El 15 de noviembre de 1992, en la ciudad de La Plata, se produjo un hecho sangriento del cual se habla hasta nuestros días. Ricardo Barreda asesinó a escopetazos a su esposa, su suegra y sus dos hijas. En esa época no se hablaba de “femicidio”, aunque fueran cuatro mujeres las víctimas y el perpetrador el que “debía amarlas y protegerlas”. Los medios y la sociedad cumplieron un rol patético en la cobertura de los hechos. Pusieron énfasis en el relato del odontólogo y en su papel de víctima y dieron por cierto todos sus dichos, porque, claro, nadie había quedado para negarlos o contradecirlos.
A más de 30 años de este hecho Flow presentó en su plataforma “Barreda, el odontólogo femicida”. Las Brujas que Salem hablamos con una de las invitadas a participar de él, Inés Creimer, amiga de la infancia y adolescencia de Cecilia, una de las hijas de Barreda.
El día de la fatalidad
Inés y Cecilia eran amigas del barrio y ambas iban al mismo curso del Normal Nro 1, una prestigiosa escuela pública de la ciudad.

En el momento de la muerte de Cecilia, Inés se había ido a vivir hacia un año y medio a Olavarría y la noticia del cuádruple femicidio se la dio su hermano por teléfono. “Mi hermano me llamó por teléfono al fijo de la casa donde yo vivía- en esa época no había celulares- y me contó que acababa de pasar por la casa de Cecilia, que estaba la policía y que parecía que las habían matado a las cuatro. Yo, al instante le dije ‘fue Ricardo’. Él me preguntó si estaba segura y yo simplemente le dije ‘Sí’ “- nos cuenta
Pocas horas transcurrieron para darle la razón a Inés. La detención y la confesión no se demoró demasiado tiempo en llegar.
Desde el feminismo insistimos en las alertas de las violencias, en cómo estas se dan en distintos planos y puertas adentro y cómo, para el afuera muchas veces un femicida es el “esposo y padre ideal”. Inés intenta encontrar en su memoria algún dato real, de que en esa familia, que ella conocía, hubiera tensiones o distanciamientos, pero a su vez reflexiona que eran otros tiempos en donde esas cosas no se hablaban y quedaban selladas puertas adentro de cada hogar.
«Pienso en mi seguridad al contestar que había sido Ricardo y reconozco que fue rara, porque yo nunca vi una situación familiar en donde la violencia fuera explícita, ni la física ni la verbal, pero sí hay cosas que no comprendía. Por ejemplo, en esa época el tema de las separaciones de los padres se trataba de forma distinta a la actualidad. Con los años me enteré que los papás de Cecilia habían tenido épocas en los que habían estado separados. Yo me quedaba a dormir en la casa de ella y sin embargo nunca me había enterado de eso. En aquel entonces esas cosas no se contaban porque no estaban bien vistas. Incluso aún cuando para ese mismo tiempo mis padres también se habían separado y Cecilia lo sabía, nunca tuvo la confianza de contarme que vivía una situación similar, aunque más no sea para solidarizarse con la situación que yo estaba viviendo”
Inés reconoce también características muy propias de hace 30 años atrás, cuando los padres no estaban nunca en la casa, se iban muy temprano y volvían a comer a la noche y que no se encargaban en absoluto de participar de las tareas de cuidado que recaían completamente en las mujeres de la casa.
La amiga de la cual no pudo despedirse
Enterarse de la muerte de su amiga a kilómetros de distancia no fue fácil para Inés. Al poco tiempo la invitaron a una misa pero “en ese momento no sentí que era la manera de despedirme de ella, no me representaba esa ceremonia. Ese no venir a La Plata lo pagué caro”– confiesa

Y el recuerdo surge vívido, muchos años de soñar con Ricardo y una historia personal con Cecilia que no estaba cerrada por eso asegura “Cuando me convocan para el documental poder hablar de ella fue para mí un momento muy emotivo y de despedida de mi amiga”
Es que Ricardo Barreda se convirtió, hace 30 años en un personaje mediático. Para gran parte machista de nuestra sociedad era el héroe que se “había sacado de encima a la mujer y a su suegra”; la historia de víctima que él mismo construyó hizo que ganara adeptos que lo consideraran un pobre tipo al que “unas brujas le hacían la vida imposible”.
Por eso cuando la propuesta del documental llega con relatos de Dora Barrancos y Mariana Carbajal Inés pensó “Hay gente que va a ver sus caras, que va a escuchar sus nombres A mí me quitaba el sueño que nadie hablara de ellas “- sentencia.
Los relatos de momentos compartidos con Cecilia surgen como si hubieran ocurrido ayer: cómo Inés le hacía sombra en la cara con una carpeta de plástica para que no le de el sol, porque Ceci se había lastimado la piel en un accidente de moto; sus llegadas siempre tarde al colegio, el carácter divertido de su amiga. “Era una persona esencialmente buena, tremendamente inteligente, con muchísima capacidad y con una gran inocencia”– recuerda
De la vida familiar reconoce escenas “muy de mujeres”, colmadas de amor y atención. “Yo pasaba a buscarla para ir al colegio y en la mesa del desayuno había panqueques, strudel recién hecho, la mamá “Eva” y la abuela, a la que ellas le decían “Baba”se levantaban muy temprano para hacerles todo esto, para mí era un ritual de encuentro y amor” – y agregó “También quiero contar que ella eligió ser odontóloga, que tampoco mucha gente sabe, la profesión del padre, y se recibió. Siento que tenemos que hablar de estas vidas que se perdieron, de todo lo que podría haber sido Cecilia”
El documental que muestra lo ganado y lo que falta
“Al documental no lo ví de inmediato. Esperé dos días y lo ví con mi hija que me ha enseñado y aún me enseña mucho sobre el feminismo”- relata.
Y las imágenes del “odontólogo” y la frase famosa “Conchita andá a podar la parra” resuena en el televisor invitándonos a reflexionar. “Escuchar esa única voz, ver que nadie dudaba de su palabra, que todos lo daban por cierto, escuchar a Cordera naturalizando matar a las mujeres nos invita a pensar en todo lo que todavía queda de resabios del machismo en nuestro país y de lo que perdura, porque en el último narcofemicidio también hubo gente que justificó la matanza diciendo “los habrán vuelto locos”- asegura
Presente de militancia
El 15 de noviembre de 1992 fueron Elena Arreche (86), Gladys Mc Donald (57), Cecilia (26) y Adriana Barreda (24), pero día a día podemos ir agregando nombres de víctimas, de hijxs huérfanxs, de familias destrozadas.

En un presente donde el propio presidente niega la violencia de género, llama asesinas a las mujeres que abortan y denigra y humilla en sus discursos mientras la ministra de Seguridad Patricia Bullrich asegura- palabras más, palabras menos- que los femicidios son revanchas de los varones ante mujeres empoderadas, los Observatorios de Género siguen contando muertas y las mujeres armando redes comunitarias para protegerse.

“En algún momento pensé que ibamos para adelante con la creación de los ministerios, con dispositivos que se implementaron, incluso con la aplicación de la Ley Micaela y la intensión de otros sectores que no estaban obligados por la ley a realizar estas capacitaciones y abrazar estas causas tan urgentes. Cuando cambia el escenario y asume un presidente- que no sólo descalifica en su discurso, en lo cotidiano, sino que también cierra ministerios y líneas de ayuda- siento que lo que hace es propiciar que alguna gente diga lo que piensa, sin filtros y ahí nos damos cuenta que realmente no habían cambiado, sino que sólo eran políticamente correctos. Las mujeres seguimos atravesando situaciones de violencia y el contexto lo hace más difícil, tiene que entenderse que la asimetría es real y existe. El caso de Cecilia y su familia también nos muestra que la violencia no se da en los sectores de bajos recursos, ellas eran clase media alta. La violencia es transversal a todas las clases sociales”
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