder llevar a cabo la vida hollywoodense que la sociedad te imprime, que también romantiza todo’. La sociedad, las películas con las que fuimos criados, los dibujitos animados, nos instalan en el cerebro que las cosas son de una forma y que es romántico verlas así».

Gómez Pisa cuestiona con agudeza cómo las ficciones comerciales y las narrativas culturales construyen categorías estigmatizantes para quienes no cumplen con el casillero de la familia tipo o la maternidad obligatoria: «Si no (cumplís), quedás como la chica esta de la película de Reese Witherspoon, El diario de Bridget Jones,  quedás como aislada, la solterona mala onda o la solterona triste “

Frente a esa condena cultural, la madurez trajo consigo la invención de una autonomía propia, lejos de las exigencias del mercado y el patriarcado: «Un poco que la vida no es la pareja, los perros, los hijos, sino sentirse bien con uno mismo. En lugar de eso, me di cuenta de que yo tenía las habilidades para ser feliz sin importarme lo que la sociedad me había brindado, o me había dicho que tenía que ser. Las únicas herramientas las tenía yo, y yo tenía que hacer mi propio barquito en el mar y sumergirme a la vida, aunque no tuviera todos los requerimientos del sistema».

 

Correrse del lugar de hija para humanizar a los padres

El paso del tiempo no solo redefine la relación con el éxito o el entorno social, sino también con el núcleo familiar. La mesa rescató un poema breve pero de un profundo impacto emocional, donde se aborda ese momento exacto de la vida en que se quiebra la mirada infantil sobre la crianza. Al ser consultada sobre este giro, la autora explicó el trasfondo de ese proceso de maduración afectiva: «Mientras escribía ese libro, La culpa ya no es de tus padres, es algo que también quise reflejar con el último poema que le da título al libro, esto de ‘tenés una sorpresa, la culpa ya no es de tus padres’. Te ponés en otro lugar, es verdad, te corrés del lugar de hijo un poco».

Este desplazamiento implica un ejercicio de empatía profunda y de inversión de roles que suele llegar con la madurez: «Te ponés como en un lugar de… ¿qué pasaría si yo fuese la madre de mi madre?, una secuela medio así, y empezás a entender a tus padres. Y sí, se da que el vínculo se corre un poco y tenés que empezar a cuidarlos también, tipo a los 35, 40 años te digo. Entonces empezás a escuchar lo que te quieren decir corrido del lugar de hijo, que es un lugar muy cómodo donde nuestros padres son gigantes y hacen todo por nosotros».

Para la autora, crecer significa despojar a los progenitores de la infalibilidad mítica para empezar a verlos en su dimensión real: «Empezás a verlos más humanamente, como personas que hicieron lo que pudieron para darnos lo mejor. Y eso, hicieron lo que pudieron, y desde ese lugar empezar a comprenderlos, escucharlos, acompañarlos de otra forma».

 

La poesía como el territorio de lo libre y lo impredecible

A pesar de su formación como periodista y licenciada en comunicación, y aun tras haber intentado transitar el camino de la narrativa, Gómez Pisa elige la poesía como su trinchera expresiva fundamental. Al explicar las razones de esta elección estética, la escritora destaca la naturaleza abierta e ingobernable del género en comparación con la prosa tradicional: «La poesía es directa, tiene una directriz muy trascendental, o sea, la leés y además, deja ver el inconsciente un poco, o sea, se escapa. Hay cosas que se escapan».

Frente a las estructuras rígidas que imponen otros formatos literarios, el verso se presenta como un espacio de fuga compartida entre quien escribe y quien lee: «En la narrativa, por ejemplo, todo es orden, todo es legitimidad de lo que estás narrando, el poema es más libre, en la poesía uno es más libre, siempre hay algo que se escapa, que no se termina de entrever del todo, que es propio del inconsciente del autor y del inconsciente del que lo lee».

Para la poeta de Parque Patricios, el poema nunca es una obra clausurada, sino un puente que se completa con la vivencia del lector: «Esto lo digo siempre: cuando uno lee poesía, medio que deja una parte de uno mismo en la poesía que está leyendo. O sea hay múltiples interpretaciones de lo que uno leyó como poeta, que no pasa con otros géneros que son más cerrados y que son más lineales. La poesía no es ni lineal ni cerrada, entonces creo que es un género libre, y por eso me gusta utilizarlo, porque además, bueno, con los años se fue volviendo una técnica».

 

Poesía que cruza fronteras y un poema inédito para cerrar

Hacia el final de la charla, el interés se centró en saber cómo pueden hacer los lectores locales para adquirir el volumen antológico. Aunque la edición pertenece al sello extremeño, la autora dio alternativas para acortar distancias geográficas: «Todavía no se consigue (acá en librerías), se consigue solo en la página de liliputienses.com. Pueden ir a mi Instagram @chapitasonica, y ahí hay un posteo con el libro donde está la dirección de Liliputienses donde conseguirlo, pero muy pronto me van a traer libros acá a Argentina, así que si ustedes están conectados conmigo… yo se los hago llegar».

 

Como broche de oro de la entrevista, Sofía Gómez Pisa cumplió con la promesa hecha al inicio del bloque y le obsequió a la audiencia del programa y a su gran amiga un poema inédito, escrito recientemente a partir de una consigna del ambiente literario actual: «Le voy a dedicar a Carla Rosconi un poema que escribí el otro día pensando en el nombre del ciclo del poeta Walter Godoy, que está haciendo un ciclo de poesía que se llama

No dejes que los poetas te mientan.

A continuación, la transcripción del texto inédito que la autora recitó al aire de la radio:

 

No dejes que los poetas te mientan.

Los poetas pueden mentirte en la ducha, en la TV, o cuando abrís la ventana.

Los poetas te mienten de maneras drásticas, a veces muy largas.

Te mienten con historias de desamor y también sobre la muerte.

No dejes que los poetas te mientan.

Ponete auriculares mientras ellos recitan,

viven, mueren, se menean, dan charlas,

coquetean con la escena, hacen performance,

pero mienten.

Siempre mienten.

 

Con la calidez de los afectos que salvan y la potencia de una voz que elige la libertad del inconsciente antes que las verdades empaquetadas del sistema, Sofía Gómez Pisa se despidió de las Brujas, dejando en el aire la certeza de que 38 bits y un revólver es una de las lecturas indispensables de este año.

Escuchá la entrevista completa en Radio Trinchera

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí