(Fuente Página 12 por Adrian Melo)
En “Las aventuras de la China Iron”, las artistas Flor Bobadilla Oliva y La Ferni logran lo que parecía una misión imposible: monologar a capella, ponerse a cantar al compás de la guitarra y hacer honor a la magistral novela homónima de Gabriela Cabezón Cámara.
En efecto, uno de los textos más sublimes del siglo XXI y un parteaguas en la historia de la literatura local es llevado a las tablas en un escenario tan despojado y minimalista como las desérticas Pampas que pretende representar. Esas Pampas cubiertas de polvo que, tras haber quedado libre del machirulo y despótico marido Martín Fierro y de abandonar a sus dos hijos, la adolescente China Iron (Bobadilla Oliva) recorre en carreta perfumada junto a Liz, una irresistible pelirroja inglesa de ojos azules, piel pecosa y cuerpo voluptuoso que, como “La cautiva” de Esteban Echeverría, va en busca de su esposo. Son acompañadas por Estreya, un perro cachorro, para que, la flamante familia queer, al menos tenga un costado tradicional.
En ese viaje, cual Thelma y Louise vernáculas, decimonónicas y deconstruidas, la China y Liz viven encuentros cercanos con seres de todo tipo: un gaucho llamado Rosario que se les une a travesía y que deviene Rosa, indias concupiscentes e indios fiesteros y poliamorosos que hubieran sido el sueño onanista de Lucio V. Mansilla… Se enfrentan a un José Hernández machirulo, racista y el peor exponente del estanciero oligárquico y explotador de peones (no en vano escribió “La vuelta de Martín Fierro“), y finalmente, con el propio Fierro metamorfoseado en manfloro. Pero el encuentro más celebrado en la obra de teatro es el de las carnes de la China y Liz, el encuentro de la lengua de Liz con la vulva de la China, el grito de vida y muerte del orgasmo que resuena con un eco infinito en las soledades pampeanas y reescribe una literatura gauchesca secularmente exenta de mujeres.
La dramaturgia de Susana Villalba logra concentrar y llevar al lenguaje escénico la poética, los tópicos y algunos de los fragmentos más potentes de la obra cumbre de Cabezón Cámara. La acción teatral se vale especialmente de la pluma, la palabra y un cancionero folklórico y melódico -pleno de canciones preexistentes y otras originales compuestas para la ocasión- adecuado al ambiente erótico gauchesco y carnavalesco que se quiere retratar. Así, para graficar el deseo de la adolescente por la mujer se elige “Cardo y ceniza” de Chabuca Grande (“¿Cómo será mi piel junto a tu piel? /¿Cómo será mi piel junto a tu piel? /Cardo o ceniza, cómo será / Si he de fundir mi espacio frente al tuyo /¿Cómo será tu cuerpo al recorrerme? /Y cómo mi corazón si estoy de muerte)”.
Para llevar adelante los monólogos y las canciones que narran las aventuras de la China, la obra cuenta con una actriz protagónica de excepción, el deslumbrante coprotagónico de La Ferni para entonar con estilo original que ya le es propio otras tantas y siempre bellas letras, una escritora invitada para cada función que lee textualmente el primer capítulo de la novela de Cabezón Cámara y un acompañamiento musical en vivo de los prestigiosos César Nigro y Nicolás Arroyo.
Es de destacar una escenografía con cortinados plenos de colores cambiantes y estampas con alusión a motivos gauchescos, pero que, por momentos, convierten el universo pampeano en una fábula de “Las mil y una noches”. La reminiscencia al más célebre de los textos de Oriente no es casual, porque las aventuras de la China Iron pueden describirse, como el viaje a las profundidades del placer carnal, como el encuentro de una mujer consigo misma a partir del descubrimiento sensual en mucho menos de mil noches. A su vez, resulta genial como con una escasez de recursos y objetos -una maleta, uno o dos tablones- sobre el escenario se crean diferentes climas y escenarios: la carreta, la estancia propiedad de Hernández o el malón…
De manera parecida a la novela que le da origen, hacia el final, la China se reencuentra con un Martín Fierro travestido que sale del closet. Una lectura que habilita el texto original de Hernández. En efecto, en los versos culmines de “El gaucho Martin Fierro”, Fierro y el policía Cruz (que se pasa repentinamente al lado del gaucho evadido de la ley en lo que puede leerse como un enamoramiento a primera vista) deciden irse a vivir juntos en una toldería. Y, cuando en “La vuelta de Martín Fierro” Cruz perezca a manos de los indios, el dolor de Fierro se desgranará en una elegía dolorosa que remite a la de Aquiles por Patroclo en la Grecia Antigua o la de David por Jonatán en la Biblia. “Faltó a mis ojos la luz / Tuve un terrible desmayo / cuando lo vi muerto a Cruz” canta Fierro y a continuación se acuesta a llorar por días y noches sobre la tumba de su amigo. Quizás la escena más homoerótica de la literatura argentina, hasta que el Gaucho Dorda muera en los brazos del Nene Brignone en la novela “Plata quemada” de Ricardo Piglia.
Martín Fierro devine un ser más flexible, amoroso y alegre en la escena final de “Las aventuras de la China Iron”. Un ser capaz de pedir perdón a su esposa por las afrentas del pasado y eventualmente de sumarse a la caravana. Como un beatnik avant la lettre Fierro decide ir en el camino, es decir, tomar las rutas pampeanas unido a esa comunidad queer que la liberada China Iron fue conformado a lo largo de sus aventuras, munida de perfumes, de un cachorro de perro y de escopetas como armas de defensa contra la sociedad patriarcal y heterocentrista. En definitiva, Fierro elige sumarse a esta road movie lésbica, pansexual y de libertad amorosa.
«Las aventuras de la China Iron». con Flor Bobadilla Oliva y La Ferni. Texto Original: Gabriela Cabezón Camara. Adaptación: Susana Villalba y Hernán Márquez. Músicos en escena: César Nigro – Nicolás Arroyo. Lunes 20 hs. Teatro Dumont4040. Santos Dumont 4040.









