Quien no las conoce en La Plata, escuchó de ellas, de ese grupo de mujeres que cuentan historias en escuelas y plazas; en cárceles y hospitales; en institutos de menores y bibliotecas. Jóvenes, adultos mayores y chicos se sorprenden, se emocionan, abren sus ojos y sus oídos y se llevan en la piel las sensaciones, no sólo de conocer una historia nueva, sino de poder contar, muchas veces, sus propias historias.
“Cuando contamos habilitamos las voces de quienes nos escuchan”, nos cuenta Adriana De Blasis, integrante de las Narradoras Sociales desde su fundación en el 2009.
Esas historias que escuchábamos de nuestras abuelas, que narraban las mujeres mayores en las comunidades indígenas o en las zonas rurales son la base, que tomaron a la hora de pensar esta “movida social”. “Por supuesto que no dejamos de lado la preparación del relato y algunas técnicas narrativas que ayudan, pero la esencia es esa forma de contar que habilita al otro”– explica Adriana.
Muchas veces la escenografía, se transforma en ronda y los chicos se animan a contar historias que luego se publican. Cuando ven eso que compartieron en un libro es muy fuerte para ellos y se lo muestran a sus padres o a sus pares. “Igualmente nosotras les decimos que sean editadas o no sus historias, lo importante es poder hablar”-dice Adriana, mientras su compañera de grupo, Sonia Chávez completa “Es valioso que cuenten lo que quieren decir porque eso los hace sentir que todos son importantes y que tienen un lugar para poner su voz” y con mucha simplicidad relata la forma en que se creó el grupo. “Yo me incorporé ya hace 10 años y la idea, al principio, fue aprender a narrar, perfeccionarnos y conformar un grupo con el objetivo principal de poder narrar para que otros narren; que nos escuchen y escuchar a los demás”
Hace unos días las Narradoras Sociales, que hoy en día son 12 mujeres, fueron galardonadas con el prestigioso premio Pregonero que laurea a aquellos difusores de la literatura infantil y juvenil argentina que desarrollan su vocación de manera sostenida desde diversos espacios de trabajo. Ellas lo recibieron con mucha alegría pero se apresuraron a señalar que lo comparten con todos quienes las escucharon durante todos estos años que, con su escucha, sus propuestas y las experiencias, le fueron dando forma al grupo, que no es el mismo que empezó allá por 2009. El reconocimiento también se extiende a los escritores y escritoras de los relatos que eligen contar que siempre son autores populares, que “sintetizan el espíritu del pueblo”– asegura Adriana

Y los relatos se suceden a montones. Sonia nos cuenta la experiencia de contar en una escuela para adultos y cómo, quienes asisten van venciendo su temor a hablar. Cuando esa barrera se cae aparecen historias de vida, de lugares, de otras geografías y por fin la satisfacción de sentirse validados.
Adriana nos habla de las sucesivas visitas a las unidades carcelarias y destaca “Ninguna de nosotras es la misma que la que ingresó por primera vez” y recuerda “La primera vez fue muy fuerte para nosotras, pero a la vez uno ve una realidad: la gente que está en la cárcel es pobre. Desde hace 15 años que contamos en Institutos de Menores y cárceles; nunca vi un rubio de ojos claros clase media. Eso te hace tomar una noción de la realidad- que no es la que te brindan los medios de comunicación- y al poder hacer nuestros propios análisis logramos un acercamiento con el otro”
Hace años las Narradoras van a la Unidad 33, allí- nos cuentan- las mujeres que las escuchan son muy parecidas a ellas mismas, están ahí por problemas o situaciones estrictamente generados por situaciones que no están buenas y que les hacen pensar que ellas, no están ahí por el simple hecho de haber tenido otras historias u otros privilegios.
Muchas veces las mujeres cuentan historias que les contaban sus madres o sus abuelas o cantan canciones también transmitidas por las mujeres de la familia, de generación en generación y la conclusión llega rápidamente “En general la cultura de cada pueblo está a cargo de portarla de una generación a la otra la mujer”– asegura Adriana
Los grupos a los que se dirigen no siempre son fáciles, chicos que de pronto no atienden, adultos que no están incentivados a escuchar, trabajar en conjunto y generar distintas estrategias para la escucha y el intercambio es una práctica a la que ellas están acostumbradas y que ponen sobre la mesa cada vez que se reúnen los viernes en la Biblioteca de la Provincia de Buenos Aires.
A su vez, cada encuentro, aún yendo al mismo lugar tiene su momento especial de acuerdo a los vaivenes del país o de las familias.

“Yo soy profe de Educación Física y noto los cambios en la postura de la gente o en la mirada. Cuando vamos a la Unidad 33 a veces sin siquiera intercambiar palabra se siente en el clima que pasó alguna situación tensa. Lo mismo sucede en los barrios, cuando una familia no tiene trabajo o no tienen para comer. Hace muy poco fuimos a un barrio donde hubo algunos chicos que se volvieron a encontrar y hace mucho que no se veían. Por la situación económica los chicos van migrando, o se van a la casa de la abuela o la de un tío. Todas esas cosas además de que nos perturban, porque creemos que tendría que haber para todos todas y todes, también nos duelen”- subraya Adriana, quien siente este rol como una militancia, una devolución a todo lo que recibió: “Yo era una niña como esos niños, pero era otra Argentina. Entonces yo pude ir a la escuela primaria, a la secundaria a la universidad, porque lo que había, que era esencial y era que comíamos”- explica
Y Sonia nos cuenta “La devolución de la gente es hermosa, el otro día, una señora grande, que va los viernes a la Biblioteca nos dijo `Chicas no saben lo que es esto para mí porque a mí nunca nadie me contó cuentos`, eso es emocionante”– aseguró.
Las narradoras sociales, realizan sus tareas en forma autogestiva y tienen sus redes en Facebook . Se reúnen todos los viernes en la Biblioteca Central de la Provincia de Buenos Aires
Escuchá la nota completa realizada en Radio Trinchera en el programa Las Brujas que Salem










