Por Camila Villafañe.
Un día como hoy, pero de 1848 los sueños de Camila O’Gorman y del sacerdote Ladislao Gutiérrez culminaron de la peor manera. Los dos fueron fusilados en la tarde del 18 de agosto de hace 176 años en la localidad de Santos Lugares.
La película “Camila” retrata esa historia de manera notable. El film dirigido por María Luis Bemberg y protagonizado por Susú Pecoraro y el actor español Imanol Arias, estrenado hace 40 años fue nominado para el Oscar en 1985.
Es memorable la escena en la que Pecoraro, en el rol de Camila, con sus ojos vendados, embarazada y vestida de blanco, sentada en una silla frente al pelotón de fusilamiento, pregunta en vos alta “¿Ladislao, estás ahí?” y el cura Gutiérrez interpretado por Imanol Arias, responde: “A tu lado Camila”. A los pocos segundos primero la fusilan a ella, luego a él.
Obviamente la historia era polémica, una doncella de la alta sociedad que huye con un sacerdote sobrino del gobernador de Tucumán, a mediados del siglo XIX. La historia de un amor prohibido. Un escándalo.
Camila, hija de Adolfo O’Gorman, un aristócrata francés de origen irlandés, tenía 18 años, cuando en una reunión familiar, su hermano Eduardo que también era sacerdote jesuita, le presentó a su compañero en el Seminario, Ladislao, un joven de 24 años, sobrino del gobernador tucumano Celedonio Gutiérrez, todos alineados con Juan Manuel de Rosas, el gran caudillo de ese tiempo.
Fue un flechazo. Camila quedó impactada con ese apuesto joven y no le importó que sea cura. Se lo dijo a su amiga de la infancia, Manuelita, la hija del Brigadier Rosas que le dijo “¡¡Estás loca!! Es un sacerdote” pero Camila ya estaba enamorada.
Desde entonces Camila empezó a ir a la iglesia como nunca antes. El padre Ladislao ofrecía misa en la Parroquia de Nuestra Señora del Socorro, que actualmente está en la esquina de Suipacha y Juncal en el barrio porteño de Retiro. Camila vivía en una finca ubicada en las actuales calles Alsina y San José. El recorrido de esas 25 cuadras que había entre su casa y la iglesia, lo hacía casi a diario. Asistía a misa y se confesaba y en esas confesiones, Camila le decía todo lo que sentía por él, y las cosas que pensaba, imaginaba con Ladislao, y cuando decimos que le decía todo, es todo, no se guardaba nada.
El cura resistió lo que pudo hasta que no pudo más. Y cayó perdidamente enamorado él también. Y esa frecuencia con la que se veían, esas visitas de él a la casa de los O’Gorman y ese repentino espíritu cristiano de ella empezó a generar sospechas.
Pueblo chico, infierno grande, el romance cada vez se podía disimular menos. De chusmerío pasó a escándalo. El cura empezó a tener un desprestigio tremendo, y a Camila la despellejaron con comentarios insultantes, el más común era el que afirmaba que “Camila salía a su abuela”, que había heredado los genes de ella, que era “ligera” como la Perichona.
La Perichona, así le decían a Anne Marie Périchon de Vandeuil, la abuela francesa de Camila, fue espía, doble agente, amante de los caballeros más influyentes de su tiempo, como por ejemplo el virrey Santiago de Liniers. Ya nos ocuparemos en otra oportunidad de la Perichona.
Lo cierto es que en el ambiente aristocrático decían que Camila tenía a quien salir.
La situación se hizo insostenible para la pareja que decidió huir, y así lo hicieron en la mañana del 12 de diciembre de 1847.
Para la familia fue un golpe tremendo, bochornoso. Esperaron unos días, con la esperanza que Camila volviera arrepentida, pero no. Ellos querían estar juntos, lejos de lujos, del careteo y mandatos de la alta sociedad.
Camila y Ladislao, huyeron a caballo, tenían planeado llegar a Río de Janeiro, y ahí sí, en otro país, iniciar una vida nueva. En Santa Fe dijeron que habían perdido los documentos, y ante las autoridades juraron ser comerciantes que venían de la provincia de Salta. Les extendieron nuevos documentos Camila se hizo llamar Valentina Desan y Ladislao pasó a ser Máximo Brandier.
Varios días después, el padre de Camila, don Adolfo O’Gorman fue a ver al gobernador Juan Manuel de Rosas para denunciar a su hija y al cura.
Le pidió a Rosas que tomara medidas ante tamaña atrocidad. Le suplicó que “de orden para que se libren requisitorias a todos los rumbos para precaver que esta infeliz se vea reducida a la desesperación y conociéndose perdida, se precipite en la infamia”.
Mientras tanto la iglesia estaba en estado de conmoción. Para las autoridades eclesiásticas la culpa era de esa muchacha inmoral, que por el simple hecho de ser mujer era portadora histórica de la “tentación demoníaca” que hace sucumbir a las pobres víctimas masculinas, por ejemplo el padre Gutiérrez.
Por su parte los opositores a Rosas aprovecharon el escándalo para sacar rédito político, por ejemplo desde Chile, Domingo Faustino Sarmiento escribió: «Ha llegado al extremo la horrible corrupción de costumbres bajo la tiranía espantosa del Calígula del Plata que los impíos y sacrílegos sacerdotes de Buenos Aires huyen con las niñas de la mejor sociedad, sin que el sátrapa infame adopte medida alguna contra esas monstruosas inmoralidades.» Si de especulaciones hablamos, Bartolomé Mitre no se quedaba atrás, inventaba que había enorme preocupación en el extranjero porque el criminal gobierno de Rosas, no podía garantizar seguridad para la “virtud” de las hijas de los súbditos extranjeros.
En medio de ese alboroto, Camila y Ladislao seguían camino a Brasil, pero no les alcanzó el dinero y se quedaron en Goya, en Corrientes. Allí se instalaron y crearon una escuela para los niños que había allí en la zona. Los habitantes del lugar agradecidos les brindaban apoyo y afecto. Era una pareja muy querida en el pueblo y empezaron a vivir el amor de una manera plena, ideal.
Todo era felicidad hasta que el 16 de junio de 1848 fueron a una fiesta de cumpleaños, y en esa fiesta, un cura irlandés, Miguel Ganón, reconoció a Ladislao, y los denunció. Fueron arrestados.
La familia O’Gorman estaba esperanzada en que Camila denunciara al cura de haberla arrastrado a esa situación, pero cuando fue interrogada Camila negó haber sido violada, y confirmó que fue ella quien inició el romance y quien planeó la fuga.
El papá no dudó entonces en pedir una pena ejemplar para la pareja. Para él era más importante el prestigio familiar que perder a una hija. La iglesia también necesitaba “curar” el daño provocado con la muerte del infiel y miserable traidor.
Rosas decidió encarcelarlos en Santos Lugares. Volvieron a ser interrogados y ambos ratificaron su amor. Rosas deseaba que se arrepintieran pero eso no pasó.
Y haciendo caso a los pedidos de la iglesia, de los opositores, y del propio padre de Camila, Rosas decidió mandar a ejecutar a ambos.

De nada sirvió saber que Camila estuviera embarazada. Le hicieron beber agua bendita para intentar “salvar a ese inocente que tenía en el vientre”.
Algunos dicen que Camila y Ladislao son nuestros Romeo y Julieta. Pero esta historia de amor, además de no ser una ficción, es más trágica. En la creación de Shakespeare, la pareja que sueña con vivir juntos pese a la oposición de sus familias, no soporta la presión y tras una serie de fatalidades elijen el suicidio antes que vivir separados.
Pero lo de Camila y Ladislao, es peor, los matan, anteponiendo cuestiones de falsa moral, presiones de la sociedad oligárquica, del poder político y de la iglesia.
Antes del fusilamiento Ladislao le escribió a su amada: “Camila mía: acabo de saber que mueres conmigo. Ya que no hemos podido vivir en la tierra, unidos, nos uniremos en el cielo, ante Dios. Te abraza, tu Gutiérrez”.
Y ella también escribió una nota antes de enfrentar a los fusiladores: “Voy a morir, y el amor que me arrastró al suplicio seguirá imperando en la naturaleza toda. Recordarán mi nombre, mártir o criminal, no bastará mi castigo a contener una sola palpitación en los corazones que sientan”.







