Claudia Rodríguez es escritora, referente trans chilena y de toda Latinoamérica. Estuvo hace unas semanas, en la Feria del Libro en Argentina presentando su libro “Ciencia Ficción Travesti” junto a Marlene Wayar, Dolores Reyes y Susy Shock.
Las Brujas que Salem dialogamos con ella luego de que retornara a Chile y nos sumergimos en su historia y en otro libro, el primero de ella, que editó Barret y que condensa material de sus fanzines: “Cuerpos para odiar”
“Si no fuera por Susy y Marlene nadie me conocería fuera de Chile. Ellas me han llevado por toda Latinoamérica”– asegura Claudia al comienzo de la charla, recordando sus días en Argentina en la Feria del Libro y suma agradecimientos para Dolores Reyes por su generosidad y a Mariana Enríquez, que es la editora por un libro de “Cuerpos para Odiar” y que también la entrevista en las primeras páginas y resume su historia y su militancia.

Como en otras historias de mujeres, o personas de las diversidades sexuales, apenas uno indaga en sus vivencias aparecen las maravillosas redes y Claudia lo valida: “Cuando se hace red todo se potencia. Está comprobado que no podemos hacer nada solas, por eso las energías van y vuelven, los apoyos tienen que ir y volver. Yo también estoy esperando ser solidaria con las compañeras, con la idea de que se conozca, se reflexione, se haga observación crítica, sobre nuestros derechos y nuestro derecho a existir”
“Cuerpos para odiar” es un libro que tiene el tamaño de la palma de una mano, apenas uno lo ve, estéticamente se presenta como una posibilidad de un bello regalo con dibujos a color del padre del underground español Nazario Luque en su tapa, contratapa y solapas. Pero cuando uno se sumerge en la lectura ya no dan ganas de prestarlo, ni regalarlo, sino guardarlo en un lugar seguro, el que se merece esta historia única, sagrada, valiosa, desgarrada contada a partir de la belleza de la poesía. Nos intriga saber cómo hizo Claudia- al igual que uno puede observar en Las malas de Camila Sosa Villada- de reflejar luz y belleza al contar historias tan crueles. Y la respuesta es espontánea. “Es que la poesía es vida y no necesariamente literatura. Es primero vida y después, literatura. Lo que yo transfiero ahí es lo que nos pasa en la vida desde el momento que tomamos la decisión de travestirnos y salir a la calle a enfrentar el mundo. En ese enfrentamiento, que es violento, aparecen compañeras que ya vienen de vuelta, que te lo explican, se ponen en modo madre, hermana, amiga y te transfieren su experiencia como sucede con cualquier ser humano marginal o perisférico que va encontrando su modo de sobrevivir. Podría estar hablando de personas discapacitadas, podría estar hablando de pueblos originarios, de cualquier experiencia de vida que no es la mayoritaria del discurso formal. Cuando uno escribe poesía es un poco mostrar esa vida que te entrega de todo un poco. Yo describo estos hallazgos o estallidos, o brillos de algo que se podría decir, se superponen. Esos brillos son los que nos llevan a querer seguir viviendo, a querer valorizar otras cosas, a pesar de que nadie dé un peso por nosotras”
Las historias contadas en Cuerpos para odiar traen una mirada a su pasado, a la inocencia de su niñez, a su adolescencia y a un contexto hostil en el Chile de Pinochet. En el libro Claudia dice “Aprender a leer y escribir fue comenzar a llenarme de miedos”
“Las vocales no decían nada comprensivo. Cuando las profesoras enseñaban a juntar las letras, las confundía y las malinterpretaba porque nunca decían nada de mi. Yo siempre aprendía incompleta, leía chueca.
Había letras relegadas al exilio como yo al miedo, pero lo más curioso era que las profesoras no se dieron cuenta, que a ellas el mundo no las incluía”
Cuerpos para Odiar
¿Cómo fue encontrar tu voz de niña, de adolescente, de adulta y a pesar de los años transcurridos que parezca tan auténtica y acorde a esas edades?
Es que coincidió con que yo salí a la calle y me encontré con la pandemia del virus del VIH, el riesgo de vida, todo lo que estaba pasando ahí. Pero a la vez me encontré con un activismo gay donde se trabajaba el tema de los derechos humanos. Ahí yo empecé a tener nociones de feminismo, después estudié un diplomado sobre género y al estudiar la construcción de la biografía me enseñaron que era muy importante, porque las fundadoras de las distintas olas del feminismo se basaron en sus propias vidas para contar lo que pasaba a las demás también. Esto que tiene que ver con el espacio propio, el dinero propio, la voz propia…
Así que yo fui conducida a hacer ese ejercicio biográfico, traté de buscar mi voz más infantil, mi voz más ingenua, mi voz más adolescente, y tratar de descubrir lo que yo iba descubriendo por la vida. Para mí fue crucial poder empezar a hablar sobre la importancia de nuestras historias porque hasta el momento no había nada escrito
“La escritura travesti nunca existió antes. Nuestros cuentos solo eran historias que conversábamos entre nosotras. Nunca tuvimos diarios de vida. Nuestros cuentos no son lineales; son truncos, yuxtapuestos, increíbles”
Cuerpos para odiar
Te sentías una desclasada. Es algo que repetís varias veces en tu libro cuando contás las primeras sensaciones cuando te encontrás con el activismo. ¿La escritura fue una consecuencia de ese activismo?
En verdad fue como un círculo, porque es horroroso descubrirse pasada los 20 años una desclasada. Yo hasta esa edad, hasta ser activista no sabía que era importante ponerse en el lugar del dolor del otro, no me importaba. Hoy con 56 años avergonzada puedo decir eso, que no me importaba el otro. A partir del ingreso a la organización comencé a involucrarme con lo social y después de muchos años, verme parte de toda la lucha social. Yo siento que esa imposibilidad de no poder ponerme en el lugar del otro tiene mucho que ver con la educación de Pinochet. Yo fui producto de esa educación y al entrar a la organización empecé a tomar conciencia de mi clase, de mi origen, de mi historia, del valor de haber nacido de mujeres y poder decirlo. Yo nací de mujeres analfabetas, que nunca nadie supo que existieron, y eso causa un dolor enorme y se hizo necesario empezar a hablar de todos esos dolores. Al tomar conciencia de que yo soy parte de la historia de este territorio, me surgió un resentimiento grande de no entender como pudo permitirse que las niñeces crezcamos así, tan excluidas, sin participación de la democracia. Y pensé si no éramos parte de la historia las infancias, menos aún lo van a ser las adolescentes y las adultas. Y ahí se hizo necesaria la escritura, en el activismo, en que se sepa que históricamente hemos sido excluidas y que queremos ser protagonistas y parte de la escritura también.
“Antes el mundo fue todo el paisaje que despertaba a nuestro alrededor, después se fue empequeñeciendo, achicando, volviéndose el problema de mi cuerpo y de los centímetros de mi piel”
Cuerpos para Odiar
En un momento del libro decís “Yo tenía muchas ganas de morir y eso creo que es algo que nos persigue, porque cuesta mucho conquistar el amor propio ¿Qué sentís que es más fácil para las personas trans querer al otro o quererse a sí mismo?
Yo creo que es necesario querer al otro para quererse a sí misma, para que llegue el reconocimiento a uno misma, al mismo tiempo es en el grupo, en el seno de una organización donde una se potencia, se vuelve valiosa y reconocida.
El amor propio se construye pero depende del entorno, si te violentan, te destratan es difícil creer en vos misma. El amor propio es sinérgico, es recíproco se nutre del entorno. Yo he visto compañeras lesbianas y trans que vienen de regiones del interior, al centro de Santiago donde sienten que tienen más posibilidades, pero siempre hay algo que no se resuelve y que tiene que ver con que no tenemos modelos exitosos, felices, o más sanos de personas lesbianas y trans. Siempre hay un drama pobre por ahí: está el alcoholismo, la drogadicción y además está tan presente el capitalismo, el neoliberalismo que una siempre está viviendo con ese discurso de éxito que te venden.
De esta forma no se asume que es difícil, que necesitamos pedir ayuda, a la vez nos da vergüenza pedirla y entender que no siempre podemos solas. Por eso hay que empezar a decir estas cosas para que haya menos angustia en este vivir fuera del closet neoliberal.
Desde la dedicatoria hasta gran parte de los párrafos de tu libro se los dedicás y hablás de tu mamá. ¿Hoy, a la distancia, ya sin tenerla sentís que te acompañó en tu proceso?
Me acompañó en momentos. Fue difícil. Era una mujer que no aprendió a leer y a escribir, nunca tuvo la posibilidad porque siempre tuvo que que trabajar para ganarse la vida y su preocupación, desde que yo tengo conciencia, es qué íbamos a comer mañana.
Fue muy luchadora y tuvo que hacerse con fuerza de la nada, aprender el mundo solamente mirando y escuchando para traducirlo en algo posible
En algunas ocasiones fue muy violenta para hacerme reaccionar, porque yo vivía como un pajarito, disfrutando de la vida y dejándome llevar… Pero la vida es otra cosa, hay un modelo, hay un deber ser, del que yo no tenía conciencia en absoluto
Ella literalmente no sabía leer pero sí hacía una “lectura” del mundo y me entregaba mensajes. Yo aún conservo en la memoria el recuerdo de que ella habló del “placer de ser mujer” Cuando me pregunto si habrá sido feliz me respondo que sí, porque recuerdo precisamente ese momento fugaz que se refirió al placer. Fue una conversación casual, sobre una noticia de una monja que había quedado embarazada y todos conjeturaban sobre con quién había tenido relaciones y ella dijo “la mujer también necesita placer” Por eso sin haber ido a la escuela nunca, sí sabía hacer una lectura que una cosa es ser mujer, y otra cosa ser monja. Así que ahí hizo una fisura mi madre, campesina, analfabeta, sin saber de libros y de historias de las mujeres, ella tenía nociones y en algún momento las expresaba.
“Mi mamá me tuvo y me crió como un pertrecho, con las sobras de lo que quedó de su especie, de su raza, de su espíritu. Contradictoriamente me enseñó que las mujeres no son débiles, ni silenciosas, que el poder no es un atributo de los hombres y que yo podía ser fuerte sin que me definiera únicamente la masculinidad”
Cuerpos para Odiar

También hablás de tus madres travestis incluso las que te acompañaron en un momento muy difícil, un accidente en el que estuviste a punto de perder la pierna, al respecto contás en el libro “Estoy rodeada de vidas monstruosas, como no voy a asumir lo que me toca si me quedo sin una pierna” ¿En ese camino de validación, de autoconocimiento, de empoderarte, de sacar fuerzas de todos lados siempre te acompañaron las mujeres o hubo algún varón también?
(Risas) No, varones no. Me acompañaron mujeres, colisas, maricones, existencias que para ellos era un problema ser hombres. Odiaban el futbol , amaban bailar, también me acompañaron lesbianas, mujeres que se habían hecho abortos. En ese momento de mi vida yo estaba en cama y vino un mariquita y contó que le había dado positivo el test de SIDA, al lado había una compañera que había abortado, otro había terminado con su pareja. Estábamos todos mal, con nuestros dolores y nuestros problemas, pero nos amábamos y nos hacíamos cariño unos a otros.
“Me dicen que nací tonta, hueca y tonta. Son los hombres los que me quisieron tonta, linda y tonta.
Suave y tonta, pero tonta y tonta como la Marilyn Monroe, porque así saben querer. Me convencieron tanto de que soy incapaz y tonta que necesito que me lo repitan para saber que me aman, para que me salven ellos de la tontera”
Cuerpos para Odiar

“Todo lo que soy como travesti lo aprendí de hombres maltrechos que nos niegan y se oponen a que aprendamos a leer y a escribir. Hombres de los que no se puede esperar nada porque nacieron deformes”
Cuerpos para Odiar
También reflexionás mucho sobre la tiranía de la belleza. Hablás de cómo las personas trans tratan con crueldad sus cuerpos y se exponen a situaciones riesgosas, no sólo por querer parecer una mujer, sino por ser esa mujer que los clientes piden o reclaman y que llegan, incluso a no reconocerse. ¿Con el paso del tiempo se habla de estos límites insanos que se cruzaron, se puede empezar a desarmar esto que les pasa?
Un poquito. es muy doloroso. Yo recuerdo que para la pandemia de VIH, yo salía hacer prevención, iba a las calles donde se ejercía la prostitución, dialogaba con las compañeras y ellas me pedían que no dijera la palabra SIDA. Hablaba de los resfríos, de otras situaciones de salud pero no decía la palabra SIDA porque eso causaba mucho dolor. Yo creo que también pasa algo muy parecido con respecto el exceso de hormonas que se consume, el exceso de esta silicona industrial que consumimos- que yo consumí y y que me ha traído sus consecuencias dolorosas- pero hablar de eso sigue implicando mucho dolor.
Hasta es contradictorio porque yo misma me he puesto en la situación de víctima renegando de que cómo nadie me había avisado, o me había dicho que podía ser tan terrible, tan doloroso, que mi vida iba a estar en riesgo y aún así es dificilísimo hablar abiertamente del tema.
En la construcción de nuestro cuerpo también está presente el analfabetismo, porque, en definitiva, no problematizamos el modelo que estamos siguiendo, que es un modelo- desde mi perspectiva- fracasado.
En algún momento se justificaba esta persecución interna de “ser tan mujer” para no correr el riesgo de que te mataran. era como una estrategia de supervivencia, de pasar piola. Pero el tema real es que, de alguna manera, igual se sabe, igual te lo van a decir, el cliente lo va a notar. Igual tu amiga va a ser tu amiga, deberíamos liberarnos de este modelo y construir otro distinto.
“El dolor de la entrada de la aguja en la piel, esa aguja gruesa usada para inyectar a los caballos, y el sonido ciego que perfora la carne, todos esos detalles y otros te hacen recordarla con ese nombre y con ese sentimiento de ardor y angustia, a la “opereta” como si recordaras una violación. Con el tiempo niegas el sufrimiento, apartas los detalles que se enquistan y haces como que te olvidas, pero nunca logras dejarlos atrás. Si eres una verdadera transexual, vuelves a contactar a la “Sin llorar”.
Cuerpos para Odiar










